No sabía que mi amor podía hacer tanto daño
¿Cómo iba Flor a ser ella misma? ¿Cómo iba a vivir con libertad?

Historias demasiado humanas
“Yo no quiero que mi hija desaparezca”, me dijo mi amiga entre lágrimas.
Flor, su hija, tenía 22 años, medía un metro 70 y pesaba 40 kilos. Su cuerpo se iba desintegrando delante de los ojos de su madre: Brazos como dos sogas colgando de un tronco, piernas de garza, sin glúteos, ninguna carne que amortiguara el apoyo sobre los huesos. Por eso no resistía estar sentada mucho tiempo, aunque lo negara.
Seguía jugando al hockey, pero su nivel era inevitablemente malo. Sin músculos, no tenía velocidad ni fuerza. Desesperada por ayudarla y como Flor se negaba a ir a un terapeuta, su madre decidió ir ella sola. Esperaba encontrar una manera de atenderla y curarla, pero en el primer encuentro el especialista le explicó, con delicadeza, que los trastornos alimenticios tienen raíces afectivas, muchas de ellas vinculadas con la relación con la madre.
Necesitó pocas sesiones para empezar a comprender que sus esfuerzos por cuidar a Flor habían sido contraproducentes. Una tarde, incapaz de soportar la impotencia, le dijo al terapeuta:
“Siento que es como una vela que se está apagando”.
“Como si le faltara oxígeno”, respondió él. “¿Y en qué lugar está esa vela que no tiene oxígeno para arder normalmente?”.
No se animó a pensar la respuesta. Intuía que algo de la enfermedad de Flor tenía que ver con ella. ¿Era posible que estuviera destruyendo lo que más amaba?
En las sesiones siguientes apareció una verdad dolorosa: Su sobreprotección asfixiaba a su hija. No la dejaba cometer sus propios errores ni vivir su propia vida. Por querer evitarle sufrimientos, se los estaba causando.
Todo había sucedido de manera sutil, invisible y contundente. Pero cuando empezó a tomar conciencia, algo cambió. Primero muy lentamente, y Flor comenzó a mejorar.
Hasta que llegó una pregunta que terminó de poner el problema sobre la mesa:
¿Por qué necesita cuidar tanto a una mujer de 22 años? ¿Qué tiene miedo que le pase?
Ella sabía la respuesta. Su miedo era que abusaran sexualmente de Flor. Como le había pasado a ella cuando tenía 6 años, y su madre empezó a dejarla al cuidado de su hermano para ir a trabajar. Ese tío abusó de ella durante años. Su propio tío.
El trauma marcó toda su vida. Nunca pudo contárselo a sus padres porque el tío la manipulaba y amenazaba. Poco a poco se convirtió en una persona introvertida, distante, temerosa y apagada.
A los 18 años, por suerte, pudo hablarlo con su primer y único novio, el padre de Flor. Está convencida de que contárselo le salvó la vida.
Cuando quedó embarazada, tomó una decisión: Ya no iba a trabajar. Sólo ella cuidaría a su hija, nadie más. Y si alguna vez tenía que dejarla unas horas con alguien, sería única y exclusivamente con una mujer.
Así transcurrió la vida de ambas, marcada a fuego por el pánico materno a que Flor sufriera lo mismo que ella. La protegió de ese peligro durante toda su infancia, su adolescencia y su adultez, sin que Flor supiera de dónde venía tanta vigilancia.
Hasta que comprendió que sus propios traumas la estaban matando silenciosamente. ¿Cómo iba Flor a ser ella misma? ¿Cómo iba a vivir con libertad? ¿Cómo podía tener una relación, enamorarse, tener sexo con un novio? ¿Cómo no iba a querer desaparecer?
Entonces apareció en su cabeza aquella palabra japonesa: Johatsu, “los evaporados”.
Son personas exhaustas de las presiones laborales, familiares y sociales que, de la noche a la mañana, desaparecen sin dejar rastro.
Dejan atrás su historia, sus afectos, sus cargos, sus casas, incluso a sus hijos, hermanos y padres, para empezar de cero en un lugar donde nadie los conozca y donde no tengan mayores exigencias. Pueden abandonar un departamento de lujo para vivir en un monoambiente y trabajar en un McDonald’s.
Es una forma dolorosa de elegir la paz. Ella no quería eso para Flor. No quería perderla. Comprendió que tenía que contarle lo que le había pasado. Explicarle de dónde venía su miedo. Compartir con ella las razones de su deformación. Pedirle perdón. Llorar juntas. Abrazarse.
Dar vuelta la historia. Y volver a la vida.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
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