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Taddeigate

La captura comenzó con una tómbola. En 2023, Morena impuso su mayoría en el Comité Técnico de Evaluación y Guadalupe Taddei llegó a la presidencia del INE mediante un sorteo.

Denise Dresser

Era cuestión de tiempo. La corrupción que la 4T prometió barrer terminó instalándose en el árbitro electoral. Licitaciones amañadas, patrimonialismo, discrecionalidad, conflictos de interés, tráfico de influencias, contratos simulados. El catálogo de prácticas que Morena ha normalizado ahora salpica al INE. Un golpe demoledor a una institución cuya credibilidad ya estaba mermada. Nunca -en toda su historia- pese a las acusaciones sistemáticas del obradorismo, habíamos presenciado un escándalo así. El organismo encargado de garantizar elecciones confiables hoy no puede asegurar la limpieza de sus propias contrataciones. El árbitro está salpicado.

La captura comenzó con una tómbola. En 2023, Morena impuso su mayoría en el Comité Técnico de Evaluación y Guadalupe Taddei llegó a la presidencia del INE mediante un sorteo. Maite Azuela, integrante del comité, había advertido que no cumplía con el perfil de imparcialidad y autonomía requerido. Y Taddei pronto mostró sus inclinaciones. Un INE complaciente ante la sobrerrepresentación oficialista, la elección judicial y decisiones que el Tribunal Electoral terminó convalidando. Después vino la llamada Ley Taddei, que le permitió nombrar funcionarios sin consensos. Adiós colegialidad. Bienvenido el presidencialismo electoral.

Y ahora, el Taddeigate. Una red de proveedores consentidos, encabezada por José Alfredo Hernández Casillas, empresario cercanísimo a Taddei. La ASF investiga irregularidades en contratos por 514 millones de pesos, simulación de operaciones, triangulación de recursos, posibles conflictos de interés y empresas factureras. El supuesto chofer de Taddei, Jonathan Navarrete, cobraba 45,765 pesos mensuales mientras representaba legalmente a una empresa proveedora.

Y el romance entre el poder y el dinero tiene imágenes. Latinus exhibe videos del empresario con un hijo de Taddei, brindando con champaña en una suite parisina de lujo. “¡París a tus pies, chamaquito!”, exclama el proveedor. Según los reportajes, habría financiado el viaje.

Fotografías muestran reuniones familiares, cumpleaños, funcionarios agasajados, regalos Bulgari. Incluso otro hijo de Taddei habría habitado una propiedad del empresario. Todo exige esclarecimiento. Porque el INE no es agencia de viajes familiares ni oficina de colocaciones para amigos.

Taddei parece una nueva Rosario Robles. Otra funcionaria atrapada en la confusión entre afectos privados y responsabilidades públicas. Otra historia donde los vínculos sentimentales, reales o atribuidos, suscitan preguntas sobre decisiones institucionales. Como Ana Karenina, mujeres que arriesgan perder todo por confiar en hombres equivocados. Pero aquí no hablamos de literatura ni de corazones rotos. Hablamos de dinero público. Y de cómo estos episodios terminan alimentando prejuicios contra todas las mujeres en el poder.

Taddei creyó que las cosas “se enfriarían” y trató de aferrarse al puesto. Intentó recurrir al manual morenista de supervivencia como Rubén Rocha, Ignacio Ovalle o Fernández Noroña. Resistir el escándalo, negar responsabilidades, apostar al olvido. Confiar en la protección política. O esperar una embajada, como Alejandro Gertz. En la 4T, la impunidad suele ser más duradera que la indignación.

Pero aquí no puede haber sólo una renuncia y después un enfriamiento. Taddei debe ser investigada. La Constitución permite someter a juicio político a la presidencia del INE; cualquier ciudadano puede presentar una denuncia sustentada ante la Cámara de Diputados y yo lo haré. Morena cuenta con los votos para enjuiciarla. Además Sheinbaum tiene la oportunidad para reparar parte del daño que el obradorismo le ha infligido al INE. Impulsando una investigación independiente y promoviendo un relevo consensado, encabezado por alguien con prestigio, autonomía e integridad probada. No otro leal. No otro subordinado. No otro cómplice.

El riesgo es que Morena aproveche el Taddeigate para hacer exactamente lo contrario: utilizar la corrupción que toleró como pretexto para profundizar la captura del árbitro electoral. Primero lo debilitaron. Después lo colonizaron. Ahora podrían terminar de someterlo. Porque cuando el árbitro está comprado, capturado o comprometido, las elecciones se convierten en una simulación. Y eso es lo que está en juego: No solamente la cabeza de Guadalupe Taddei, sino el corazón de nuestro derecho a votar limpiamente.

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