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Amílcar Olán y el maldito capitalismo de cuates

Gobiernos van, gobiernos vienen, y en México no podemos superar la maldita costumbre del capitalismo de cuates.

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Los lectores de esta columna saben que soy defensor de la economía de mercado. Creo que el éxito empresarial debe venir de competir, innovar o producir eficientemente. Pero también saben que me choca el “capitalismo de cuates” donde las ganancias económicas derivan de mantener buenas relaciones con quienes ejercen el poder político.

A lo largo de mi vida me ha tocado ver la prevalencia del maldito capitalismo de cuates en México, independientemente de las ideologías de sus gobernantes. Ha sido una constante en gobiernos nacionalistas-revolucionarios, neoliberales o humanistas, como se autodefinen los que hoy están en el poder.

En el México en el que he vivido, por fortuna nunca ha desaparecido la propiedad privada ni las empresas, pero el Estado sí ha alterado la competencia económica mediante concesiones, contratos, regulaciones, subsidios, permisos, protección frente a competidores o acceso privilegiado a recursos públicos.

Muchos de los grandes capitales, viejos o nuevos, vienen de “empresarios” (sí, entre comillas) políticamente bien conectados. Oportunistas que han invertido más en relaciones políticas que en productividad. Individuos que consiguen jugosas rentas del Estado a cambio de proporcionar apoyo político, financiamiento, influencia o simplemente formar parte de una red de intereses mutuamente beneficiosa. Algunos francamente han funcionado como simples testaferros de políticos que ocupan un cargo público.

El capitalismo de cuates distorsiona el verdadero capitalismo. En un mercado competitivo, una empresa gana porque ofrece mejores productos, precios o tecnología; En el de cuates, ganan los que tiene las mejores conexiones políticas. Esto limita la competencia, eleva precios, salvaguarda a empresas ineficientes y, desde luego, genera corrupción que paga la sociedad.

Además, la connivencia del poder económico con el político hace que los gobernantes no defiendan el interés general sino el de sus socios empresariales.

Durante el Gobierno de Peña, mientras se aprobaban políticas públicas orientadas a fortalecer la economía de mercado, el capitalismo de cuates seguía vivo. Grupo Higa, propiedad de Juan Armando Hinojosa, obtuvo numerosos contratos públicos durante la trayectoria de Peña en el Estado de México y luego en el Gobierno federal. A cambio, esta empresa le regaló una lujosa mansión (la “Casa Blanca”) a la pareja presidencial. Al entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, le financió otra casa en el Club de Golf Malinalco con una tasa muy por debajo del mercado.

En ese entonces, desde la oposición, López Obrador hablaba de la existencia de una “mafia del poder” en México, de la necesidad de purificar la vida pública del País y separar al poder económico del político. Tenía razón.

Pero, como he dicho varias veces, se trataba de un embuste.

Lo que logró en su sexenio fue cambiar a la mafia del poder. Aparecieron nuevos “empresarios” que se hicieron ricos de la noche a la mañana gracias a sus conexiones con el Gobierno, en particular con alguno de los hijos del Presidente.

Si Hinojosa fue el paradigma del capitalismo de cuates durante el sexenio de Peña, Jorge Amílcar Olán Aparicio fue el del sexenio de AMLO.

Antes del 2018 era un pequeño empresario que comercializaba pisos, azulejos y muebles de baño en Tabasco. A partir de que tomó posesión López Obrador como Presidente, su fortuna cambió. Amigo de dos de los hijos del Presidente, Andy y Boby, Olán se convirtió en un rey Midas de los negocios.

Obtuvo contratos para medicamentos y material médico en Tabasco y Quintana Roo financiados con recursos gubernamentales. Constituyó una empresa de energía, equipos y seguridad industrial para venderle al Gobierno. Fundó una corporación para construir infraestructura. Le entró al negocio de producción y suministro de piedra triturada para las vías ferroviarias que construyó la administración pasada.

Muy vivo, también participó en la importación de combustibles donde había un negocio enorme en el contrabando para no pagar los impuestos al Estado. Asimismo, adquirió terrenos próximos a la refinería que se edificaría en Dos Bocas que a la postre serían arrendados para actividades relacionadas con su construcción.

También fundó una empresa inmobiliaria en Paraíso, Tabasco, que desarrollaría cientos de casas, departamentos y áreas comerciales. Habría obtenido ingresos arrendándole propiedades al Poder Judicial de la Federación.

En síntesis, de ser un pequeño empresario local, se convirtió en un gran capitalista nacional. La suerte de ser el cuate de los hijos del presidente López Obrador.

Gobiernos van, gobiernos vienen, y en México no podemos superar la maldita costumbre del capitalismo de cuates.

Leo Zuckermann

X: @leozuckermann