“¿Quién me iba a querer así?”
Aunque intentó ser delicada, era obvio que quería huir de él. La entendía. ¿Cómo no entenderla si él también quería escapar de sí mismo?

Historias demasiado humanas
“Después seguimos, ¿sí?”.
Aunque intentó ser delicada, era obvio que quería huir de él. La entendía. ¿Cómo no entenderla si él también quería escapar de sí mismo? La diferencia era que él no podía.
Siempre fue tímido, pero perder un brazo acentuó su aislamiento. Sus papás le decían que la adolescencia era una etapa de inseguridades, aunque él no podía saberlo: Justo cuando empezaba a atravesarla, tuvieron que amputarle el brazo derecho por un maldito cáncer en el húmero.
Aprender a vivir con una sola mano fue un esfuerzo enorme. Abrocharse el pantalón, cortar la comida, resolver esas pequeñas cosas que los demás hacían sin pensar. Pero lo más difícil era exponerse ante personas que no conocía. Pocos se atrevían a preguntarle qué le había pasado. Él tampoco sabía qué prefería: Que preguntaran o que fingieran no darse cuenta.
Durante meses evitó las fiestas. Cuando por fin se animó, vio una chica que le gustó y la sacó a bailar. Por un rato pudo olvidarse de la prótesis y ser simplemente un chico bailando con una chica.
Hasta que ella se dio cuenta. Se puso blanca, rígida, trató de disimular su desconcierto e incomodidad. Siguió bailando dos canciones más, hasta que, con una sonrisa a medias, le dijo:
“Después seguimos, ¿sí?”.
Él supo que no habría después. Podía entenderla, no podía evitar que lo sintiera el rechazo como una daga en el medio del corazón.
Se preguntó si alguna mujer podría presentarle a sus padres a un novio manco. Si alguna vez podría entrar a una fiesta sin estar pendiente de las miradas ajenas. Se quedó mirando bailar a los demás. Su cuerpo seguía ahí, pero su cabeza estaba a miles de kilómetros. Decidió irse sin contarle a sus amigos qué había pasado. Pensaron que estaría malhumorado, que él era así y cada uno siguió disfrutando.
Aunque su casa quedaba lejos, prefirió volver caminando. Llegó a las cuatro de la mañana, después de casi dos horas de marcha. Se sirvió un vaso de gaseosa y se fue a acostar. Después dio vueltas en la cama hasta que prendió la luz y buscó una historia de Tintín que ya había leído 100 veces. A las siete consiguió dormirse.
Cuando despertó, eran las dos de la tarde. Sus papás lo esperaban en el comedor de diario.
“¿Qué pasó? Encontramos la prótesis en el cesto de la basura, pero no parece rota “, preguntó su madre preocupada.
Él tardó un momento en contestar.
“Ya no tengo ganas de sostener una fachada. Quiero que me conozcan como soy desde el principio. Al que le guste, bien, y al que no, también. Fingir que tengo dos brazos es agotador. Todo el tiempo tengo miedo de que me descubran. Y cuando se dan cuenta, siento que los engañé, como si tuviera que pedir disculpas por no haberles mostrado todo. No quiero seguir así. Soy esto, y ya no quiero esconderlo”.
Su mamá lo abrazó con fuerza. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Él apoyó la cabeza en su hombro.
La prótesis seguía en la basura. Él no sabía si al día siguiente se arrepentiría ni si tendría valor para acercarse a otra chica. Quería que lo aceptaran tal como era, pero ¿podría hacerlo él mismo? ¿Cómo dejar de sentirse menos cuando descubría que los demás lo miraban distinto?
Tal vez el primer paso fuera dejar de esconderse, aunque todavía no supiera cómo dejar de centrarse en lo que le faltaba.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
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