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Columnas BATARETE

Experiencia de docente 

Hoy es Día del Maestro. He tenido preceptores memorables y dignos de agradecimiento; otros no tanto y muchos que algo me enseñaron

Por Ernesto Camou

Hoy es Día del Maestro. He tenido preceptores memorables y dignos de agradecimiento; otros no tanto y muchos que algo me enseñaron. Hubo personajes que fungieron como mentores, algunos con mucho brío y buena intención, pero no todos resultan, décadas después, tan aleccionadores como pretendían. Otros se distinguen en el recuerdo como inspiradores y dueños de una pedagogía, una mayéutica que cuestionaba para que cada uno encontrara su respuesta y su conocimiento; otros, más aristotélicos, enfatizaban la dialéctica del conocer, para que la apropiación fuera íntima y personal.

En la primaria tuve maestras generosas, sensibles y estrictas; pero hubo alguna que permanece en la memoria porque me hizo perder un año entero, y con secuelas a largo plazo: Tanto que, después, fue necesario un tercero de primaria remedial, con una buena maestra.

Salí de aquel segundo de primaria habiendo aprendido algunas cancioncitas insulsas, con un temor acendrado al metro de madera que la maestra esgrimía más como arma que instrumento pedagógico, y con la firme convicción, todavía no sé qué engranajes movió en mi mente infantil, de que la aritmética era algo soso que se tenía que memorizar.

Pasé muchos años buscando antídotos contra esa involuntaria certeza y sólo he logrado algunos parches no tan efectivos, y una resignación a manejar números y cuentas con algún desgano, pero con cierta eficiencia.

Más adelante tuve una experiencia que me marcó: Un profesor inició su primera clase de una manera totalmente desatinada, leyendo un texto complejo, sin explicar absolutamente nada; no leía bien en público, y eso provocó una comprensible rebelión en aquellos adolescentes salidos de madre. Se enojó y se sentó en el escritorio a leer en silencio el texto con que había intentado deslumbrarnos. Eso hizo todo el año; no intentó nada más. Silencioso y airado. A mí me interesaba la materia, así que conseguí algunos libros y los leí en el salón, durante todo el año. Debo haber sido bastante impopular con el resto de los condiscípulos que alternaban entre el relajo y adelantar tareas de otras materias. Al fin de año, después de nueve meses de mutismo, nos suspendió a todos. Nunca me ha parecido tan obvio aquello de que profesor que a todos reprueba, es mal docente.

En la licenciatura en Filosofía tuve excelentes mentores. Leíamos y estudiábamos textos complejos, desde Platón y Aristóteles, el Aquinate, Descartes y hasta Kant, Hegel, Marx o Heidegger, y los discutíamos en los seminarios: Se valía opinar, equivocarse y meter la pata, pero no quedarse callado, y menos no estudiar con seriedad aquellos escritos. En esas sesiones se planteaba como importante entender rectamente a los autores, pero también se enfatizaba el método que cada uno utilizaba para apropiarse del pensamiento del filósofo en cuestión, y las operaciones mentales que eso nos requería. Tal disciplina nos permitía ir teniendo conciencia sobre lo que hacíamos cuando intentábamos discurrir desde un pensamiento personal aún incipiente. Y de ahí, se pretendía, nos apoderaríamos de un método personal para reflexionar y dar cuenta de ese esfuerzo, y lo que seguiría...

En los posgrados en Antropología la discusión de los textos se daba en un clima de libertad académica aleccionador, y la experiencia de la investigación en campo, indispensable para la formación del antropólogo social, se traía a la discusión de los autores y los libros, de tal modo que se fomentaba un diálogo entre ese trabajo de campo en el Valle de Toluca o la selva de Chiapas, y lo afirmado por un etnólogo sobre las etnias del Pacífico, o los pigmeos del África Meridional.

Desde que terminé la licenciatura he sido maestro, no de tiempo completo, pero siempre he dado clases; y he pretendido poner preguntas a mis alumnos, apuntalarlas en una visión amplia de la historia y cultura, y ayudarles a encontrar los modos y maneras de responderlas y, sobre todo, reconocerse a sí mismos.

Y espero haberlo conseguido algunas veces...

Ernesto Camou Healy es doctor en Ciencias Sociales, maestro en Antropología Social y licenciado en Filosofía; investigador del CIAD, A.C. de Hermosillo.

 e.camou47@gmail.com

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