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Columnas Dueñez* empresaria

El fracaso como aprendizaje

Trabajamos con unos empresarios de Guadalajara que han crecido y se han desarrollado mucho. Su empresa ha logrado diferenciarse en el mercado del desarrollo de edificios corporativos.

Por Carlos Dumois

Agua turbia y trapo sucio... dejan la vajilla limpia.

Trabajamos con unos empresarios de Guadalajara que han crecido y se han desarrollado mucho. Su empresa ha logrado diferenciarse en el mercado del desarrollo de edificios corporativos.

Sus ejecutivos se quejan de lo duro que es la respuesta de sus jefes a sus errores. Esto ha causado que ahora algunos prefieran callar y no hacer propuestas ni comentarios atrevidos en las juntas.

Hoy las empresas más exitosas, sobre todo en el mundo de la tecnología, nos muestran el camino de cómo manejar los errores. En vez de preparen, apunten, fuego, hoy se habla de fuego, fuego, fuego. Esas empresas exitosas nos enseñan la importancia de atreverse, de innovar, de explorar. Si no nos equivocamos nunca, es que no intentamos.

Y así no podemos aprender rápido, cuando la velocidad se ha vuelto una ventaja competitiva importante. Para lograrla nuestra organización necesita de una cultura diferente respecto al manejo de los errores. Los errores deben ser fuente crucial de aprendizaje.

De hecho, los errores siempre han sido fuente crucial de aprendizaje, como lo ha sido también el temor a equivocarse. El temor a los errores es en gran parte desconfianza de los jefes respecto a sus subordinados, e inseguridad de los jefes en sí mismos. Sucede como con los celos: El celoso desconfía de su pareja, y sobre todo tiene inseguridad en sí mismo. Se teme a la propia capacidad de resolver los problemas mediante el diálogo; un diálogo auténtico, sincero y abierto.

También se da el temor a los errores que pueda uno cometer, al margen de jefes o no jefes. Y en este caso también se teme a la propia capacidad de resolver los problemas mediante el diálogo; del diálogo con uno mismo, que es la revisión atenta y corrección de lo que se ha hecho (mejora continua), o incluso de lo que uno se ha propuesto hacer (mejora discontinua).

Quienes escribimos tenemos la experiencia de la inactividad y del temor ante una página en blanco. Inactividad y temor que se pueden hacer crónicos y generar ira contra nosotros mismos, dando así lugar a la depresión. Los grupos anónimos, AA y otros, definen la depresión como ira congelada. Y diagnostican: “Contra depresión... ¡acción!”. Actúa, sin importar que te equivoques. Luego podrás revisar tus errores, y corregirlos; todo lo cual será más y más acción. Pero… ¿cómo podré yo, tan falible, revisar y corregir mis propios errores? Ante este tipo de dudas y preguntas, responde la observación humilde de los antiguos sabios: “Agua turbia y trapo sucio dejan la vajilla limpia”.

Es torpe y soberbio pretender hacer todo perfecto al primer intento. Es correcto ir pensando lo que se escribe, y por eso es más lento escribir que hablar, y lo que se escribe es más correcto que lo que se habla, ya que hay tiempo para corregir. Pero el estancarse ante una página en blanco se corrige escribiendo: Quiero oír cómo suenan esas teclas, avienta las ideas, “escupe, Lupe”, después corriges. Si eres tan falible, sé también humilde. También religiosamente se habla de la corrección fraterna.

En el caso del temor a los jefes la solución es la misma: Acción, diálogo en este caso, pero diálogo auténtico, abierto, sincero; e insistir en el intento de ese diálogo, incluso triangulando con otros. Y se llega a la conclusión de que es imposible dialogar con ese jefe, habrá que buscarse otro, u otra empresa, u otro trabajo.

Y modernamente se coincide con la sabiduría de los antiguos. ¿Por qué son las empresas de nueva tecnología las que nos enseñan a innovar y explorar? Porque para aprender, nada mejor que corregir los propios errores. Por eso es tan bueno aprender a programar computadoras (hands on exercises), aunque se trate de programas muy sencillos. Es típica la cantidad de instrucciones dadas erróneamente, y que el programa no funcione como queríamos.

Las computadoras no temen indicarnos nuestros errores, como si nos dijeran: Hice precisamente tus instrucciones; el error es tuyo, encuéntralo y corrígelo.

Y así en todo. Confianza en uno mismo, y en los demás. ¡Ánimo!

Carlos A. Dumois es presidente y socio fundador de Cedem.

c_dumois@cedem.com.mx

http://www.cedem.com.mx

* “Dueñez®”es una marca registrada por Carlos A. Dumois.

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