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Chile necesita una nueva Constitución. Esto está más que claro y hay amplio consenso sobre ello. La Constitución actual, de 1980, fue escrita durante la dictadura y no refleja la democracia chilena en 2022.

Por Genaro Lozano

Gabriel Boric representa hoy a una nueva generación de políticos de izquierda progresista en América Latina. Su triunfo en las elecciones presidenciales del 2021 dio mucha esperanza justo porque significa un cambio generacional, un rompimiento con la partidocracia tradicional chilena y uno más respecto a su acercamiento con los movimientos estudiantil, feministas, de la diversidad sexual, pueblos originarios y ecologistas. Después de todo, el movimiento que llevó a Boric a la Presidencia es el mismo que se ha movilizado en Chile con fuerza en 2011, 2016 y 2019. La derrota de ayer para aprobar la nueva Constitución chilena es gravísima para Boric y para lo que sigue en su mandato, pero también es una muy mala señal para las izquierdas progresistas y para los procesos constituyentes en el panorama latinoamericano. 

Chile necesita una nueva Constitución. Esto está más que claro y hay amplio consenso sobre ello. La Constitución actual, de 1980, fue escrita durante la dictadura y no refleja la democracia chilena en 2022. Esa Constitución ha sido modificada y parchada desde entonces, pues tenía la figura de senadores vitalicios, que benefició a Pinochet hasta su muerte, y otros resabios de la dictadura. La idea de una nueva Constitución existe desde fines del siglo XX, pero se hizo una realidad con la consulta de octubre de 2020 en la que casi el 80% de los participantes pidió una nueva Constitución y aprobó el proceso para su redacción. Desde entonces se generó mucha expectativa y se esperaba que eso cerraría las heridas abiertas de la dictadura. Sin embargo, ocurrió lo contrario.

El nuevo texto constitucional estipulaba que Chile es un “Estado social de derechos”, que reconoce la existencia de once pueblos originarios en un “Estado plurinacional e intercultural”. Esto generó una campaña de noticias falsas como que se le darían más derechos a estos grupos que a la mayoría de los chilenos y que ese reconocimiento dividiría al país. Además, la nueva Constitución propone un Estado paritario, en el que las mujeres ocupen la mitad de todos los cargos de todos los órganos del Estado. Además, se proponía asegurar tanto condiciones para el embarazo como para la interrupción voluntaria del mismo. Las campañas negativas contra la Constitución argumentaban que las mujeres podrían abortar hasta el octavo mes de gestación. Otro punto que generó mucho ruido fue el del futuro de las pensiones, el derecho a la vivienda y el acceso al agua como un derecho. Por la variedad de sus temas, incluidos los derechos para la diversidad sexual y la protección al medio ambiente, la propuesta de nueva Constitución chilena es la más progresista y de izquierda identitaria de América Latina, tal vez sólo como la Constitución de la CDMX de 2018.

La derrota de la nueva Constitución chilena golpea fuertemente al Gobierno del presidente Boric, quien apenas lleva seis meses en el poder. Es un golpe al relevo generacional de su país porque la derecha y la gerontocracia que gobernaba Chile ahora pintan a Boric como un “chamaco inexperto” que no pudo operar la aprobación de la nueva Constitución, al que se le desmorona la gobernabilidad y se le cae la economía. La de Chile es una profunda crisis que obligó a Boric a presentar un nuevo gabinete este mismo martes, pero tal vez no será suficiente ni para salvar el resto de su mandato ni el proceso constituyente.

El rechazo al nuevo texto constitucional es otro golpe a las izquierdas identitarias y que se suma al Brexit, a la derrota de Hillary Clinton, al avance de opciones como Vox en España y Orban en Hungría. ¿Por qué perdió la nueva Constitución chilena? ¿Fue la soberbia de Boric? ¿Fueron las campañas negativas? ¿Fue un mal proceso constituyente? ¿Es la sociedad chilena más conservadora de lo que se pensaba? Quienes están pensando en una nueva Constitución para México, o en cualquier otro lado de América Latina, deben voltear a ver lo que pasó en Chile.

El autor es politólogo, conductor de un programa de televisión y profesor en el Departamento de Estudios Internacionales de la Ibero.

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