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Columnas Ideas y palabras

Amigos del alma

Como Viruta y Capulina. Batman y Robin. Han Solo y Chewbacca. Don Quijote y Sancho Panza. El Gordo y el Flaco. Así Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Salinas Pliego.

Por Denise Dresser

Como Viruta y Capulina. Batman y Robin. Han Solo y Chewbacca. Don Quijote y Sancho Panza. Simon y Garfunkel. El Gordo y el Flaco. Así Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Salinas Pliego. Amigos del alma, medias naranjas, compañeros de viaje, un solo espíritu habitando dos cuerpos. Eso es lo que ha demostrado el “Aztecagate” y su desenlace. La profundidad de la lealtad, el alcance de la amistad, la fuerza de la fraternidad, la durabilidad de la complicidad. No importa que el concesionario de un bien público convoque a desobedecer al Gobierno. No importa que desde la pantalla desafíe los ordenamientos de la autoridad sanitaria. A Salinas Pliego no se le enfrenta; se le perdona. No se le cuestiona; se le consiente. Por ser fifí, el Presidente lo trata con guantes de terciopelo.

Lo acaricia, lo elogia, le da contratos a manos llenas, coloca a sus incondicionales en puestos clave. Ayuda a que su fortuna aumente en 29.73% en el primer año de una épica transformadora que alega enfrentar a los intereses enquistados, pero más bien les otorga adjudicaciones directas y licitaciones a modo. Como la concedida por la SEP a Seguros Azteca Daños por 969 millones de pesos apenas el pasado 30 de marzo. Como la otorgada a Banco Azteca para distribuir las Tarjetas del Bienestar. El empresario consentido del cual AMLO alaba su “dimensión social”, olvidándose de su cuestionado historial. La compra de TV Azteca con un préstamo de Raúl Salinas, la toma ilegal del Cerro del Chiquihuite, la controvertida transacción de Codisco/Unefón, y tantas tropelías más.

Desde la mañanera, el Presidente maltrata a medios críticos que “no se portan bien” con el Gobierno y miente sobre sus presuntas omisiones. Desde el púlpito presidencial, AMLO lincha a quienes no lo llenan de lisonjas y aplaude a quienes sí lo hacen. Pero en el caso de Javier Alatorre pide perdón y comprensión. En el caso de TV Azteca ofrece un apercibimiento simbólico, que sólo evidencia los dobles raseros del poder presidencial. A los adversarios, el puño cerrado. A los amigos, la mano tendida. A los poderes fácticos detrás de la 4T, conmiseración y comprensión. Si con la clausura del aeropuerto de Texcoco y la renegociación de los contratos de gas y la compra empresarial de “cachitos” del avión  y la consulta popular sobre la cervecería en Baja California, AMLO quería demostrar que el poder político está por encima del poder económico, el “Aztecagate” contradice ese afán. En la escaramuza entre el Presidente y el potentado de la pantalla, López Obrador pierde credibilidad, mientras que Salinas Pliego gana inmunidad.

El agiotista del Ajusco comprueba que puede intimidar y doblar y chantajear y comprar a este Presidente como lo logró con sus predecesores. Puede ser golpista y contratista, bravucón y banquero, gandalla y ganador, evasor de impuestos y receptor del amor amloísta. Puede desobedecer las órdenes de López-Gatell y seguir financiando sus proyectos preferidos.

Puede rechazar el confinamiento en crisis sanitaria y hacer negocios con el Gobierno que lo ordenó. Puede seguir exprimiendo a los pobres, y ser amigo de quien promete ponerlos primero. Puede despedir trabajadores y obligarlos a laborar, porque la 4T no está dispuesta a ponerlo en su lugar. Para Salinas Pliego no habrá multas o clausuras o acciones frontales o implicaciones legales. Para el amigo de AMLO no habrá mazazos, sólo abrazos. 

Hoy sabemos en realidad quién es el patrón y quién es su empleado, quién manda y quién obedece, quién gobierna y quién sólo simula hacerlo. Salinas Pliego hace lo que históricamente ha hecho: Colocarse por encima de los presidentes y doblegarlos, ignorar a quienes deberían hacer cumplir la ley y desafiarlos. Con Fox, Calderón, Peña Nieto y actualmente AMLO, Salinas Pliego ha aplicado la “Estrategia Elektra”: Venderles algo por lo cual pagarán el resto de su vida. Poco sabía López Obrador que cuando brindó con whisky, la noche que ambos celebraron su arribo al poder, lo perdería tan rápidamente. Porque empeñó su Presidencia, tal y como los pobres empeñan su futuro cuando contratan un crédito con Banco Azteca. AMLO ha reescrito la sentencia de Benito Juárez, “para los amigos justicia y gracia; a los enemigos, justicia a secas”. Ha inaugurado una nueva versión ad hoc: “Para Salinas Pliego, todo lo que quiera y pida y necesite de mí y de la Cuarta Transformación”.

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