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Columnas De política y cosas peores

Anécdotas de El Amole

"Ahorita mismo se lo digo -contestó don Abundito-. Pero si ella no quiere yo te los desquito; a ver cómo, pero 100 dólares es buen dinero".

Por Catón  

Teófilo, originario de El Amole, llegó un día a su pueblo. Venía de Los Ángeles, donde trabajó todo el año, y traía buenos dólares y ansias de gastarlos. Le gustó una mujer de por ahí, y le pidió a don Abundito, vecino del lugar conocido por sus ocurrencias: "Dígale a aquella muchacha que si se acuesta conmigo le pagaré 100 dólares". "Ahorita mismo se lo digo -contestó don Abundito-. Pero si ella no quiere yo te los desquito; a ver cómo, pero 100 dólares es buen dinero". Vio don Abundito a un niño que no era de El Amole, bajito y regordete. "¿Quién es?" -preguntó. "Está en casa de los Rodríguez -le informaron-. Es de Guadalajara, y viene a pasar vacaciones y a ver si baja de peso". Los Rodríguez eran una familia de posibles. "¿Cómo va a rebajar ahí? -dijo don Abundito-. Mándenmelo a mi casa y díganme de cuántos kilos lo quieren". El tío Balbino, también vecino de El Amole, cultivaba en su solar buenas sandías. Las puso en un montón para venderlas. Pasó un muchacho pariente suyo y le pidió: "Regáleme una sandía, tío". Le contestó don Balbino: "De ese precio no hay, m'hijo". Iba en su carreta el tío Balbino a vender agua a Palos Verdes. Un lugareño observó que a cada rato detenía la carreta, salía del camino y le daba un buen trago a una botella. "¿Por qué hace eso, tío?". Respondió él: "Le prometí a mi mujer que no tomaría en el camino". El Tata ya era cuarentón y no tenía esposa. Sus hermanas, preocupadas, decidieron buscarle una. Al cabo de unas semanas le dijeron: "Ya te encontramos una buena mujer para que haga vida contigo". Preguntó el Tata: "¿Cuántos años tiene?". "40" -le informaron. Y dijo él: "Ahora busquen quien me la feree por dos de 20". A don Cachito le fue muy bien en la cosecha de garbanzo. Decidió entonces pagar la antigua deuda que tenía en el abarrotes por la provisión que sacaba fiada cada día. Envió a su hija más pequeña a preguntar cuánto debía, y resultó que el monto del adeudo era igual al de la cantidad que había obtenido por la venta del garbanzo. "Les voy a pagar -dijo con rencoroso acento don Cachito-, pero es el último dinero que me ven. Mañana mismo me voy a la guerra de Corea". Al oír aquello la niña rompió en llanto y se arrojó a los brazos de su padre: "¡No, papacito! ¡No se vaya  a la guerra!". Don Cachito, conmovido por las lágrimas de la pequeña, le dijo: "No haga caso m'hijita. Qué se va a ir a la guerra su papá. ¡Si es bien cul...!". Patricio, hijo de Cuco, era el esposo de Sarita, mujer muy educada y sumamente correcta en el hablar. Una noche llegó a su casa después de haber trabajado todo el día en el tractor. Le dijo a su mujer: "Vengo muy cansado; voy a echarme un rato". Sarita lo corrigió: "Se dice 'Voy a recostarme'" . "No vamos a alegar -le contestó Patricio-. Tú te recuestas y yo me echo". El Amole, Municipio de Guasave, en Sinaloa, es un pueblo rico en tradiciones, habitado por gente buena y laboriosa. Ahí nació el doctor Raúl Cervantes Ahumada, gran jurista, insigne educador, maestro mío de Mercantil  en la Facultad de Derecho de la UNAM. En El Amole vio también la luz primera Alejo Ahumada, extraordinario pitcher de beisbol que en la temporada 1979 ganó 19 juegos para los Saraperos de Saltillo ponchando a 122 bateadores. Don Gonzalo López Rodríguez, amoleño de corazón, escribió un bello libro con los hechos y dichos de sus paisanos. He recogido aquí hoy algunas pocas de las muchas anécdotas que en esa entrañable obra se contienen. Merece el bien de su lugar de origen quien guarda la memoria de su pueblo y evita que su gente sea olvidada. Le agradezco a don Gonzalo el envío de su libro, que leí con deleite y que conservaré con afecto. FIN.

            MIRADOR

                        Por Armando FUENTES AGUIRRE

            El padre Soárez charlaba con el Cristo de su iglesia.

            -Señor -le preguntó-. El infierno ¿existe?

            -Claro que existe -respondió él-. Y no sólo uno: Muchos. Ustedes los hombres los han hecho. Cada guerra que han combatido es un infierno. Cada perversidad que han consumado es un infierno. Cada injusticia que han cometido es un infierno.

            -Es cierto, Señor -dijo el padre Soárez-. Pero yo te preguntaba por el infierno de las llamas, ése al que el padre Ripalda se refirió en su Catecismo.

            Habló Jesús:

            -No quiero contradecir a don Jerónimo, pero la idea de un castigo eterno me contradice a mí y contradice mi amor, contradice mi infinita misericordia. Digamos entonces que el infierno existe, pero está vacío. Yo doy mi amor aun al que no lo merece y perdono incluso lo que no se puede perdonar. Cuando ustedes aprendan a hacer lo que yo hago dejará de haber infiernos en la Tierra.

            El padre Soárez meditó en las palabras de Jesús y pensó que quizás el padre Ripalda había cargado demasiado la tinta al escribir acerca del infierno.

            ¡Hasta mañana!

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