Inveterada impunidad
En nuestra mentalidad justiciera asumimos que aquella acción humana que lastime o perturbe a una persona o a su patrimonio, merece que quien la hizo la pague, cuanto más si el daño es grave, permanente o mortal.

En nuestra mentalidad justiciera asumimos que aquella acción humana que lastime o perturbe a una persona o a su patrimonio, merece que quien la hizo la pague, cuanto más si el daño es grave, permanente o mortal.
Pero ¿siempre hemos pensado así, incluso desde los comienzos del ser humano en el mundo?
El planteamiento de esta incógnita me saltó al enterarme, a través de un artículo publicado antier en Nautilus, que en el yacimiento arqueológico de la cueva de Shanidar, ubicado en el Kurdistán iraquí, se encontró enterrada bajo una capa de roca de unos 8 metros de espesor la escápula u omóplato izquierdo (ese hueso plano, delgadito y triangular de la espalda que por acá le llamamos “la paleta”) que perteneció a un neandertal de unos 45 años de edad, que habitó allí hace aproximadamente 75 mil años y con la peculiaridad de tener un orificio circular con diámetro algo mayor de un centímetro (foto adjunta) que ha llevado a los arqueólogos a presumir que corresponde a una herida punzante y penetrante por lanza ya que el orificio corresponde a la modalidad de lesión por lanza en neandertales de otros sitios, como en el Reino Unido. No habría manera de suponer una penetración por objeto de piedra pues esta dejaría una huella más bien triangular y no circular. Un estudio cuidadoso efectuado por el equipo de investigadores forenses del caso, valiéndose de modelos digitales en tercera dimensión, ha concluido que la entrada de la lanza fue por delante y con puntería tal para penetrar el corazón y el pulmón izquierdo, suficiente para explicar la lesión como causa de la muerte.
Además, se ha documentado que los neandertales utilizaron la lanza como arma para cacería y que eran más musculosos y por ello quizás más fuertes que los de primitivos de nuestra especie -homo sapiens-. Aquéllos trabajaban bien la madera y tendrían la fuerza necesaria para que una lanza firme y puntiaguda atravesara el tórax.
Los forenses han manifestado que las características del daño caben dentro de un ataque intencionalmente mortal, un asesinato.
El ofensor podría haber sido un neandertal o un individuo ya de nuestra especie pues aunque los neandertales nos precedieron en la línea de la evolución, hay hallazgos que muestran que ellos llegaron a coexistir con nosotros y que incluso hubo cruce reproductivo entre ambas especies lo que explica que los humanos actuales de origen no africano tenemos entre el 1 y el 4% de nuestro ADN de origen neandertal.
Si este hubiese sido el caso de un homicidio intencional criminal, un verdadero asesinato, uno puede entonces elucubrar sobre el posible motivo y sobre todo si en aquellas circunstancias prehistóricas habría castigo para el ofensor. Me imagino que no hay una certeza sobre si hace 75 mil años habría ya algo equivalente a un código penal o una forma de deliberar sobre la existencia o no de un crimen, es más, uno puede suponer que en aquel primitivo no había ni siquiera juicios.
Además ¿acaso podría existir culpa moral en un neandertal? Buscándole por ahí, encuentro un sitio llamado “Sinc” que menciona antropólogos que sí identifican manifestaciones de conciencia moral en los neandertales, uno de ellos es Clive Gamble y dice que los neandertales sentían miedo, enojo, alegría, felicidad y algunas emociones como la culpa y la compasión.
Y hay otros que también coinciden en la compasión. Pero Simon Underdown, antropólogo harvardiano, va mucho más lejos pues sostiene que hace un millón de años, el Homo erectus tenía ya emociones similares.
La cuestión a la que alude el título de esta columna es si aquellos lejanísimos ancestros nuestros, que quizás tenían ya conciencia moral y sabrían o sentirían si hicieron algo malo, también intencionalmente escaparon -o los dejaron escapar- de reparar el daño. ¿Será que la impunidad también viene en el ADN? Por lo que se ve, en algunos lugares sí.
Jesús Canale
Médico cardiólogo por la UNAM.
Maestría en Bioética.
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