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Por miedo a sufrir, dejé de vivir

Cuánto de su vida estaba dispuesta a dejar de vivir para asegurarse de que nadie la lastimara.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

“¿Cómo encontrar un amor que no me engañe y que no me haga sufrir?”, se preguntaba Lina entre lágrimas, mientras el autobús la llevaba de regreso a casa. Acababa de despedirse de Pablo y sentía que otra vez terminaba en el mismo lugar: Sola, agotada, preguntándose por qué algo que empezaba tan bien podía doler tanto.

Tenía 25 años y ya desconfiaba del amor. Había sido la alumna ejemplar, la abanderada, la hija que hacía todo lo que se esperaba de ella. Pero, cuando faltaba un año para casarse con su novio, se enamoró de un profesor 20 años mayor, casado y con tres hijos. Durante dos años sostuvo las dos relaciones, dividida entre el deseo, la culpa y las promesas de un futuro que nunca llegaba.

Cuando consiguió separarse de ambos, creyó que lo más difícil había quedado atrás. Después conoció a Pablo y volvió a ilusionarse. Sin embargo, los 500 kilómetros que los separaban fueron pesando cada vez más: Los viajes se volvieron agotadores; las llamadas, una obligación. Hasta que llegó aquella despedida y el viaje de regreso en el que empezó a preguntarse cómo hacer para no volver a pasar por lo mismo.

Entonces recordó a Victoria, una amiga de la infancia que se había hecho monja de clausura. Siempre la veía alegre, serena, confiada. ¿Y si allí estaba la respuesta? Lina había probado el amor de pareja y conocía sus peligros. La vida de su amiga parecía ofrecerle algo que ella deseaba con desesperación: Paz.

Sus padres intentaron disuadirla. Les costaba entender aquella decisión, tomada en pocas semanas. ¿Por qué tenía que ser de clausura? ¿No podía buscar otro camino? Pero Lina estaba convencida. Seis meses después ingresó al convento con una determinación conocida: Así como había sido una alumna ejemplar, ahora sería la mejor monja, la más entregada, la más santa.

La directora tardó poco en advertir que su sensualidad seguía presente.

“Menos mal que elegiste ser monja, querida, si no hubieras sido pu…”.

Lina recibió la frase como un halago. Le parecía que la intensidad de sus deseos hacía todavía más valiosa su renuncia. En aquel momento no podía reconocer cuánto miedo había detrás de su decisión. Entregarse a Jesús le ofrecía la promesa de ese amor que había buscado durante el viaje en autobús: alguien que nunca la engañaría ni le traería problemas.

Durante más de 15 años se destacó dentro de la congregación. A los 40 llegó a ser la directora más joven del convento. Había alcanzado un lugar de reconocimiento, pero desde allí empezó a ver situaciones que la perturbaban: Manipulación emocional, vínculos atravesados por la necesidad de afecto, dificultades para encontrar cercanía dentro de una vida llena de restricciones. También empezó a reconocer sus propias contradicciones.

Pensó en irse. Y descubrió que ni siquiera sabía con quién hablarlo. Temía que sus compañeras la juzgaran; le costaba confiar esa duda a un confesor que pertenecía a la misma institución. Había construido su vida alrededor de aquella elección. Abandonarla la enfrentaba a una pregunta que le resultaba insoportable: ¿Y si se había equivocado?

Pasó noches llorando, sin poder dormir. Le preocupaba lo que dirían sus padres, sus compañeras, quienes la habían visto tomar los hábitos. Pero había una mirada que pesaba más que todas: La suya. ¿Cómo iba a explicarse que después de tantos años quisiera marcharse? Mientras tanto, la certeza de que ya no deseaba seguir allí se volvía más difícil de ignorar.

Finalmente después de otros trece años se fue. Hoy, a los 60 años, no considera que haya desperdiciado su vida. Puede mirar con más compasión a la joven que llegó al convento buscando refugio, aunque entonces lo llamara de otra manera. Había hecho lo que pudo con un dolor que no sabía cómo manejar.

Tres años después de dejar los hábitos se enamoró de un hombre divorciado, de 62 años. Él tenía su historia y ella, la suya. La relación no se parecía a la vida que había imaginado a los 25 y hoy es lo más hermoso que tiene. Eso no borra lo anterior ni convierte el camino recorrido en una equivocación.

En aquel autobús, Lina se había preguntado cómo encontrar un amor que no la hiciera sufrir. Necesitó muchos años para poder hacerse otra pregunta: Cuánto de su vida estaba dispuesta a dejar de vivir para asegurarse de que nadie la lastimara.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/juantonelli

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