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Filosofía y sicología del odio

¿Será posible que alguna vez algún filósofo -filósofo de verdad- haya pensado en serio y a profundidad sobre el odio?

Jesús Canale

¿Será posible que alguna vez algún filósofo -filósofo de verdad- haya pensado en serio y a profundidad sobre el odio? Max Scheler y otros fenomenólogos al igual que él reflexionaron a fondo sobre este sentimiento humano y llegaron a entender mejor el odio al contraponerlo contra el amor, algo así como decir que en tanto que el amor permite apreciar el valor de una persona, el odio ofusca al sujeto y devalúa o desprecia al otro haciéndolo solo un símbolo merecedor de total rechazo.

Muchos siglos antes, siguiendo al maestro Aristóteles, otros filósofos de la época dedujeron que el odio no tiene por objeto obtener algún beneficio o remediar algún daño sino llegar a desaparecer o aniquilar a la persona odiada.

Pensado a profundidad el odio -han dicho- es la dura e intensa convicción de que la persona odiada es indigna, poca cosa o esencialmente mala.

Para entendernos mejor, hoy diremos que el odio no es un simple enojo o ira pues estos son pasajeros y además pretenden responder a una ofensa mientras que el odio es una aversión fría, duradera, persistente y hasta permanente que corroe como un veneno al sujeto que lo padece y fija su identidad en la actitud de oponerse intensamente a la persona odiada.

Desde la perspectiva sicológica, el análisis del odio no difiere mucho de la versión de los filósofos y puede anotarse que el odio es un estado emocional profundo, duradero y complejo de rechazo y hostilidad hacia una persona o grupo el cual se asocia con el deseo de dañarlo, excluirlo o destruirlo (El Prado, Psicólogos, 6 de febrero de 2026).

En un sitio de periodismo de reflexión (“The Conversation”, 11 de noviembre de 2020) se escribe que “el odio es una emoción humana que consiste en desear causar mal, como verdadero mal, a una persona o un género de personas… el odio tiende a ser permanente y frío y podría tener como causa la ira que crece hasta el odio, la envidia, el resentimiento o el asco”. A propósito del hecho ocurrido el pasado miércoles a raíz de la protesta de un grupo de extrabajadores de la extinta empresa Luz y Fuerza del Centro con motivo de una conferencia que el ex presidente Felipe Calderón ofrecía en el Foro América Libre en un hotel sobre la avenida Reforma de la CDMX, el contingente que de allí se trasladó a Los Pinos donde decapitaron y orinaron la estatua del ex Presidente y después patearon como pelota de juego la amputada cabeza de metal.

El hecho fue comentado en los medios con palabras de rechazo o repulsión aunque, especialmente en las redes sociales, se anotaron expresiones de júbilo y festejo hacia el hecho.

Queda muy manifiesta la polarización que en este asunto como en tantos otros es creciente en nuestro País, sin desconocer el atractivo que esta ejerce sobre la violencia contra personas y sus bienes.

A este respecto sobresale un fragmento sobre manipulación política en el citado texto de The Conversation: “En la esfera sociopolítica, teóricos como Carlos Thiebaut señalan que los odios públicos se alimentan de la polarización entre identidad y alteridad, volviéndose herramientas de movilización masiva o coartadas para la exclusión” que, a buen entender, señala cómo responden a veces la turbamulta y las masas cuando fueron alimentadas con odio y habiéndoles sembrado una efectiva coartada que sugiera y sobre todo justifique actuar con violencia la que, aunque sea sobre objetos -banderas nacionales, emblemas, imágenes, estatuas y más- no deja de tratarse de los primeros y tímidos pasos para luego evolucionar a formas más “emocionantes y placenteras” de violencia.

Los grandes, como Pol Pot, Hitler, Stalin y tantos otros narcisos menos grandes, aprovecharon el odio de los manipulados para crecerse, triunfar y luego destruir.

Es mera cuestión de tiempo el ir de menos a más.

Jesús Canale

jesus.canale@gmail.com

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.