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Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

“Estuve en la cama con Lindolfo”. Eso le dijo la bella Dulcilí al padre Arsilio en el confesonario.

Por . Catón

“Estuve en la cama con Lindolfo”. Eso le dijo la bella Dulcilí al padre Arsilio en el confesonario. El bondadoso sacerdote se apuró, pues conocía bien a la muchacha y a su novio. Le preguntó a la chica, consternado: “¿Cómo pudieron hacer eso?”. Explicó Dulcilí: “La cama era matrimonial”. Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajarra, ebrios de profesión, se corrieron una de sus parrandas habituales. Declaró Astatrasio: “Tengo miedo de regresar a casa. Mi señora me va a matar”. “Yo a mi esposa la tengo dominada -aseguró Empédocles-. Ven conmigo”.

Llegaron a la casa del beodo, y su mujer lo estaba esperando armada con una cacerola. “Anda, pégame” -la desafió Etílez. ¡Wham! La mujer le propinó en la cabeza un cacerolazo que lo hizo venir al suelo sangrando otorrinolaringológicamente, o sea por oídos, nariz y garganta. “¿Lo ves? -le dijo Empédocles a Garrajarra-. La tengo dominada. Hace lo que le digo”. Cerca de la medianoche el último socio del Club Silvestre salió de las instalaciones. Las sombras cubrían el campo de golf, y uno de los guardias fue a hacer su habitual ronda.

A la mitad del recorrido escuchó en el rough ciertos sonidos que le parecieron sospechosos: Fuertes jadeos, respiraciones agitadas, “húmedos y anhelantes monosílabos”, como dijo el poeta de Jerez. Proyectó la luz de su linterna hacia el sitio de donde provenían esos ruidos, y lo que vio lo dejó atónito. He aquí que una pareja a medio vestir estaba haciendo el amor al amparo de las tinieblas nocturnales. Antes de que el aturrullado celador pudiera pronunciar palabra le dijo el hombre que participaba en aquel erótico episodio: “La dama es mi esposa”. “Perdone usted, señor -se disculpó el vigilante-. No lo sabía”. “Yo tampoco - replicó el sujeto-, hasta que nos echaste la luz”. Pepito le hizo una extraña pregunta a su mamá: “La vecina del 14 ¿es medicina?”.

La señora ya estaba acostumbrada a los cuestionamientos del chiquillo, que muchas veces la ponían en apuros, pero ante esa interrogación se quedó in albis, es decir en blanco, sin entender lo que su hijo quería significar. Le preguntó a su vez: “¿Por qué piensas que la vecina del 14 es medicina?”. Respondió Pepito: “Porque oí a mi papá decir en voz baja cuando la vio pasar: ‘¡Qué buena está la vecinita! ¡Cómo me gustaría recetármela!’”. El novio de la hija de don Poseidón se presentó en la casa del ricachón labriego y le anunció: “Vengo a pedirle la mano de Glafira”. Con laconismo rural contestó el viejo: “No”. El galancete se atrevió a preguntar: “¿Por qué no?”. Repuso don Poseidón: “Porque me pide usted la mano de la muchacha, y no quiero que mi hija se case con un hombre que se conforma con tan poco”. Don Cucoldo sospechaba que su esposa le era infiel.

Más aún: Tenía la certidumbre de que el consocio de esa relación adulterina era su compadre Pitorro, pues el hombre, a más de marrullero, era extremadamente cínico. Movido por esos recelos el suspicaz marido hizo instalar en la alcoba de su mujer una cámara oculta que, apuntada convenientemente, grabaría todo lo que en el lecho sucediera. Sus temores resultaron más que fundados. El artilugio le entregó una serie de fotografías que mostraban a la mujer y al desleal compadre en una serie de posturas al lado de las cuales las del Kama Sutra eran retratos de primera comunión. Juntó don Cucoldo la colección -eran 16 fotografías en 8 por 10, todas de posiciones diferentes- y sin decir palabra se las mostró al compadre. No se azaró el cínico sujeto. Las miró una por una y dijo luego: “Salimos muy bien, compadre. Las quiero todas. Y si le compro otra serie pa’ la comadre ¿me hace precio?”... FIN.

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