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Columnas Batarete

Exclusión extrema

El asesinato, feminicidio, de una mujer brillante y valiente, dedicada a dilucidar la historia y la cultura del pueblo yoeme, yaqui, Raquel, mi amiga, nos debe llevar a una reflexión profunda.

Por Ernesto Camou

El asesinato, feminicidio, de una mujer brillante y valiente, dedicada a dilucidar la historia y la cultura del pueblo yoeme, yaqui, Raquel, mi amiga, nos debe llevar a una reflexión profunda sobre las vetas oscuras de nuestra cultura milenaria y actual, que pone en riesgo a la mitad de la comunidad sólo por ser mujer.

El problema existe hoy, tenemos demasiados botones de muestra, y tiene raíces muy profundas, cuando el modelo de familia se tornó patriarcal por la necesidad de controlar la mano de obra doméstica y dirigirla hacia el cuidado de los cultivos en aquella primera domesticación de los granos que permitió el abandono del nomadismo. 

La figura del varón como el organizador del esfuerzo familiar adquirió un relieve y una fuerza que se tradujo en poder y privilegio en muchos casos, y en sujeción y rebajamiento para las mujeres del núcleo hogareño, en la mayoría de las instancias. Y esta dinámica se comenzó a reproducir hace unos 7 mil años; y el paso del tiempo ha permitido que se ahonde, que se diseñen usos y costumbres que complican y refuerzan a veces sutilmente, o desvergonzadamente, esta relación asimétrica de poder y exclusión que puede llegar a la eliminación extrema, a la muerte.

Para los varones esto implica una responsabilidad urgente: Debemos iniciar y ahondar esfuerzos para adquirir conciencia de tantas ocasiones en que los usos y costumbres que mamamos desde niños nos sitúan en una posición de poder, en una tesitura en la cual consideramos “natural” poder decidir, avanzar, sacar provecho, tener comodidad, controlar, sentirnos distintos o merecedores de quién sabe cuántos minis (¡o maxi!) privilegios. Recordemos que la “naturaleza humana” está mediada absolutamente, suplida por la cultura, por esa red de símbolos y valores construida por la humanidad para organizarse, darse forma y sentido, construirse.

Ahora bien, la cultura, lo que somos, cómo nos pensamos, cómo actuamos y reaccionamos, cómo interactuamos y qué sentido le damos a nuestra existencia, todos esos usos y costumbres, son un artefacto, una máquina que la humanidad ha ido diseñando desde muy antiguo -con la gestión varonil, sobre todo- y en la que colaboramos cotidianamente, ya sea para vigorizarla o para corregirla cuando deja de ser funcional al vivir.

Y a esta cultura, a estos hábitos adquiridos, estos valores o antivalores, es a donde debemos volver la mirada y escudriñar con cuidado y sensibilidad cómo nos tutela a los varones, disponiéndonos para sentirnos superiores, con derechos absurdos o sutiles, como el ancestral derecho de pernada, o hasta que nos reciba primero el médico, percibamos mayor salario por chambas iguales, o nos atiendan de inmediato, sobre el derecho de las damas presentes, en la tienda o la dependencia. Muy cómodo, totalmente injusto, inequitativo y peligroso.

Y no hay que descuidar el riesgo: Sucede con frecuencia que cuando un varón se siente relegado, que no se le da su lugar sobre las hembras, que ella, o ellas, le ganan, que pierde una discusión, o una posición, una oportunidad a veces nimia, o simplemente que se topa con una dama más capaz, más asertiva, más segura de sí... entonces se siente tratado injustamente, retado, colocado en una posición, puesto o lugar injusto, según su perspectiva, objeto de maltrato porque se le sitúa a la par de una mujer. Y si su sentir es que le dieron un lugar inferior, ese agravio lo puede tornar hostil, violento, peligroso, feminicida.

Es inhumano, criminal, injusto y arbitrario, por más que la vetusta tradición lo haya soslayado y avalado por siglos, y persista aún. Digamos que esta vertiente cultural no sólo es inequitativa, sino que puede ser tóxica y mortal.

Los varones tenemos que analizarnos, primero volviendo hacia uno mismo para hacer temático nuestro machismo a veces subterráneo; pero además urge un mecanismo colectivo compartido de crítica cultural masculina, para descubrir lo que en nuestras costumbres prohíja la desigualdad, el control y la violencia, y diseñar mecanismos para desterrarlos. 
 

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