La autocracia se basa en la complicidad
“Por ejemplo el historiador Tácito casi parece anticipar a Georges Orwell al poner de manifiesto lo mucho que se contamina el lenguaje bajo una autocracia
La historia consigna similitudes que se acercan peligrosamente a lo que en sólo ocho años ha consumido a la Nación, esta distorsión política inicia suponiendo que se puede gobernar eludiendo a la realidad con argumentos obsoletos y desde un podio matutino, confundiendo un micrófono con un País e intentando limitarlo a un concepto tan manoseado como “pueblo”, las palabras impostadas no alcanzan para encubrir la descomposición.
En la antigua Roma a pesar de su expansión y protagonismo histórico su incompetencia se fue acumulando, el absolutismo centralista fue una de las causas que precipitó el ocaso, Mary Beard lo explica dándole sentido a aquel declive, todo empieza por el lenguaje con el extravío de algo tan importante como la verdad:
“Por ejemplo el historiador Tácito casi parece anticipar a Georges Orwell al poner de manifiesto lo mucho que se contamina el lenguaje bajo una autocracia, cómo en un régimen de engaños y halagos las palabras ya no significan lo que antes significaban”. (Mary Beard, Clásicos
Sin filtro: El Impacto del Mundo Antiguo, 2026).
Roma, según Beard, creció gracias a su ingenio político no a su fuerza militar, una estrategia de alianzas y acuerdos hicieron de un reino un imperio gigantesco y próspero, cuando esa habilidad se extravió y la metrópoli dejó de tener interlocución política se fue presentando la decadencia.
La dispersión de vastas regiones con mandos propios fue agotando al poder, en consecuencia Roma fue perdiendo relevancia por esta fragmentación y desencadenado guerras civiles, el símbolo del mando fue vaciándose para no representar nada ante las fuerzas que dominaban los territorios. La corrupción desbordada fue minando la confianza ante los ciudadanos romanos ya que todo dependía de un soborno, incluyendo las candidaturas al Senado aunado a trámites cotidianos que anteriormente les habían otorgado cohesión.
A México le sucede algo similar, la corrupción ha invadido todo y el dominio presidencial ya no es factor de unidad sino de división, la colusión con la delincuencia ha fragmentado al País y hoy vivimos guerras intestinas por el control de territorios, Sinaloa y Tamaulipas son un ejemplo, aquella fuerza que resolvía hoy lo entorpece todo, los infundios que la Presidenta emite ante lo que acontece es palpable cada mañana.
Aquel modelo que daba contenido a la autoridad presidencial se ha consumido y en esto ha contribuido la incompetencia y el disimulo ante la descomposición, desde el trafico descomunal de combustible hasta la demolición de la credibilidad del INE por la colonización corruptora del régimen.
Esta relación de hechos históricos no es un ejercicio de nostalgia por imperios o militares, la reflexión de la autora ante la evidencia histórica sirve para evaluar la debilidad democrática y política frente al auge de populismos y líderes autoritarios.
El hundimiento es abismal, la actitud irresponsable es siempre la misma, el antepasado como protagonista del presente caótico y nauseabundo sin asumir que provienen del mismo espíritu en deterioro que se apoderó de México, la vertiginosa decadencia en que se encuentran proyecta a un Gobierno malogrado que transita rumbo al desastre implosionando a diario.
Beard no escatima al repartir la responsabilidad:
“La autocracia se basa en la complicidad. El gobierno de un solo hombre no sobrevive por la violencia, sino porque la gente simplemente baja la cabeza, lo acepta, sigue con su vida y no protesta”.
La velocidad de la decadencia es producto de los peores vicios que emanan de una autocracia y Morena los potencializó, la parálisis confirma la complicidad y contubernio, de la sociedad depende la dimensión de la respuesta y el futuro de nuestro País.
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