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La Presidenta y la evolución de su pensamiento político

Sheinbaum Pardo, a partir de su relación con López Obrador, quien va a convertirse en su mentor y líder, abandona las posiciones de izquierda de sus años de juventud, y asume la concepción del nacionalismo revolucionario

Rubén Aguilar

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo participó en el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) durante el movimiento estudiantil de 1986-1987 en la UNAM, en 1986 se relaciona con Carlos Ímaz Gispert, uno de sus dirigentes, con quien se casa por lo civil en 1987.

En sus años en la Facultad de Ciencias de la UNAM, milita en el colectivo político que publicaba la revista Punto Crítico, un espacio de análisis y oposición de izquierda, cuyo principal promotor fue Raúl Álvarez Garín, líder del Movimiento Estudiantil de 1968.

A partir de 1989, junto con su pareja, de quien se divorcia en 2016, ingresa a militar al Partido de la Revolución Democrática (PRD), que abandona en 2014, para irse al partido Morena que en 2011 López Obrador, funda como movimiento político y en 2014 como partido.

En 2000, a través de José Barberán, amigo de la madre de Sheinbaum Pardo, conoce a López Obrador, también del PRD, que antes, por catorce años había militado en el PRI, y había sido su presidente en el Estado de Tabasco, donde escribe el himno del partido. Él se forma en el viejo nacionalismo revolucionario priista, ingresa al partido en la época del presidente Luis Echeverría, y siempre ha demostrado ser fiel a este pensamiento.

López Obrador, con el PRD, gana la jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, e invita a Sheinbaum Pardo, a incorporarse a su Gobierno como secretaria de Medio Ambiente para el periodo 2000-2006, que marca el inicio de su cercanía política con este, y el inicio del proceso de cambio de su concepción y pensamiento político.

Sheinbaum Pardo, a partir de su relación con López Obrador, quien va a convertirse en su mentor y líder, abandona las posiciones de izquierda de sus años de juventud, y asume la concepción del nacionalismo revolucionario del PRI, que llega al Gobierno cuando gana la jefatura del Distrito Federal, Cuauhtémoc Cárdenas y continúa con López Obrador.

El nacionalismo revolucionario, estatista y centralista, del viejo PRI, sostiene, entre otras cosas: La intervención y rectoría económica del Estado que controla las áreas estratégicas de la economía, como las energías, y promueve la creación y el sostenimiento de empresas paraestatales. Sostiene el presidencialismo centralista fuerte y duro, donde el jefe del Ejecutivo controla a los otros poderes del Estado, y no admite nada que le haga contrapeso y limite su poder.

El Gobierno impulsa un relato cultural basado en el indigenismo y una historia patria oficialista, lejos de la realidad, que utiliza, venga o no al caso, el discurso del nacionalismo y la soberanía nacional. Es también fundamental el corporativismo, que implica el control y sometimiento de todo tipo de organizaciones ciudadanas, y del pueblo del que se asume su único representante.

El nacionalismo revolucionario, estatista y centrista, plantea también poner límites a la libertad de expresión, y presionar y perseguir a periodistas y medios críticos e independientes, de maneras muy diversas, que van de cambios a las leyes, para cerrar los espacios de libertad, a la cárcel. Este conjunto de elementos, entre otros, son los que ahora integran el pensamiento político de la Presidenta, y a partir de este, gobierna y articula sus discursos.

Rubén Aguilar Valenzuela

@RubenAguilar

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