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Florina admitió entonces los galanteos de Libidio, hombre apuesto y labioso que la convenció de ir con él al Motel Kamawa.

Por . Catón

Nunca olvidó Florina la noche en que hizo entrega de su virginidad. La había guardado para ofrendarla al hombre a quien daría el dulcísimo título de esposo. Sus amigas se burlaban de ella. Le decían que la virginidad es como el dinero: Una vez que lo das ya no lo recuperas, pero si lo guardas no te sirve para nada. Florina admitió entonces los galanteos de Libidio, hombre apuesto y labioso que la convenció de ir con él al Motel Kamawa. La joven supo que entraría ahí con su doncellez y que de ahí saldría sin ella, pero pensó: “Ya es tiempo”. En la habitación 210 de aquella hospedería de amores indocumentados hizo pues dación Florina de lo que en inglés se llama cherry, por el parecido que algunos han creído ver del himen con una cereza. Ignoro si los señores Testut y Quiroz, célebres anatomistas, confirmarían esa semejanza. A lo mejor, centrados en sus observaciones anatómicas, conocían el himen, pero no la cereza, y no estaban capacitados por lo tanto para hacer esa comparación. Advierto, sin embargo, que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Terminado el trance Florina sintió haber hecho lo hecho, y se echó a llorar desconsoladamente. Entre lágrimas le dijo a su galán: “Mañana mismo iré a confesarme, y le contaré al padre que hice el amor dos veces con un hombre que no es mi marido”. “¿Dos veces? -se extrañó Libidio-. Solamente lo hicimos una vez”. Preguntó Florina al tiempo que se enjugaba el llanto: “¿Qué ya nos vamos?”. Un hombre joven entró en una cantina y le pidió al cantinero. “Dame un tequila doble. Esta noche saldré con una chica y quiero armarme de valor para pedirle que vayamos al Ensalivadero, paraje solitario a las afueras de la ciudad, y ahí besarla con ardor y acariciarla toda”. Bebió su copa, la pagó y salió de la taberna. Era temprano todavía, de modo que entretuvo las horas paseando en su automóvil. Cuando llegó el tiempo de ir por la chica se dirigió a su casa. Llamó a la puerta y le abrió el papá de la muchacha. Le propuso el galán a su dulcinea: “¿Qué te parece si en vez de salir nos quedamos aquí a ver la tele? Pasan una película muy buena sobre la vida de San Imógenes de Antioquía, y quiero verla”. La chica se sorprendió: “No sabía que eres tan religioso”. Contestó el muchacho: “Ni yo sabía que tu papá es cantinero”. Don Gerontino, añoso caballero, hacía una visita semanal, todos los martes de 8:00 a 10:00 de la noche, a la casa de mala nota de su pueblo. Siempre solicitaba los servicios de Jobelia, una de las mujeres que ahí cumplían su abnegado oficio. Cierta noche la dueña del local -madama, mariscala o mamasanta en el argot del lenocinio- quiso saber por qué el maduro cliente requería a Jobelia, cuya edad era avanzada ya y cuya antigua belleza había desaparecido, en vez de disfrutar la noche con alguna de las hermosas meretrices que recientemente habían entrado a formar parte de su equipo: Kolonga, llamada “La mulata de fuego”, de piel acanelada y espléndidas caderas; Wicka, nórdica rubia de ojos azules y erguido tetamento; Musmé, de oriental belleza, cuyo cutis tenía la tersura y el brillo del jade. Le preguntó la mujer al provecto señor: “¿Qué tiene Jobelia que no tengan ellas?”. Don Gerontino exhaló un hondo suspiró y respondió. “Paciencia”. Dos hermanas en flor de edad y guapas salieron de su pueblo y se fueron a vivir en la ciudad. Pasó un año y una amiga de su mamá, doña Cotilla, se las topó en una calle de la urbe. Vestían ropa de marca, lucían accesorios de lujo y joyas caras. Les preguntó: “¿Qué hacen que les va tan bien?”. Respondió una: “Cosemos”. Y comentó doña Cotilla: “Me lo imasinaba”. FIN.

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