Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

Doña Macalota sorprendió a su casquivano esposo don Chinguetas en trance de refocilación con Famulina, la linda criadita de la casa.

Por Catón  

Doña Macalota sorprendió a su casquivano esposo don Chinguetas en trance de refocilación con Famulina, la linda criadita de la casa. “Canalla infame desgraciado maldecido vil! -le gritó en solo golpe de voz-. ¡Esto por ningún motivo te lo voy a permitir!”. “¡Qué mal me tratas! -replicó don Chinguetas en tono de quejumbre-. Ya me hiciste dejar el cigarro. ¿Ahora quieres también quitarme esto?”. Conocemos bien a Usurino Matatías. Es el hombre más avaro de toda la comarca. Su desdichada esposa les contaba a sus vecinas los apuros que pasaba por causa de la cicatería de su marido: “Apenas tengo qué comer. ¿Pedirle algo para mi arreglo personal? ¡Ni soñarlo!”. Acotó una de las vecinas: “Sin embargo veo que traes el pelo muy rizado”. Explicó la señora: “Para eso quito un foco y meto el dedo en la electricidad”. Hubo en el pueblo una tremenda inundación. Pasados unos días relataba un tipo: “Mi señora y yo nos salvamos de perecer ahogados gracias a nuestra afición a la música. Cuando las aguas empezaron a crecer ella salió flotando en el cello y yo la acompañé en el piano”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, organizó una cena e invitó a don Poseidón, ranchero acomodado. Comentó la anfitriona: “Acabo de regresar de París, y vengo encantada por la cortesía de los franceses: Siempre le besan la mano a las señoras”. Opinó don Poseidón: “La intención podrá ser buena, pero la puntería es pésima”. Tetonina Grandnalguier, vedette de moda, mujer de exuberante geografía anatómica, acudió a la consulta del doctor Duerf, siquiatra de gran fama. Le dijo preocupada: “Doctor: Creo que soy ninfómana”. El analista se llevó una mano en la barbilla e hizo: “Mmm”. Eso le ayudaba a cobrar mayores honorarios. En seguida le dijo a la guapa mujer: “Desvístase, señora, y acuéstese en el diván. Voy a preparar un par de whiskies para que me cuente con toda calma su problema”. ¡Qué mortificación tan grande pasó don Algón! Después de mucho batallar consiguió por fin que su secretaria Rosibel accediera a ir con él al popular Motel Kamawa. Y sucedió que a la hora de la verdad el salaz ejecutivo no pudo ponerse en aptitud de hacer honor a la ocasión. “No se preocupe, jefe -lo consoló la linda chica-. Con el aumento de sueldo que me dio quedé más que satisfecha”. El señor y la señora, ancianos ya, dormían en su recámara. De pronto la viejecita, a pesar de ser algo sorda, despertó al oír que su esposo le decía una y otra vez: “¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Año Nuevo!”. “¿Te has vuelto loco, Añilio? -le dijo al mismo tiempo molesta y asombrada-. ¿Qué es eso de ‘¡Feliz Año Nuevo, Feliz Año Nuevo!’? ¡Estamos en junio!”. El anciano señor se enderezó a duras penas en la cama, buscó en el buró su dentadura postiza, se la puso y dijo luego con angustiada voz: “¡Felisa, me muero! ¡Felisa, me muero!”. Babalucas, ya lo sabemos, es el tonto más grande del condado. Sí, es aquel que puso una florería y cerró el 10 de mayo por ser el Día de las Madres. Es el mismo a quien se le ocurrió la idea de una sala de masajes de autoservicio. En cierta ocasión una señora le contó: “Mi esposo está escribiendo una novela. Dedica más de doce horas diarias a ese trabajo”. Le dijo Babalucas: “Perdonará usted mi opinión, señora, pero creo que su marido es un pend... Por 200  pesos podría comprarse una ya escrita”. En cierta ocasión el tontiloco asistió a una conferencia. El disertante habló de los suevos y otros pueblos bárbaros. Seguidamente preguntó: “¿Saben ustedes qué influencia tuvieron los suevos en la caída del Imperio Romano?”. Babalucas se apresuró a contestar: “Deben haber tenido bastante. Para tumbar un imperio se necesitan muchos suevos”. FIN.

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