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Dos reconocimientos

A mí la murria me hace lo que el aire a Juárez, si me es permitido el uso de esa frase que pertenece ahora a la 4T.

Por . Catón

Los lunes son días de murria. La murria es una especie de melancolía o tristeza que te quita, si no las ganas de vivir, sí las de trabajar. “En lunes ni las gallinas ponen”, decía un viejo dicho. Con el descanso del fin de semana, y sobre todo después de un largo puente como este septembrino que acaba de pasar, la máquina del cuerpo se enmohece, y chirría, perezosa, antes de echar de nuevo a funcionar. El alma tarda en alcanzarlo, adormecida aún por el sopor del ocio, Chuy Garza Arocha, “El Charro”, inolvidable amigo que supo vivir bien y para el bien, combatía la murria del segundo día de la semana -nunca segundas partes fueron buenas- reuniéndonos los lunes en su huerta de General Cepeda, preciosa villa cercana a mi ciudad Saltillo, y ofreciéndonos los dones de las sabrosas viandas que él mismo preparaba y de la música y la canción de artistas de los cuales era mecenas generoso. Con frecuencia aquellas horas de bohemia se alargaban hasta que le veíamos las nalguitas al sol del día siguiente. Nos decía Chuy: “Si mis albañiles se toman siempre el lunes, ¿por qué no me lo voy a tomar yo?”. Pocas veces he visto tanta sabiduría y tanta bondad reunidas en un solo hombre. A mí la murria me hace lo que el aire a Juárez, si me es permitido el uso de esa frase que pertenece ahora a la 4T. Con intención sincera y la mejor buena voluntad puedo entonces enviar hoy dos reconocimientos. El primero es para el presidente López Obrador, por su discurso pacifista, sin importar que no haya sido del agrado de un vocero ucraniano que creyó advertir visos pro Rusia, a mi juicio inexistentes, en las palabras de AMLO. Morigerado fue el mensaje de López Obrador después de que el Tío Sam habló con él. Cambiando lo que haya que cambiar, se aplica aquí otro dicho: No hay borracho que coma lumbre. El otro reconocimiento es para el secretario de la Defensa, general Luis Cresencio Sandoval, porque este 16 de septiembre, a diferencia del día 13, dejó en casa su tlapalería y vistió un atuendo sobrio, austero, como es tradición en el soldado mexicano, sencillez que contrasta con la quincalla y oropeles que acostumbran cargar los generales en los países que sufren -funesto mal- dictaduras militares. Las empresas y negocios que el Ejército ha aceptado recibir de manos de López Obrador, lo mismo que las evidencias de conductas tortuosas de algunos malos miembros del instituto armado, han atentado contra la imagen del Ejército. Servir a la sociedad, en vez de constituir amenaza para ella, ayudará a restablecer ese prestigio. Y ya no digo más, porque esta larga perorata me está causando murria. En un bar para solteros cuya clientela es casi toda de casados Afrodisio Pitongo le hizo una proposición salaz a una bella dama. Ella rechazó la sugerencia. Le dijo al lúbrico galán: “Guardo mi cuerpo para el hombre por el que sentiré un verdadero amor”. A Pitongo lo impresionó esa frase. Le dijo a la hermosa mujer: “En estos tiempos una actitud como la tuya es difícil de entender”. “Sí -confirmó ella-. El que menos la entiende es mi marido”. Noche de bodas. En pleno acto de amor el arrobado novio le dirigía con exaltada voz románticos conceptos a su desposada. Expresó lleno de emoción: “¡Amada mía! ¡Antes de conocerte mi vida era un desierto! ¡Ahora es un oasis!”. Replicó ella: “Todo eso está muy bien. Pero no necesitas pujar como camello”. El guardia del cementerio se conmovió a ver a un hombre que, de bruces sobre una tumba, gemía con sollozos desgarrados: “¿Por qué te fuiste? ¿Por qué?”. Fue hacia él y le preguntó: “¿Llora usted a su esposa, caballero?”. “No -respondió entre hipidos el sujeto-. Lloro la muerte de su primer marido”. FIN.

Licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura españolas/cronista de Saltillo.

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