Homenaje a Fernando Serrano Migallón
Fernando se convirtió en uno de los historiadores más importantes del exilio español. Demostró cómo la pérdida de ese gran capital humano de España se convirtió en una aportación duradera para la sociedad mexicana.

JUEGOS DE PODER
El otro día alguien me preguntó por qué utilizaba mi columna para recordar a personajes que marcaron mi vida. Le respondí que consideraba una obligación dejar por escrito mi respeto y admiración por esas mujeres y hombres que, desde mi punto de vista, hicieron país, es decir, contribuyeron al desarrollo, bienestar y crecimiento colectivo de México por medio de su trabajo honesto, educación a las futuras generaciones, compromiso cívico y práctica de valores éticos.
A unos días de haberlo hecho con Ulises Beltrán, ahora me toca hacerlo con otro de mis maestros, funcionario probo y ser humano ejemplar, Fernando Serrano Migallón, quien tristemente falleció ayer.
A Serrano también lo conocí en El Colegio de México. Fue mi profesor de Derecho Constitucional y Derecho Administrativo. Más allá de ser un abogado lúcido, tenía una vasta cultura, por lo que sus clases eran un agasajo. Agréguese que era afable y divertido.
Fernando era una de esas personas que iban y venían entre la academia y la administración pública. En este sentido, como maestro tenía un extenso conocimiento teórico que combinaba con valiosa experiencia práctica.
Fue un orgulloso funcionario del Estado mexicano de una moral intachable. Trabajó en el Ejecutivo y Legislativo. Entre sus responsabilidades más destacadas estuvieron la coordinación jurídica del Departamento del Distrito Federal, la dirección del Instituto Nacional del Derecho de Autor, la secretaría del Conaculta, la subsecretaria de Educación Superior de la SEP y la secretaría General de la Cámara de Diputados.
Su gran pasión, sin embargo, fue la UNAM donde se desempeñó como abogado general, director de la Facultad de Derecho y profesor-investigador durante más de cuatro décadas. Se ganó la Medalla Alfonso Caso por sus estudios en Historia.
Recuerdo, todavía, su orgullo cuando lo nombraron profesor emérito de la Facultad de Derecho, aprobado por unanimidad por el Consejo Universitario. Quizá su única frustración puma fue no haber llegado a la Rectoría. Una pena porque hubiera sido un gran rector de la máxima casa de estudios.
Por fortuna, siempre mantuvo una estrecha relación académica e institucional con El Colegio de México donde impartió clases en las licenciaturas. Fue miembro de la Junta de Gobierno de mi Alma Máter.
Como si fuera poco, también resultó ser un autor prolífico, sobre todo de temas de derecho constitucional, historia de México, propiedad intelectual y el exilio español.
Este último asunto nos hermanó. La familia de Fernando llegó a México con el exilio republicano (de ahí su cariño al Colmex, institución que nació de ese evento histórico). La mía arribó huyendo del nazismo. Ambas migraciones compartían la muy sana aversión en contra del fascismo.
Serrano y yo éramos fervientes seguidores del orden republicano. Nos chocaban las monarquías, por más democráticas y constitucionales que fueran. Él tenía en su despacho la bandera de la Segunda República Española. Yo le celebraba los chistes que contaba sobre los Borbones.
Ambos pudimos haber solicitado la nacionalidad española, él como hijo de refugiados durante la Guerra Civil, yo como judío sefaradita. Los dos nos rehusamos a hacerlo por no jurarle lealtad al Rey de España.
¿Ser súbdito de un monarca? Nunca.
Fernando se convirtió en uno de los historiadores más importantes del exilio español. Demostró cómo la pérdida de ese gran capital humano de España se convirtió en una aportación duradera para la sociedad mexicana.
Adoraba a México, el país que generosamente acogió a esos republicanos que nadie quería recibir. Naturalmente admiraba al general Cárdenas al que veía como un héroe; tuvo la fortuna de establecer una amistad con su hijo, Cuautémoc.
Sin embargo, lo que más admiré de Fernando fue su placer por vivir. Todo lo disfrutaba: su trabajo, su esposa (la querida Lucía), la comida, el vino, los viajes, las antigüedades, las largas tardes con amigos. Ayer en su funeral comentaba que fue un “bon vivant”, persona que saborea los placeres de la vida, especialmente la buena comida, la buena compañía y los momentos cotidianos. Alguien, sin embargo, me dijo que este término podría confundirse con alguien medio vago, y vaya que Serrano no lo era. Lo que me queda claro es que era un hombre que disfrutaba los placeres de la vida.
Nadie como él para dar recomendaciones de todo: desde dónde comer la mejor merluza en Vigo hasta dónde comprar los mejores trajes a la medida en Bangkok. “Y diles que vienes de mi parte y que los mando a saludar”, remataba. Por increíble que parezca, todos, absolutamente todos, se acordaban de él y le enviaban saludos de regreso.
Se nos adelantó el buen Fernando quien ya estará disfrutando de lo que sigue a la vida.
LEO ZUCKERMANN
@leozuckermann
Leo Zuckermann es analista político / periodista y conductor de un programa de opinión en televisión.
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