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Edith Stein: Brillante filósofa judía convertida al cristianismo

El pasado 9 de agosto se conmemoró el fallecimiento de Edith Stein. Ella fue una de esas mujeres excepcionales del siglo pasado por su gran categoría intelectual y su congruencia entre lo que pensaba y cómo actuaba.

Por Raúl Espinoza

El pasado 9 de agosto se conmemoró el fallecimiento de Edith Stein. Ella fue una de esas mujeres excepcionales del siglo pasado por su gran categoría intelectual y su congruencia entre lo que pensaba y cómo actuaba. Era discípula del célebre filósofo Edmund Husserl, fundador de la corriente Fenomenológica, quien tuvo gran repercusión en su tiempo. Fue bastante adelantada a su tiempo porque se interesaba por los derechos civiles de la mujer.

Era de nacionalidad polaca. Primero comienza a estudiar Historia. Posteriormente, en 1913, ingresó a la Universidad de Gotinga, donde estudió Filosofía. Bajo la influencia ideológica de su maestro Husserl, publicó los libros “La Estructura de la Persona Humana” e “Individuo y Comunidad”.

Luego aconteció que varios de sus compañeros de la universidad se convirtieron al catolicismo y eso impactó sobremanera a Edith. Y se pone en acción hasta profundizar -con una serie de valiosas lecturas- que la condujeron a concluir que “la verdad” en Husserl no le satisfacía plenamente.

En cierta ocasión, fue a pasar el día a casa de unos amigos. Ellos la invitaron a ir de compras al mercado. Edith lo agradeció, pero les dijo que prefería quedarse leyendo. En el librero encontró la “Autobiografía de Santa Teresa de Jesús”.

A la mitad de la lectura, llegó a esta importante conclusión: “Aquí se encuentra “la Verdad Plena” que tanto he venido buscando. A partir de ese momento decidió convertirse al cristianismo. Pocos días después, conversó con un sacerdote católico y le comunicó su deseo de convertirse a la fe. Este presbítero le recomendó varias lecturas medulares. Continuó perseverando en su decisión y en 1922 fue bautizada.

A partir de ese momento, se adentra en la filosofía de santo Tomas de Aquino y del Beato Duns Scoto y publica su libro “Ser Finito y Ser Eterno” en el que compara la filosofía de Tomás de Aquino con la de Edmund Husserl.

Pero su inquietud intelectual y espiritual continuaba en aumento. En 1932 tomó la firme determinación de ingresar a la Orden de las Carmelitas Descalzas. Decide adoptar el nombre de Sor Benedicta de la Cruz.

Lee con sumo interés las obras de los clásicos místicos del Siglo de Oro Español, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

Bajo esa influencia escribe su libro “La Sabiduría de la Cruz” en el que aborda el tema del sentido del dolor, de la enfermedad y del sufrimiento. Lo presentaba como una realidad unida a la Cruz de Jesucristo. Pronto se convirtió en un libro célebre.

En septiembre de 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial y el dictador de Alemania, Adolfo Hitler, envió a los judíos a campos de concentración. Edith Stein pronto se percata que su querido pueblo hebreo estaba destinado a la muerte en esos campos de exterminio y comprende que ella también tendría ese mismo fin. Enfrenta con valentía y fortaleza ese martirio por los de su raza y por su fe cristiana.

Sus superioras, preocupadas por su condición de judía, deciden enviarla de Polonia a Holanda. Pero este traslado coincide con una Carta Pastoral que publicaron los obispos holandeses condenando los salvajes atropellos del fuhrer.

Hitler se enfurece y decide tomar serias represalias contra esos obispos y los católicos en general. Además, se recrudece en ese país la persecución contra los hebreos. Fue la misma suerte que corrió en Ámsterdam la joven Ana Frank que lo relata en su conmovedor “Diario”.

En agosto de 1942, son detenidas por la Gestapo tanto Edith como su hermana Rosa, también convertida al catolicismo. Ellos descubren que, además de ser religiosas, son judías y deciden enviarlas a Auschwitz.

¿Qué hizo Sor Benedicta de la Cruz en este campo de concentración? Se encargó de todos los niños porque sus madres estaban enfermas. Los lavó, los atendió y los cuidó como si fueran sus propios familiares. Además, desarrolló una intensa actividad con obras de misericordia corporales y espirituales. Es decir, ya no le interesaba su propia persona, sino servir a los demás en grado heroico.

A los 51 años le informaron que estaba condenada a las regaderas de ácido cianhídrico que provoca la muerte casi en forma instantánea. Recibió esa noticia con gozo y paz sabiendo que moriría como mártir de la fe. Se preparó con mucha oración y penitencia. Elevó plegarias pidiendo también por la conversión de su pueblo hebreo, así como por las almas de los perseguidores.

En 1987 fue beatificada por el papa San Juan Pablo II y en 1998 la declaró como una mártir santa y, al año siguiente, la nombró co-patrona de Europa, junto con San Benito.

Sin duda, se trata de una mujer con una excepcional talla intelectual que ha pasado a la historia por sus trabajos de investigación -con un alto nivel académico- tanto en el campo de la filosofía como en teología. A la vez, fue una mujer ejemplar que dio su vida por la fe cristiana y por el pueblo judío.

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