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“Me cansé de vivir enojado con la vida”

Tal vez la paz no llega cuando todo encaja. Tal vez llega cuando uno deja de rechazar la realidad.

Juan Tonelli

HISTORIAS DEMASIADO HUMANAS

—¿Qué le pedirías a tu madre?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Ocurrió cerca del final de una sesión con la terapeuta de su madre y, mientras buscaba una respuesta, algo dentro de él se desbordó.

Hacía seis meses que su madre había comenzado terapia, a los sesenta y siete años. A él le dio alegría la noticia. Ella decía que ningún terapeuta podía ayudarla porque todos tenían vidas desastrosas: Divorcios, problemas de dinero, amantes o hijos complicados. Sus juicios siempre fueron despiadados y sólo alguien perfecto tenía derecho a guiar a otros, como si vivir no fuera, justamente, aprender a lidiar con todo eso.

Él nunca supo si su madre pensaba eso de verdad o si sólo era un pretexto para no mirar hacia adentro. Después de todo, a nadie le gusta asomarse a sus propias zonas oscuras. ¿Pero ignorarlas resuelve algo?

Meses después de iniciar el proceso, ella le contó que la analista había propuesto reunirse con el esposo y con cada uno de los hijos. Aceptó sin dudar: Quería acompañarla y, además, la relación entre ambos venía sumando demasiados desencuentros.

El día de la cita, su madre lo llamó dos horas antes para sugerir que la suspendieran, argumentando que no quería cargarlo porque seguro tenía muchos compromisos de trabajo. Resultaba difícil saber si era por pura consideración o en realidad, por temor a lo que pudiera surgir en la sesión. Él le confirmó que iría, entusiasmado por compartir ese espacio de diálogo conjunto, ayudados por un tercero.

La terapeuta había preparado a la paciente para escuchar sin defenderse, buscando conocer otra versión de la historia sin interrupciones. Por su parte, la única premisa fue evitar que la conversación se convirtiera en un pase de facturas y hablar de los problemas con calma.

Hasta que llegó la última pregunta. —¿Qué le pedirías a tu madre? Mientras pensaba qué contestar, las emociones lo desbordaron. Se le cerró la garganta y, al borde del llanto, apenas pudo pronunciar una palabra:

—Paz.

Eso fue todo.

El silencio posterior fue impresionante. Con la vista nublada por las lágrimas, notó que tanto su madre como la terapeuta estaban profundamente conmovidas. Tras unos minutos de sagrado silencio, la sicóloga se puso de pie, les agradeció y los despidió con calidez.

Él atravesaba entonces una crisis personal que potenciaba su sensibilidad, pero era cierto que si algo le faltaba a esa relación era paz. ¿Y cómo podía existir si ella misma no la conocía? Su madre había tenido una infancia dura con una madre hostil, rígida y seca, incapaz de sonreír, abrazar o jugar.

Él recordó un estudio sobre dos factores que obstaculizan el desarrollo emocional infantil: Sentir que el hogar no es tierra firme y la exposición a los gritos. En su caso, aunque hubo tierra firme, los continuos desencuentros de sus padres llenaron la casa de gritos, dejándole la sensación de que la familia podía estallar en cualquier momento. A eso se sumaba el peso de la insatisfacción y el desborde emocional de su madre.

Diez años después de aquella sesión, él estaba en su propia terapia hablando de su dificultad para ser feliz. Su terapeuta lo escuchó con paciencia y soltó una frase que lo frenó en seco:

—No vinimos a esta vida a ser felices, sino a vivir en paz. La felicidad es vivir en paz.

Después de escuchar esas palabras, él se acomodó en el sillón y quedó flojo, como si hubiera tomado tres gin tonics seguidos. La tensión corporal que solía llevar encima se esfumó en un segundo.

¿La felicidad era vivir en paz? El terapeuta tuvo la lucidez de no agregar nada más. A veces intentamos diluir las palabras importantes con rodeos para hacerlas tolerables; él tuvo la sabiduría de no hacerlo.

Si la verdadera felicidad era la paz, él había sido muy infeliz. Hacía años sabía que la felicidad no dependía del dinero, la fama o la foto de la familia perfecta. Sin embargo, jamás había vivido en paz: Siempre en guardia, prevenido ante cualquier problema o preocupado por cosas menores.

Aquel día algo cambió. Aunque la sensación física de alivio fue cediendo con las horas, dejó un sedimento firme: La certeza de que la paz no se conquista logrando grandes cosas, sino dejando de pelear con la realidad.

Aceptar que la madre que tuvo fue la única posible. Aceptar sus propios fallos. Entender que la vida es lo que es y no lo que debió ser, y dejar de perseguir fantasías.

Tal vez la paz no llega cuando todo encaja. Tal vez llega cuando uno deja de rechazar la realidad. Y acaso ahí radica una de las paradojas más difíciles: Para vivir en paz no siempre hace falta cambiar de vida; sino más bien dejar de pelearse con la vida.

JUAN TONELLI

Juan Tonelli, escritor y conferencista, autor del libro “un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/juantonelli

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