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¿Ganaría México si pierde Trump?

Trump ha ejercido el poder en un estado de alteración mental que ha puesto al mundo en riesgo permanente, sin que haya eficaces controles institucionales

Julio Hernández López

Astillero

Las previsiones demoscópicas y mediáticas apuntan a una derrota del Partido Republicano y el presidente Donald Trump en las elecciones intermedias a realizarse hoy, pero México no debería exagerar un cierto optimismo al suponer que eventuales resultados favorables al Partido Demócrata podrían suponer, por sí mismos, cambios sustanciales en su relación con el ogro naranja y sus políticas agresivas y sucias.

Valdría moderar el enfoque en boga que presupone saldos muy positivos si este martes las votaciones se convierten en una especie de referéndum contra Trump: Cierto es que, si pierde controles en las cámaras, tendrá contrapesos institucionales, pero mantendrá amplias facultades derivadas del presidencialismo expansivo que el multimillonario alojado en la Casa Blanca ha ejercido hasta ahora con absoluta falta de respeto a la legalidad y con una conducta tan desquiciada como peligrosa, que no se veía en el mundo tan marcadamente desde etapas alemanas luego derrotadas.

Trump ha ejercido el poder en un estado de alteración mental que ha puesto al mundo en riesgo permanente, sin que haya eficaces controles institucionales que frenen o moderen las explícitas y constantes conductas trastornadas del turbado personaje que tiene al alcance de su mano un botón nuclear.

La narrativa “jolivudense” de una nación imperial respetuosa al máximo de las leyes y las instituciones (narrativa que históricamente ya era insostenible) ha sido abiertamente botada al caño por alguien que ha tomado posesión de la Presidencia de la República con el antecedente inmediato de haber sido sentenciado como delincuente y que ha hecho magnas demostraciones de poder corruptor para impedir que se conozcan en su totalidad los expedientes Epstein, para verificar si estuvo involucrado o no en esa historia de abusos sexuales y pedofilia.

En esa lógica de la violación sistemática de leyes, de la impunidad como divisa, Trump insulta a periodistas, maltrata a presidentes y primeros ministros, asesina a viajantes en lanchas en las inmediaciones de Venezuela y secuestra a un presidente en funciones, apoya o es chantajeado para hacerlo pero a fin de cuentas se suma belicosamente a la campaña genocida de Netanyahu contra Palestina y en particular contra Gaza, y se lanza contra toda lógica y análisis contra Irán y el Estrecho de Ormuz, con lo que daña el bolsillo de los votantes estadunidenses y genera crisis mundial.

Trump en permanente berrinche infantiloide, indignado porque no le dan el Nobel de la Paz, mantiene una obsesión geopolítica contra México, en busca de debilitarlo, de quitarle referencias geográficas, de amagar con aranceles y amenazar constantemente con intervenciones físicas directas en suelo mexicano para “combatir” la parte del narcotráfico que se realiza fuera de Estados Unidos.

Sus locuras, sin embargo, le rinden impresionantes ganancias económicas a su familia, con el yerno Kushner convertido sin recato alguno en enviado presidencial para negociaciones críticas y, al mismo tiempo, inversionista en busca de privilegios y beneficios derivados de las partes con las que es enviado a negociar.

Ese personaje tragicómico seguirá gobernando aún hasta el mediodía del 20 de enero de 2029 y la evolución de sus trastornos mentales y políticos le pueden llevar a peores brotes. Pero los intereses y el enfoque del decadente imperio vecino no cambiarán, en lo sustancial, con la victoria de republicanos o demócratas, ni siquiera sustituyendo al actual gobernante. Pueden darse matices, mejorar las formas y restituir narrativas, pero en el fondo Estados Unidos ha dado pasos, diseñados por sus centros reales de definición política, que no variarán en lo sustancial por los circos electorales.

Y, mientras la verdadera tradición popular mexicana, la del Día de Muertos y sus ofrendas, ha luchado para seguir con vida ante el embate del “jálogüin” e incluso ante la adulteración propiciada por una película del agente 007. ¡Hasta mañana!

Julio Hernández López