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Columnas Juegos de poder

¿Es AMLO un socialista?

No hay resultados, pero la llegada de AMLO al poder sí reavivó el debate público de qué hacer para resolver los múltiples problemas públicos que tiene este País...

Por Leo Zuckermann

En México, se ha cumplido un año de un Gobierno que se dice de izquierda. Yo sigo viendo los mismos problemas de siempre. La pobreza y desigualdad continúan presentes. No se observa una mejoría despampanante. Lastimosamente, en las calles se observan personas vendiendo baratijas o solicitando limosnas. Pero, seamos realistas, en un año no se podía esperar un cambio radical. A lo mejor hay muchos mexicanos que ven a López Obrador como mesías, pero la verdad es que no hace milagros como para erradicar una pobreza que, por desgracia, ha sido endémica en este País.

No hay resultados, pero la llegada de AMLO al poder sí reavivó el debate público de qué hacer para resolver los múltiples problemas públicos que tiene este País, de manera destacada la pobreza y desigualdad.

El Presidente ha declarado que todos nuestros males se deben a las tres décadas de neoliberalismo que le antecedieron. Tanto ha manoseado este concepto que lo ha vaciado de contenido. “Neoliberalismo” se convirtió en una palabreja que ya nadie entiende. Sólo sabemos que, para el Presidente y sus seguidores, es un demonio al que hay que decirle “fuchi, guácala”.

Detrás de esta visión simplista y maniquea de AMLO, hay un propósito político: La creación de un malo para echarle la culpa de todas las penurias y, combatiendo al malo, aparece el bueno: López Obrador.

¿Qué propone este noble hombre para erradicar al maldito neoliberalismo?

Bien a bien no lo sabemos. En términos comparativos, comenzaron a hablar del “anti-neoliberalismo”. Pero, si vaciaron el concepto de neoliberalismo, tampoco se entiende que es lo anti.

A nuestra izquierda le da pena utilizar, como alternativa, “populismo” o “estatismo” porque ambos conceptos tienen una pésima fama en México. Lo vivimos con Echeverría y López Portillo con resultados funestos. Nadie, en sus cinco sentidos, quiere regresar a esas épocas.

Una izquierda seria, como la europea, canadiense y hasta estadounidense, se define como socialista en contraposición a los neoliberales. Pero hay de socialismos a socialismos. A todos nos gusta pensar en la social-democracia escandinava donde todos son felices, prósperos y educados con un Gobierno eficientísimo que provee excelentes servicios de educación y salud. Estos países son, desde luego, envidiables, pero tampoco exageremos la gran felicidad que existe en aquellas sociedades nórdicas.

En el otro extremo, geográficamente más cercano a México, está el socialismo venezolano caracterizado por un verdadero desastre: Inflación de más de un millón porcentual anual, una economía en ruinas, escasez generalizada de bienes y servicios (historias de gente hambrienta que, en su desesperación, mata animales de zoológicos para comérselos) y represión política.

Entre Suecia y Venezuela hay otros tipos de socialismos. Pregunta: ¿Cuál es el modelo que más le gusta a López Obrador?

No sabemos porque al Presidente le incomoda compararse y/o imitar a otros países del mundo. Lo suyo es lo “mexicano”. Muy bien. Se vale. Pero, otra vez, nos encontramos en un páramo ideológico. ¿Hay o puede haber un “socialismo mexicano”?

El Presidente ha escrito un libro que es un bodrio para tratar de responder esta pregunta sin utilizar la palabra socialismo. Propone una “economía moral” que rescata viejas ideas del nacionalismo revolucionario del PRI aderezado con un extraño toque de cristianismo.

En su libro, AMLO ve a la corrupción como el principal problema de México. La entiende como el uso del poder público para beneficio privado, es decir, el infame “capitalismo de cuates” que tanto daño le ha hecho a este País. La pregunta es cómo resolver este problema.

Los neoliberales pensamos que hay que promover una mayor competencia en mercados cerrados y protegidos donde los cuates del poder obtienen enormes rentas. Los socialistas, en cambio, piensan que la solución es el control del Estado de sectores estratégicos de la economía. Son soluciones diferentes.

Se vale estar a favor de una o de otra postura. Lo que no se vale es la indefinición. Muchas cosas se le pueden criticar a los neoliberales por su paso en el poder, pero siempre fueron claros en su postura ideológica y, por tanto, de lo que querían. AMLO, en cambio, no es claro. Le da miedo declararse como socialista porque esto seguramente asustaría a parte del electorado y, por supuesto, al vecino del Norte. Mejor, entonces, la indefinición: El invento de conceptos tan vagos y vacíos como el de una “economía moral”.

Twitter: @leozuckermann

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