Estados Unidos, una elección histórica
Mañana comienza un nuevo capítulo: que hable el electorado.

EPICENTRO
Mañana viviremos un parteaguas en la historia estadounidense. Aun asumiendo sus imprecisiones, las encuestas coinciden en que el Partido Demócrata retomará el control de la Cámara de Representantes. La pregunta será con qué margen. También será interesante observar las cifras finales en algunos distritos que han estado en el filo de la navaja durante años. Si los demócratas logran inclinar la balanza a su favor en esos distritos, el reacomodo podría ser profundo. Si, en efecto, el partido de oposición retoma el control de la Cámara Baja, los últimos dos años de la presidencia de Donald Trump estarán marcados por investigaciones exhaustivas y parálisis legislativa (algo que a Trump no le importará gran cosa, porque nunca le ha interesado gobernar a través de la legislación).
La pieza crucial, y la gran incógnita, de la elección es el Senado. Aquí hay que comenzar con un apunte indispensable: hasta hace algunos meses, parecía casi irracional considerar un escenario en el que los demócratas retomaran la mayoría en la Cámara Alta. Los escaños en juego en esta elección favorecían, en condiciones relativamente normales, al Partido Republicano. Resulta que, al final, estas no han sido condiciones normales. En el escenario más favorable para los demócratas, el partido podría alcanzar una mayoría de 53 escaños, construida a partir de triunfos en bastiones republicanos. Esto podría incluir resultados históricos, como victorias demócratas en Kansas (que no elige un senador de ese partido desde 1932), Alaska, Maine, y Texas, donde ningún demócrata gana una elección al Senado desde 1988.
Si ese escenario finalmente ocurre, el Partido Demócrata se habrá beneficiado, en primer lugar, de la presidencia caótica y cruel de Donald Trump. El electorado estadounidense habrá enviado un mensaje inequívoco de hartazgo.
Pero los demócratas también habrán demostrado una astucia muy particular, que se les había escapado en los últimos tiempos: Habrán elegido candidatos atractivos, capaces de conectar con los votantes específicos de cada distrito o estado. Parece una obviedad, pero no lo es tanto. Ahí está el caso de los aspirantes demócratas en los distritos del sur de Texas, que incluyen al popular cantante Bobby Pulido. O el del propio James Talarico, un hombre joven, apegado de manera disciplinada a un discurso de consenso que salpica con referencias religiosas. En la selección de candidatos demócratas a la Cámara de Representantes sobran ejemplos similares. En lugar de exigir que cada candidato reproduzca la identidad nacional del partido, los demócratas parecen haber recuperado la capacidad de adaptarse a las particularidades culturales y políticas de cada comunidad. Si finalmente han entendido que en estos tiempos importa más el mensajero que el mensaje, tal vez el partido tome decisiones más sensatas rumbo a la elección de 2028.
Es verdad, por otro lado, que la moneda está en el aire. Las encuestas se pueden equivocar. Se han equivocado antes. Pero maticemos: Los errores han tendido a subestimar el voto trumpista… cuando el propio Trump está en la boleta. No es el caso ahora. Las cifras preliminares del voto anticipado sugieren, además, una notable afluencia de votantes pertenecientes a grupos demográficos que, hipotéticamente, deberían beneficiar a los demócratas.
Incluso en un escenario conservador, en el que los demócratas ganen la Cámara de Representantes y se queden al borde de una mayoría en el Senado, el Partido Republicano seguramente entrará en una fase mucho menos parecida a la introspección y mucho más cercana a una lucha a muerte por el control del movimiento trumpista. Una derrota electoral no necesariamente significaría el debilitamiento del trumpismo. Trump podría perder el control del Congreso y, al mismo tiempo, conservar su dominio sobre las bases republicanas. Si los resultados son aún mejores para los demócratas, entonces la figura de Donald Trump enfrentará un ocaso de consecuencias impredecibles, incluido el peor escenario de todos: Que el caudillo no se conforme con desconocer los resultados democráticos e intente impedir que se traduzcan en una nueva mayoría legislativa. Ese camino podría desembocar en una crisis constitucional o algo peor.
Mañana comienza un nuevo capítulo: que hable el electorado.
LEÓN KRAUZE
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