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Humor dominical

Saco dos votos. Con agrio acento le reclamó su esposa: “A mí no me engañas. Tú tienes una amante”. No quiero decir mal de doña Ignavia.

. Catón

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

En las noches de bodas suceden cosas impensadas. La novia le dijo con enojo al novio en el tálamo nupcial: “¿Cómo que si me gustó? ¿Qué ya fue todo?”. (No seas exigente, novia. Recuerda lo que dice don Abundio el del Potrero: “No es lo mesmo dar que recebir”). La palabra “candidato” tiene un curioso origen. El vocablo latino candidus significa “blanco”. En la Roma antigua los aspirantes a ocupar un puesto público electivo vestían una toga blanca como símbolo de la pureza de sus intenciones. Seguramente los más de ellos debían haberle puesto a la toga unas pintitas negras, como hacían antes en sus vestidos las novias que llegaban al altar sin llevar ya consigo la gala de su doncellez. Don Cacaseno se presentó como candidato a alcalde de su pueblo. Saco dos votos. Con agrio acento le reclamó su esposa: “A mí no me engañas. Tú tienes una amante”. No quiero decir mal de doña Ignavia. Las murmuraciones, si bien ponen sal y pimienta a la conversación, pueden llegar a ser falso testimonio, culpa que la señorita Peripalda, catequista, definió como “eso que se les levanta a los hombres”. Aun con tal escrúpulo diré que doña Ignavia, a más de ser mujer de pocas letras y escasa de caletre, era también celosa y vengativa. Su marido fue a Italia por motivos de trabajo. Desde ese bello país le envió a su mujer un mensaje entusiasmado: “¡Florencia es fantástica!”. De inmediato le contestó doña Ignavia, rencorosa: “El vecino del 14 tampoco está tan mal”. En el infierno la esposa de Lucifer le dijo a su marido: “Ya no aguanto a tu hijo. Todo el día se ha portado como un angelito”. (El mocoso salió a papá, pues en sus buenos tiempos Lucifer fue un ángel, según la fértil imaginación de los doctrinarios). Don Algón es lo que antiguamente se llamaba un viejo verde. A pesar de haber acumulado ya bastantes calendarios, se comportaba como si estuviera todavía en la edad vernal, o sea primaveral. En cierto bar, de esos a donde las mujeres van a buscar marido y los maridos van a buscar mujeres, conoció a una damisela que de inmediato lo atrajo poderosamente por sus exuberancias de orden físico, tanto en la parte norte como en la comarca sur. Por delante hacía recordar a Dolly Parton (QEPD); por atrás evocaba a Marilyn Monroe. Después de invitarle un par de copas -champaña pidió la madamina- don Algón le dijo con romántico acento de seductor galán: “¡Daría el cielo y la tierra por tenerte entre mis brazos!”. “¿Ah sí? -respondió con displicencia la mujer-. ¿Cuánto es para usted, en dinero, eso del cielo y la tierra?”. La chica llamó por teléfono a su ex novio: “Acabo de salir de la consulta con el ginecólogo, Clotaldo, y estaba yo equivocada: No todo ha terminado entre nosotros”. Doña Macalota fue a visitar en el hospital a su casquivano consorte, don Chinguetas, internado ahí por un problema leve de salud. Al entrar en la habitación del enfermo se percató de que no estaba tan enfermo, pues se hallaba yog… competentemente con la enfermera de turno. Antes de que la estupefacta esposa pudiera articular palabra, le dijo don Chinguetas: “Revisa la lista de lo que me prohibió el doctor, y verás que la señorita no está en ella”. La recién casada se quedó boquiabierta, patidifusa y turulata cuando su joven marido llegó a la casa acompañado por 30 hermosísimas mujeres de todos los orígenes y razas. Las había orientales, africanas, europeas, asiáticas; de todas. El muchacho le dijo a su asombrada compañera: “¿Recuerdas a aquel turista de los países árabes al que serví de guía cuando estuvo aquí? Resulta que era sultán. Murió, y me heredó su harén”. (Se escuchan voces masculinas: “¡Invita, cab…!”). FIN.

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