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Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

El doctor Ken Hosanna le indicó a la escultural paciente: “Quítese toda la ropa, por favor. Voy a medirla”.

Por . Catón

El doctor Ken Hosanna le indicó a la escultural paciente: “Quítese toda la ropa, por favor. Voy a medirla”. Objetó, suspicaz, la hermosa chica: “Es la primera vez que un médico me pide que me desnude para medirme”. “Señorita -replicó, severo, el facultativo-: La ciencia médica está en continuo cambio”. Don Cuclillo y su esposa doña Daifa llegaron al mismo tiempo al Cielo. San Pedro, el portero celestial, les entregó sendos gises y les pidió: “Pongan una rayita en ese pizarrón por cada vez que hayan engañado a su pareja”. Declaró al punto don Cucoldo: “No me hace falta el gis. Jamás le fui infiel a mi esposa”. Doña Daifa se dirigió a San Pedro: “Entonces démelo a mí. Yo voy a necesitar dos gises”. El verbo “jod...” se usa en España para designar el acto que en otras partes recibe el nombre de cog..., foll..., realizar el antiguo in and out, hacer el foqui foqui, desgastar el petate, fornicar, desvencijar la cama y también -se me olvidaba- hacer el amor. En la Gran Vía de Madrid una chica llamada Mariví, vestida sencillamente y sin adornos, se topó con dos antiguas amigas que antes eran de condición modesta y que ahora lucían ropas carísimas y accesorios de gran lujo. Les dijo con cierto retintín: “¡Vaya, hijas! ¡Vais hechas un brazo de mar! ¿Cómo le hacéis?”. Respondió una de las mujeres, amoscada: “Podemos”. “¡Caramba! -exclamó Mariví-. ¡Qué mal pronuncias la jota!”. Ya conocemos a Capronio. Es un tipo majadero y desconsiderado. Les comentó a sus amigos en el bar: “Mi suegra y yo tenemos algo en común: A los dos nos habría gustado que su hija se hubiera casado con otro hombre”. El penitente le dijo en el confesonario al padre Anomio: “Acúsome, padre, de que ando con mujeres malas”. “Pos qué pend... -lo reprendió el curita-. ¡Habiendo tantas que están tan buenas!”. El emir Bey invitó al sultán Omán a la cacería de leones. “Esta semana no puedo -se disculpó el sultán-. Me voy a casar el martes, el miércoles y el viernes”. “Amo todavía al mismo hombre del que me enamoré en mi juventud” -suspiró doña Macalota. Y añadió en seguida: “Espero que no se dé cuenta mi marido”. Los dos nerviosos jóvenes aguardaban a que sus respectivas esposas dieran a luz en la clínica de maternidad. En eso se abrió la puerta de la sala de partos y apareció una sonriente enfermera que llevaba en los brazos a tres bebitos. Le iba a entregar los trillizos a uno de los muchachos, pero el flamante papá retrocedió asustado. “¡Ah no! -exclamó al tiempo que señalaba al otro-. ¡Ése llegó primero!”. El antropófago le contó al hombre blanco que estaba dentro del perol: “Ya habíamos abandonado esta bárbara costumbre, pero luego ustedes nos dieron la independencia y entramos en problemas económicos”. Tres letras K estaban platicando. Una les preguntó a las otras: “¿Se han fijado que cuando nos juntamos las tres la gente nos ve muy feo?”. El joven Pitorro estaba con su novia en el asiento trasero del coche. El solo hecho de encontrarse ahí me ahorra tener que decir lo que estaban haciendo. En eso un policía asomó al interior del vehículo y les dijo: “Tendré que llevarlos ante el juez por faltas a la moral”. Le suplicó Pitorro: “¡Por favor, señor oficial, no haga eso! Mi novia es secretaria de actas del Club de Damas, y yo soy presidente de la Legión de Caballeros. Si esto llega a saberse quedaremos desprestigiados y perderemos nuestros cargos”. “Está bien -accedió el gendarme al tiempo que veía con lúbrica mirada a la angustiada chica-. Pero entonces yo sigo”. “No tengo inconveniente -aceptó Pitorro-. Sin embargo quiero que sepa que es la primera vez que se lo voy a hacer a un policía”. FIN. 

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