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Columnas

De las madres las abuelas

Cuando murió mi padre, mi madre asumió con tristeza y serenidad, y con hijos y nietos, el dolor y la responsabilidad de volver a abrazar la vida sabiendo que mi papá había tenido una existencia cumplida y la había disfrutado.

Por Ernesto Camou

Cuando murió mi padre, mi madre asumió con tristeza y serenidad, y con hijos y nietos, el dolor y la responsabilidad de volver a abrazar la vida sabiendo que mi papá había tenido una existencia cumplida y la había disfrutado. Poco a poco fue rehaciendo su vivir con agradecimiento a lo que con él había vivido. 
Unos meses después, mi madre fue a checarse a Tucson y se encontró con que su doctor se había retirado y vería a otro de la misma especialidad. El nuevo galeno revisó su expediente, checó su estado de salud y luego, en tono profesional, le dijo que a sus 75 años no debería vivir sola, le sugirió una casa de retiro, y preguntó: “¿Vive usted sola desde que enviudó?” Mi madre esbozó una sonrisa y disfrutó su respuesta: “No. Vivo con mi mamá...”. 
Porque mi abuela, doña Laura G. Noriega de Healy, viuda por más de 30 años, a sus 98, llevaba más de una década compartiendo mesa y morada con ella. El médico, gringo al fin, nomás abría y cerraba los ojos. Así era ella, disfrutaba encontrar el lado amable a lo que la vida le regalaba.
Un sábado regresé del catecismo muy conmocionado: Me habían dicho que si era malo se me iba a aparecer el diablo (¿qué mente perversa le dice eso a un niño de 8 años?), y pensar en encontrármelo con cuernos, patas de chivo y apestando a azufre me aterraba. Ella me tomó la mano y dijo: “Si alguien es muy malo, el diablo va a estar contento y no se le va aparecer para que siga con su maldad; a los buenos los protege el Niño Dios, así que no tienes porqué tener miedo...”, luego decidió que si en la primaria había hermanos lasallistas bien preparados, no tenía que volver a un catecismo tan poco educativo y tan alejado de la buena vida. ¡Pura sensatez!
Cuando doña Laura ajustó 80 años, sus nietos decidimos llevarle serenata. Mi mamá sugirió que fuera temprano, nos apersonamos a las 10:00 en su casa y empezó la cantada. Ella nos pasó a la sala con todo y músicos, y fue por botanas, cervezas y tequila. Se armó la pachanga.
Al rato fue la abuela a la cocina, lapso que aprovechó mi madre para agradecernos lo que hacíamos y decirnos que su mamá ya era mayor y había que dejarla descansar... mientras hablaba apareció la festejada con unas botellas en la mano y cara de incredulidad: “Ay, María Laura, dijo riendo, ¡ya estás vieja! ¡Vete, que nosotros vamos a seguirla...!”.
Así eran madre e hija; se llevaban bien y se divertían; nos enseñaron el lado leve y alegre de la vida. Mas era una mujer de fe, la vivía con serenidad y convicción. En sus últimos años no podía caminar, pero siempre recibía sonriendo a sus visitas, dejaba su libro o el rosario, y enfocaba toda su atención y suavidad al recién llegado. Un día, ya al final, al saludarle me recibió con que tenía una mala noticia. ¿Cuál? pregunté, y respondió “¡Ayer cumplí 90 años!”. Me preocupé porque siempre había tenido muy buena cabeza y le dije: “Pero si los cumpliste hace seis meses...”. Ella me vio, sonrió y afirmó: “Sí, pero hasta ayer los sentí...”. 
Cuando mi padre cayó enfermo de cáncer nos fuimos a ver médicos en Arizona. Una noche, después de un día pesado, estaba ella nerviosa y angustiada; mi hermana, muy perspicaz, le preguntó: “¿Hiciste promesa de no beber por la salud de mi papá?” Sí, respondió ella, y la voy a cumplir. 
Mi hermana tomó el teléfono, habló con su confesor y le explicó el predicamento. El viejo sacerdote, muy su amigo, le dijo que se olvidara de mandas, que le caería bien un trago. Mi madre colgó, muy seria, me vio y me dijo, “Bueno pues, prepárame un jaibol...”. 
Salud mamá.

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