No se olvida
Ayer fue 2 de octubre. Una fecha que muchos tenemos tatuada en la memoria y la vida. Los que éramos estudiantes en ese 1968, habíamos seguido el conflicto...

Batarete
Ayer fue 2 de octubre. Una fecha que muchos tenemos tatuada en la memoria y la vida. Los que éramos estudiantes en ese 1968, habíamos seguido el conflicto que se desató aquel verano entre el régimen de Gustavo Díaz Ordaz y una parte de los estudiantes universitarios de todo el País.
Yo estudiaba en Guadalajara, y teníamos amigos y conocidos que se habían trasladado a la capital a continuar sus estudios. Uno de ellos no dejaba de visitarnos y enterarnos de los sucesos y las inquietudes que despertaban entre la juventud aquella. Él era parte del Consejo Nacional de Huelga y estaba bien enterado de lo que sucedía. Gracias a él estuvimos pendientes y también informados.
Tuve la oportunidad de pasar una parte de aquel verano trabajando en una industria al Norte de la ciudad de México. Me trasladaba en camión hasta un parque industrial, ahí checaba tarjeta y estuve aprendiendo y haciendo amigos.
Dedicaba los sábados a recorrer puntos interesantes de la ciudad. Caminé toda Reforma y muchas partes centro; me fascinó el Museo de Antropología y volví varias veces; lo mismo con el Museo de Arte Moderno y el Castillo de Chapultepec.
Con los amigos de la casa donde me hospedaba platicaba sobre las inquietudes que compartían estudiantes de escuelas y universidades. No estábamos contentos con el Gobierno de Días Ordaz. Yo retorné a Guadalajara a mediados del mes de julio y unos días después, el 20 de julio, una zacapela en el Zócalo fue duramente reprimida por una brigada de granaderos que los siguieron hasta el antiguo Colegio de San Idelfonso, una joya de la Colonia, que desde siempre fue institución educativa. Los represores pretendían hostigar y golpear a los estudiantes, y como no pudieron abrir aquel imponente portón, decidieron destrozarlo con una bazuca para poder descargar una ira mucho tiempo contenida sobre aquel tropel juvenil que sus jefes llamaban rebeldes, comunistas, alborotadores y agentes del extranjero.
Ese fue un punto de inflexión para el movimiento. Siguieron las protestas y las brigadas que iban a los barrios a hablar con la gente y explicar sus demandas y lo justo de su movimiento. Después se organizó la marcha del silencio: Unas 300,000 personas caminaron en perfecto mutismo desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo el 13 de septiembre de 1968. Ya no fueron sólo estudiantes: Iban parientes, amas de casa, obreros y trabajadores solidarios de muchísimos barrios de la capital. Ese evento debe haber helado las venas del Presidente y funcionarios, preocupados por quedar bien con el mundo porque las primeras Olimpiadas en América Latina se inauguraban el 12 de octubre siguiente.
Fue entonces que se convocó a una gran concentración de protesta en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, el miércoles 2 de octubre siguiente. Los estudiantes se organizaron mientras en los pasillos del régimen planeaban un escarmiento brutal.
Ese día se reunió una multitud en aquella plaza. Hasta ahí llegaron elementos del ejército, del Batallón Olimpia, formado por paramilitares encubiertos que dispararon contra la multitud desde los edificios cercanos, y elementos de la dirección federal de seguridad y de la Policía del Distrito Federal. La plaza estaba rodeada.
Cuando había más de 10,000 personas escuchando pacíficamente a los oradores, unas luces de bengala surcaron el cielo, y las fuerzas represivas comenzaron a disparar contra la multitud. Aquello fue el caos: La gente corría hacia las salidas donde se encontraban con individuos que disparaban indiscriminadamente contra ellos.
Fueron muchos muertos: El Gobierno sólo reconoció 34; los recuentos serios afirman que pasaron de 500. Otros hablan de cientos más. En camiones de carga apilaron cadáveres y los fueron a desaparecer. La Plaza quedó ensangrentada; a la mañana siguiente empleados del Distrito Federal limpiaron escrupulosamente el lugar, pues en 10 días el Presidente debía inaugurar las Olimpiadas.
La mañana del 3 de octubre, en el desayuno, nos enteramos por la radio de la matanza.
No se olvida.
Ernesto Camou Healy
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