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Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

El marido se enteró de que su esposa le ponía el cuerno.

Por Catón  

El marido se enteró de que su esposa le ponía el cuerno. Le dijo con solemnidad: “Mesalina: Lo sé todo”. “¡Fantástico! -se alegró la señora-. ¡Ya puedes hacer una enciclopedia!”. Don Algón, provecto caballero, se pirraba por las mujeres jóvenes. (Nota: La última vez que se usó el verbo “pirrarse” fue en 1912, en el estreno de una comedia de los hermanos Álvarez Quintero). Invitó a una hermosa chica a cenar, y se amoscó al ver que la muchacha ordenaba tres o cuatro platillos de los más caros de la carta y un par de botellas de vino de elevado precio. Le preguntó, atufado: “¿Así cenas en tu casa, linda?”. “No -respondió ella-. Pero en mi casa nadie me las va a pedir al terminar la cena”. Doña Macalota interrogó con mirada lupina a su esposo don Chinguetas: “¿A qué horas llegaste anoche?”. Respondió él: “A las 10:00”. “¡Mentiroso! -bufó la señora-. ¡Cuando entraste oí que el reloj de la sala sonó dos campanadas!”.

“Iba a sonar 10 -replicó don Chinguetas-, pero lo detuve a la segunda para que no te fuera a despertar”. Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, conducía el automóvil. A su lado iba su esposa, y en el asiento posterior su suegra. “Vas muy aprisa” -le dijo su mujer. “Cuidado con ese ciclista” -le dijo su suegra. “No te acerques tanto a la acera” -le dijo su esposa. “Haga el alto” -le dijo su suegra. Y así una y otra vez. Don Martiriano estalló. “¡Bueno! -le preguntó a su mujer-.  ¿Quién va manejando? ¿Tú o tu mamá?”. La linda secretaria se le acercó a su jefe en actitud provocativa. “Lo siento, señorita Dulciflor -le dijo el ejecutivo con voz feble-. Todavía no me repongo del último aumento de sueldo que le di”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, hacía un viaje en coche con su esposo don Sinople. Llegaron a una fonda de pueblo y la copetuda señora, contra toda prudencia y sensatez, pidió pato salvaje, manjar propio de restaurante de lujo.

“No tenemos -le informó el dueño del figón-, pero si quiere le encabro... una gallina”. La muchacha le dio una noticia a su novio: Estaba enferma de gustos pasados, o sea embarazada. “¡Caramba, Susiflor! -se consternó él-. ¡Te pedí una prueba de amor, no de fertilidad!”. Un amigo le preguntó a Babalucas: “¿Para qué sirve la grasa animal?”. “¡Para muchas cosas, pend...!” -se encrespó el badulaque. Los felices novios salieron de la iglesia donde se acababan de casar. Un individuo llamó al novio: “¡Pst!”. Acudió el recién casado y el sujeto le murmuró al oído señalando a la novia: “Ronca mucho”.

La esposa le preguntó en tono agrio a su marido, que estaba viendo a través de un telescopio casero: “Ese lejano planeta que ves todas las noches ¿ya se está desvistiendo?”. El paciente del doctor Duerf  le dijo al célebre siquiatra: “Gracias, doctor, por haberme quitado mi delirio de grandeza. A partir de hoy le pertenece la mitad de mi reino”. La esposa del preso fue a hacer la visita conyugal. Le pidió el individuo: “Es mejor que ya no vengas, Clodovea. Mi compañero de celda está empezando a ponerse celoso”. El piel roja se hallaba a la orilla de un precipicio. Llegó por atrás otro aborigen y lo empujó, pero al mismo tiempo lo detuvo.

Luego le preguntó, burlón: “¿Te asustaste Ciervo Blanco, hijo de Nube Roja?”. Respondió el otro: “¿Tú qué crees, Águila Dorada, hijo de tu tiznada madre?”. Un hombre joven le contó a su amigo: “Fui a ver al médico, pues me sentía débil y cansado. Me preguntó cuántos días de la semana hago el amor, y le dije que siete. Entonces me aconsejó dejar absolutamente el sexo por un tiempo. No creo poder dejarlo tan de golpe”. Le sugirió el amigo: “Cásate. Así lo irás dejando poco a poco”.

FIN.

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