Creía que si fracasaba iba a decepcionar a todos
Lo que realmente necesitamos no son los aplausos ni la glorificación en el triunfo, sino la certeza de la presencia

A la cancha no entró acompañada por su familia ni una sola vez, salvo en una única e incipiente final que terminó perdiendo. Durante toda su carrera deportiva, ella jugó completamente sola. ¿Dónde estaba escrito que la familia no podía verla perder? Nunca lo supo y, lo que es peor, no recuerda que se lo hayan dicho, pero en la dinámica familiar existía una norma implícita que le impedía invitar a sus familiares a que la vieran jugar.
Exponerse al riesgo de ser vista en la derrota era un mal trago que prefería evitarles a todos. Si sus padres no estaban en las tribunas, ella estaba más tranquila: Menos presión, más tranquilidad. Se instauró así un pacto tácito: Si ganaba, les compartía el resultado para que se alegraran; si perdía, les ahorraba el trago amargo. Pocas preguntas de un lado, muy pocas historias del otro. Se convirtieron en verdaderos socios del silencio.
Al mirar hacia atrás, queda el registro de cientos de partidos disputados donde, a pesar de que la gran mayoría terminaron en victoria, la constante fue la soledad. Las alegrías se compartieron entre unas pocas amigas genuinas y una multitud de oportunistas.
Hoy hace el cálculo y descubre con dolor que si sus padres hubiesen asistido a sus encuentros, habrían presenciado infinidad de victorias y pocas derrotas. Sin embargo, la pregunta importante es otra: ¿Tan intolerable habría sido dejar ver la propia fragilidad?
Sus padres le concedieron una libertad inmensa, y poca presencia, un nivel de acompañamiento casi nulo. Habría bastado con que preguntaran si podían ir a verla, o con que le enseñaran que un marcador no modificaba en nada el afecto, y que lo único valioso era caminar juntos. No ocurrió.
Probablemente ellos luchaban contra sus propios fantasmas, temerosos de exponerse o de exponerla, intentando ahorrarle un dolor que con su ausencia, sólo terminaron potenciando. Al final, todos resultaron ser un poco analfabetos emocionales.
Esa soledad convirtió cada éxito en una paradoja. En la cima, cuando todo salía bien, la soledad persistía; y cuando las cosas salían mal, la sensación era la de no valer nada. Peor aún, cada triunfo aumentaba la angustia por la exigencia de sostener el nivel. Detrás del brillo de una carrera exitosa se escondía una obligación invisible y terrible: La necesidad absoluta de ganar para ser vista, para sentirse querida, valorada.
Los logros deportivos se transformaron en cartas de amor enviadas al viento, en una moneda de cambio para acumular victorias en soledad con las cuales comprar una atención y un afecto que los percibía como sujetos a que ella fuera exitosa. El objetivo familiar siempre estuvo puesto en el resultado y no en el proceso; mucho menos en compartir el recorrido.
Al final del camino, la victoria solitaria pierde todo su valor cuando no hay alguien para sostener en la caída. Como dijo Marcelo Bielsa, director técnico de futbol: “Necesito que me quieran para poder ganar, no que me quieran porque gané”.
Lo que realmente necesitamos no son los aplausos ni la glorificación en el triunfo, sino la certeza de la presencia: Festejar con la copa en alto o compartir una pizza en un bar cualquiera tras la derrota, sabiendo que el cariño permanece intacto.
Al recordar aquellos tiempos, hoy se pregunta si acaso el amor que no soporta la fragilidad es amor. Hoy le queda la convicción de querer vivir menos sola, de poder romperse sin que los demás salgan corriendo, y de saberse amada incluso cuando no se gana.
Sobre todo cuando no se gana. Porque al final, para ella y para todos, por encima del resultado y del proceso, lo único que importa es la compañía.
JUAN TONELLI
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
www.youtube. com/ juantonelli
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