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Columnas

El paralelismo apropiado

Sigue manteniendo un absoluto control sobre el Congreso y sus quehaceres. La agenda legislativa la fija él.

Por María Amparo Casar

El Presidente tiene por qué sentirse feliz, feliz, feliz a nueve meses de Gobierno. Su popularidad alcanza en promedio el 70% y si hoy hubiese una consulta popular para refrendar su mandato, la ganaría con holgura. Además, la mayoría de la población, alrededor del 60%, sigue optimista respecto al futuro.


Hasta el momento ni el supuesto desgaste que suele ocurrir conforme avanza el tiempo en el Gobierno ni las crisis por las que ha atravesado, o incluso ha creado, le han quitado una sola pluma al gallo: Ni Tlalhuelilpan, ni el desabasto de gasolinas, ni las protestas de padres por la falta de medicamentos, ni las manifestaciones de descontento de la Policía Federal, ni los crecientes niveles de inseguridad, ni la matanza en Coatzacoalcos, ni el enojo de las víctimas por las desapariciones, ni la postura frente a Estados Unidos, ni la falta de medicamentos, ni el crecimiento de 0% en contraste con el 4% prometido, ni la caída en el empleo, ni la denuncia del superdelegado en Jalisco, ni su aval tácito a la ampliación del mandato del periodo del Gobernador electo en Baja California o a la Ley Garrote en Tabasco ni... 


Sigue manteniendo un absoluto control sobre el Congreso y sus quehaceres. La agenda legislativa la fija él. Prácticamente todas sus iniciativas han sido aprobadas. La oposición tiene, si acaso, poder de veto (y sólo en el Senado y solamente unida). La gran mayoría de los nombramientos en los que participa el Ejecutivo han transitado sin dificultad.


Las disputas al interior de Morena las resuelve él. Dice haberse apartado del partido mientras es Presidente, pero en la plenaria de los diputados y senadores de Morena se habla de la sucesión en el partido, sugiere que la elección se haga por encuesta y todos se pliegan.


En el discurso también lleva ganada la batalla. No importan ni las cifras, ni los desmentidos, ni la realidad misma. Su palabra es la única que vale. Sólo su realidad existe. La vende todas las mañanas y hasta el momento nadie compite con sus datos si de credibilidad entre la población se trata. Su discurso es un discurso ganador y aunque según las encuestas son más los que reprueban que los que aprueban su desempeño en áreas de política como el combate a la inseguridad o la corrupción, no hay quien capitalice ese descontento.


Por desgracia todos estos motivos por los que está feliz, feliz, feliz, son un desincentivo para la reflexión y la humildad que él dice debe caracterizar al gobernante.


No veo de dónde puede agarrarse el Presidente para afirmar que hoy en día hay una verdadera democracia diciendo que el Ejecutivo no interviene más en el Poder Legislativo, en el Poder Judicial, en los gobiernos estatales, en los órganos de autonomía constitucional, en los sindicatos y en los partidos. Si en algo no se diferencia de los presidentes anteriores es precisamente en el ejercicio de Gobierno y en la maldita costumbre de querer poner bajo su control todos los poderes. Como a sus antecesores se le olvidaron las exigencias de las virtudes democráticas de cuando era oposición. Como sus antecesores, una vez en la silla, esas virtudes se convierten en obstáculos molestos que hay que combatir porque impiden concretar el mandato popular. 


Tiene razón cuando afirma que sus adversarios “no han tenido oportunidad de establecer un paralelo entre la nueva realidad y el último periodo neoliberal”. No lo han hecho porque los paralelismos están mucho más atrás en la historia. Están en los años sesenta y setenta cuando el Presidente gozaba de poderes extraordinarios gracias a la combinación de la jefatura de Estado, de Gobierno y de partido. Allá cuando se contraponían las categorías de sistema presidencial y de hiperpresidencialismo. Allá cuando el límite más serio de los presidentes era el de la temporalidad del cargo. Allá cuando no se rendían cuentas y la información que valía era la que ofrecía el Presidente. Allá cuando se decretaba que sí había Estado de Derecho y sí había democracia. Allá cuando se creía que los gobernantes mandaban obedeciendo al pueblo. Allá cuando los adversarios eran, por definición, reaccionarios y se oponían al cambio verdadero que encarnaba el Presidente en turno.  
 

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