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Columnas Ideas y palabras

El antihéroe

De beso en beso. De abrazo en abrazo. De mitin en mitin. De fonda en fonda. Así Andrés Manuel López Obrador sigue recorriendo México como si fuera un guía turístico y no un Presidente.

Por Denise Dresser

De beso en beso. De abrazo en abrazo. De mitin en mitin. De fonda en fonda. Así Andrés Manuel López Obrador sigue recorriendo México como si fuera un guía turístico y no un Presidente. Como si fuera un conductor de un reality show culinario, y no el líder de un país que enfrenta una pandemia global. Como si no hubiera escuchado una sola de las precauciones sobre el coronavirus explicadas por el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell. Si las epidemias revelan verdades subyacentes sobre las sociedades que impactan y sobre los individuos que afectan, el Covid-19 exhibe a AMLO como un hombre irresponsable. Un líder que no lidera; evade.

Lejos de Angela Merkel, quien valientemente le dijo a los alemanes que probablemente 70% de ellos terminarían infectados y tendrían que estar preparados para ello. Lejos del primer ministro italiano quien declaró sin reparos “Se nos acabó el tiempo. Tenemos que quedarnos en casa” y así confinó a 60 millones de sus compatriotas. Pero AMLO no quiere hablar mucho del coronavirus; no quiere que haya cifras evidenciando la magnitud del problema; cree que el virus es una conspiración conservadora y no el mayor reto a su capacidad de conducir al País en tiempos de crisis. Parece mas interesado en mantener su aprobación que en prevenir los peores estragos de la infección.

Hoy, muchos de sus seguidores todavía están convencidos que, en cuanto al coronavirus se refiere, México es excepcional. Más capaz que otros países. Más informado y con una mejor estrategia. No hay por qué mirar a Corea del Sur o Japón o China o Irán o Italia o Estados Unidos. Nosotros no necesitamos hacer más pruebas porque todavía estamos en la fase 1, y aún no se ha dado el contagio comunitario, dicen. Nosotros no necesitamos instrumentar una estrategia más agresiva -como las instrumentadas por países que han aplanado la curva de contagio- porque aquí ha habido muy pocos casos reportados, insisten.

Y qué ganas de creer que López-Gatell y su equipo tienen razón. Pero lo que está sucediendo velozmente dentro y fuera de México contradice ese mensaje de “no hay por qué preocuparse”, que se empeñan en diseminar. Es probable que México pague un precio muy alto por no haber asumido una postura más agresiva y más preventiva.

Es probable que la lealtad política al Presidente y a su desdén dilatorio haya costado tiempo valioso, durante el cual se pudieron haber tomado medidas de mayor contundencia. Ahora enfrentamos el coronavirus con un sistema de salud diezmado por la austeridad del presente y la falta de inversión del pasado: Hospitales sin camas suficientes, sin respiradores suficientes, sin pruebas suficientes, sin equipo médico suficiente, sin coordinación suficiente. Errores graves que han permitido el esparcimiento silencioso del virus cuando nadie se daba cuenta y pocos sugirieron algo para pararlo. Esfuerzos de contención y mitigación y detección temprana y distanciamiento social que debieron haber llegado semanas antes y con pleno apoyo presidencial. Esfuerzos de provisión y aplicación de pruebas que han reducido la tasa de mortalidad en otras latitudes. En lugar de ello presenciamos el “Vive Latino” por razones económicas y las giras presidenciales por razones políticas. Como escribe Alfredo Narváez en Nexos: “La epidemia no va a perdonar errores”.

El coronavirus se suma a otras patologías de nuestros tiempos: La polarización profunda, la pérdida de confianza en las instituciones, la contracción económica que amenaza convertirse en recesión económica, la corrupción que cambia de partido pero no sale del Gobierno, el desplome de los precios del petróleo y la predecible pérdida de grado de inversión de los bonos de Pemex, la dificultad para unir al País cuando AMLO denuesta a quien no le aplaude acríticamente. Señalar esto no es ser alarmista, sino realista; no es ser “oposición” que busca un fracaso, sino ciudadano que demanda una corrección.

Pero el Presidente aún piensa que con besos, abrazos, apretones de mano y congregaciones multitudinarias donde lo apapachan puede parar una pandemia. Le importa más la popularidad personal que la viralidad letal. Su narcisismo le gana a su patriotismo. Y si, como dice Bob Dylan, “Un héroe es alguien que entiende la responsabilidad que conlleva su libertad”, al actuar irresponsablemente como lo hace, beso tras beso, AMLO se vuelve el antihéroe.

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