Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

El elefante y la hormiguita acudieron ante un oficial del Registro Civil.

Por Catón .

El elefante y la hormiguita acudieron ante un oficial del Registro Civil. Dijo el paquidermo: “La hormiga y yo queremos casarnos”. “¿Queremos? -repitió con enconoso acento la hormiguita-. ¡Tenemos qué!”. Don Gerolano, señor de muchos calendarios, casó con Pomponona, mujer en flor de edad y de abundosas prendas físicas. Ella le hacía constantes demandas de erotismo, lo cual traía al provecto señor exangüe, exánime, exinanido y extenuado. Cierto día ella le anunció que esa noche iría a dormir en casa de su mamá. Así, don Gerolano quedó solo en la suya. Antes de acostarse fue al baño a cumplir el obligado rito de satisfacer una necesidad menor. (Una compañía teatral itinerante presentó en cierto lugarejo la tragedia “Otelo”. Llegó la escena cumbre. Desdémona, después de rezar sus oraciones, se mete en el lecho.

Desde la galería se oyó el grito de un pelado: “¡Desdémona! ¿Qué no vas a mear?”). Fue, pues, don Gerolano al baño. Y sucedió que por más esfuerzos que hacía no lograba encontrar la parte que necesitaba para cumplir el menester que ahí lo había llevado. Dirigiéndose a dicha parte le dijo con ternura: “Ya no te escondas, linda. Puedes salir: La ninfómana no está”. Don Algón, salaz ejecutivo, anhelaba gozar los encantos de su linda secretaria Susiflor. Ella, sin embargo, resistía tenazmente el asedio de su cachondo jefe. Pero el viejo porfió tanto que al fin Susiflor cedió -se dio-.

En la habitación 210 del Motel Kamawa tuvo lugar el desigual encuentro. Acabado el trance don Algón sacó de su cartera unos billetes y se los dio a la chica. Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. “¡Perdóname, preciosa! -exclamó el ejecutivo sinceramente apenado-. ¿Te ofendí al darte ese dinero?”. “No -respondió Susiflor-. Lloro al pensar en todo el que he perdido haciendo esto de gratis con los otros jefes y los demás empleados”. El severo papá de Dulcibella le advirtió al galancete que cortejaba a su hija: “En esta casa, joven, las luces se apagan a las 11:00 de la noche”.

“No importa, señor -repuso con ligereza el boquirrubio-. Al cabo no vamos a estar leyendo”. Don Cornulio llegó a su casa cuando no se le esperaba y sorprendió a su mujer foll... con un desconocido. Al ver ese espectáculo el mitrado marido profirió en altísonos dicterios y maldiciones de gran peso. “Repórtese usted, caballero -le dijo en tono de reproche el cuyo-. Hay una dama presente”. Simpliciano, muchacho candoroso, contrajo matrimonio con Pirulina, mujer de mucho mundo. La noche de las bodas él le dijo, solemne: “Tengo un regalo para ti, mi vida: El regalo de mi virginidad”.

“Te lo agradezco mucho, cielo -contestó ella-. Al regreso yo te compraré una corbata”. Hubo un incendio en el convento, y todas las madres salieron hechas ídem. Sor Bette le sugirió a la superiora: “Busque usted al padre capellán”. Inquirió la reverenda: “¿Para que rece?”. “No -precisó sor Bette-. Para que cambien de ropa. Usted trae su sotana, y de seguro él ha de traer su hábito”. Lord Fluffyrump fue invitado a participar en una orgía. Llegó a la ocasión luciendo frac y sombrero de copa, monóculo y bastón. Perdió un poco su flema británica cuando vio a los asistentes. Estaban todos sin ropa, tirados sobre las alfombras o despatarrados en los sillones, haciendo cosas que obligaron a milord a acomodarse el monóculo para ver bien aquello. Recuperó al punto, sin embargo, su acostumbrada indiferencia y le preguntó a uno de los criados: “¿A qué horas se va a servir el té?”. “¿El té?” -repitió desconcertado el camarero. “El té, naturalmente -repitió lord Fluffyrump con impaciencia-. Si no ¿cuál es el propósito de esta reunión?”. FIN.

Comentarios