Columnas Devolver al pueblo lo robado

Devolver al pueblo lo robado

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a su casa después de un viaje que duró semanas. Al día siguiente le relató a un amigo lo que le había sucedido.

Por Catón .

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a su casa después de un viaje que duró semanas. Al día siguiente le relató a un amigo lo que le había sucedido. "Anoche le hice el amor a mi mujer -narró-. Al terminar, movido por la costumbre que adquirí en el largo tiempo que duró mi ausencia, saqué la cartera y le entregué un billete". "¡Qué barbaridad! -se consternó el amigo-. Debes haber pasado un gran apuro". "Y eso no fue lo peor -continuó el otro-. Ella sacó su bolsa y me dio cambio". La casa de Pepito estaba cerca de una de mala nota. Dos o tres veces por semana el chiquillo veía salir de ahí, ya muy entrada la noche, a un sujeto de sospechoso aspecto: Llevaba lentes oscuros y sombrero de ala ancha que le servía de embozo. Además se tapaba el rostro con las solapas del saco para que nadie pudiera identificarlo. Tanto le llamó la atención a Pepito la actitud del individuo que una noche lo siguió hasta su domicilio. Desde entonces cada vez que el hombre, después de su visita al establecimiento de pecado, pasaba frente a la casa de Pepito, el travieso chiquillo le decía con cavernosa voz desde atrás de la ventana: "Ya sé dónde vives... ya sé dónde vives...". El tipo, al oír aquello, profería toda suerte palabras de enojo y amenaza. Un día Pepito fue a confesarse por instancias de su mamá. El cura le preguntó: "¿Cuándo fue la última vez que te confesaste?". "Ah! -exclamó Pepito-. ¡Ahora ya sé también dónde trabajas!"... La señora se dirigió al guardia del zoológico: "¿Por qué no están visibles el oso y la osa panda?". "Es la época del celo -explicó el hombre-. Se encuentran en su cueva, apareándose". Preguntó de nueva cuenta la mujer: "Si les echo cacahuates ¿saldrán?". Inquirió a su vez el guardia: "¿Saldría usted?". Rosibel le dijo a Susiflor: "Me gusta que llegue el calor. En invierno me dan muchos resfriados". Aventuró Susiflor: "Será que no te cubres el pecho". "Sí me lo cubro -aseguró Rosibel-, pero mi novio siempre trae las manos frías"... A pesar del tufillo demagógico y populista que despide su nombre, suena bien eso del Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado. Habrá quienes opinen que el nuevo organismo es otro jarro para dar atole con el dedo. Por mi parte esperaré a observar el desempeño del nuevo organismo antes de dar una opinión acerca de él. Tal circunspección no me impide hacer un vaticinio: Lo robado en el anterior sexenio no será tocado ni con un pétalo de ese Instituto. Quizá se devolverá a los ciudadanos algo de lo obtenido en ese tiempo por los delincuentes, pero será muy poco lo que se quite a los políticos enriquecidos a costa del erario. Aun así ojalá ese Instituto sirva de algo y no sea meramente parte de los espejitos con que la nueva administración está encandilando a la gente. (Nota: Eso de "administración" es un decir). Ya conocemos a Avaricio Matatías. Es un sujeto avaro,  cicatero, cutre y ruin. El día del cumpleaños de su esposa le regaló un zapato. Le dijo: "El otro te lo daré en la Navidad". Dulcibella, muchacha de buenas formas, le comentó a Rosilí: "Viajar en un autobús atestado es para mí como participar una ceremonia religiosa". "¿Por qué?" -se sorprendió Rosilí. Contestó Dulcibella: "Siempre hay imposición de manos". Don Astasio no tuvo ya ninguna duda: Su esposa lo engañaba. Eso le provocó una grave depresión. Ya no salía de su cuarto; no comía; todo el tiempo estaba sumido en silencio hosco. Una mañana su pequeño hijo fue corriendo a donde estaba su mamá y le dijo con alarma: "¡Mi papá se quiere arrojar por la ventana!". Respondió la señora, displicente: "Dile que no lo haga. Le puse cuernos, no alas"... FIN.

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