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Don Mendígolo era un marido insoportable. Su esposa con nada le daba gusto; el hombre andaba siempre malhumorado.

Por . Catón

¿Cuántas veces habían hecho el amor Gerineldo y Loretela, novios desde hacía dos años? Como relator de esta verdadera historia yo mismo daré respuesta a la pregunta: Infinidad de veces. Lo habían hecho en la mañana, en la tarde y en la noche; lo habían hecho en tiempo de frío y de calor; lo habían hecho en el departamento de él y en el de ella, en el asiento de atrás del coche, en el baño de un restaurante, en cierta oscura calle, en un elevador, sobre el césped en un día de campo. Lo habían hecho en todas las posturas conocidas: Doggy style, de cucharita, woman on top. Ah, y también en la posición del misionero. Lo habían hecho igualmente en otras formas sólo por ellos conocidas. Se casaron, y al final de la ceremonia el oficial del Registro Civil le dijo a Gerineldo: “Ya puede usted besar a la novia”. Se inclinó el flamante marido sobre su esposa a fin de besarla, pero ella lo detuvo: “Hoy no, querido. Me duele la cabeza”. Doña Macalota se quejaba de don Chinguetas, su casquivano cónyuge. “Tiene muy mala memoria -decía de él-. Cada vez que ve una chica guapa se le olvida que es casado”. “Los Panaderos” se llamaba aquel equipo perteneciente a la Liga Municipal de Futbol. Tal nombre obedecía al hecho de que todos sus integrantes trabajaban en tahonas. Dos de los mejores jugadores de la oncena, el centro delantero y un defensa, llevaban el mismo nombre, Agapito, y a los les decían Pit... En uno de los juegos ambos cometieron faltas tan graves que el árbitro no sólo los expulsó del partido sino además les prohibió participar en el siguiente. Escribió el cronista deportivo del periódico local: “A causa de este castigo los Panaderos tendrán que jugar el próximo partido con los Pit… afuera”. Don Mendígolo era un marido insoportable. Su esposa con nada le daba gusto; el hombre andaba siempre malhumorado; tenía pésimo carácter; por cualquier cosa se enojaba. Un buen día, sin embargo, tuvo un rasgo generoso: Se murió. El gerente de la agencia funeraria le preguntó a la señora; “¿Cómo quiere usted la lápida de su esposo?”. Sin vacilar respondió ella: “Pesada”. “Pórtate bien y diviértete” -le dijo la abuela a su nieta mayor, que se disponía a salir aquella noche de juebebes. Replicó la chica: “Escoge una de las dos cosas, abue. No se pueden las dos al mismo tiempo”. Solicia, hay que decirlo, tenía muy mala suerte con los hombres. Llegó a los 40 años sin haber tenido nunca un pretendiente. Todas sus amigas ya se habían casado, incluso algunas se habían divorciado ya, y ella seguía sin oír un te quiero. Sufría una decepción tras otra. Cierto día vio un anuncio en la página de avisos de ocasión de un diario: “Con propósitos matrimoniales busco mujer que tenga casa. Enviar fotografía”. Solicia envió su foto (una de 10 años antes). A vuelta de correo recibió una aclaración: “Fotografía de la casa”. Decidió probar fortuna en otra forma, y un sábado en la noche acudió a un bar de esos a donde las mujeres van a buscar marido y los maridos van a buscar mujeres. Se sentó en la barra y pidió un medias de seda, único coctel cuyo nombre conocía. El joven barman ni siquiera sabía qué bebida era aquélla; tuvo que consultar rápidamente un viejo recetario de coctelería. En eso se acercó un sujeto que, se veía a las claras, temía obnubiladas la vista y la sesera por las frecuentes libaciones en que había incurrido. Se sentó al lado de Solicia, volvió la vista hacia ella y le propuso sin más: “¿Vamos?”. “Vamos -aceptó ella de inmediato poniéndose en pie y tomando su bolsa-. Me has convencido con tu irresistible labia de galante seductor”. FIN.

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