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Las terapias, ¿moda o necesidad?

Hoy, el 62% de los estadounidenses afirma haber acudido a un terapeuta, esto es un gran aumento frente al 43% registrado apenas en 2023.

Jesús Canale

En las últimas décadas -qué duda cabe- han proliferado vertiginosamente las terapias sicológicas. Hoy por hoy, la primera idea que convoca la palabra “terapeuta” es la del profesional abocado al manejo sicológico.

Es muy cierto que tanto la genética de todo individuo como también el entorno en el que se ha desenvuelto pueden influir en mayor o menor grado para cargarles desventajas físicas o sicológicas, pero es igualmente cierto que no ha existido nunca quien haya tenido una vida exenta de sufrimiento físico o emocional, pues así es la condición imperfecta de toda persona.

Pero, a la vez que nuestra civilización se caracteriza entre muchos otros rasgos por un anhelo desmedido por la perfección corporal y mental (allí tenemos, por ejemplo, al pensamiento transhumanista) es lógico que se procure una solución “terapéutica” para cualquier imperfección y esto conduce a esfuerzos ingenuos de “solucionar” con tratamientos técnicos todo lo que falte a nuestra belleza corporal para ser perfecta e incluso permanente; esfuerzos a veces intensamente obsesivos.

Bueno, pues a la par de estos anhelos por lo físico, cada vez es más frecuente encontrar una especie de pretendida necesidad de incluirse en una terapia sicológica, que ciertamente en muchos casos será muy conveniente y muy necesaria, pero en otras ocasiones estará impulsada por un anhelo obsesivo de no tener la menor preocupación, ansiedad, tensión, inquietud o responsabilidad de manera que se considera la terapia -y al terapeuta- como un recurso casi mágico para una vida sin imperfecciones emocionales.

Hace un par de días leí un artículo (Quillette, 17 de septiembre 2026) que ponía dos escenarios: El primero, de un padre que cuando su hijo de 13 años le pregunta cosas sobre la felicidad aquél le responde que “un hombre no tiene tiempo para plantearse esas preguntas. Un hombre simplemente hace lo que hay que hacer”.

El segundo escenario es de unos esposos en la cocina: Él come algo en un plato y lo deja en el fregadero sin lavarlo. Ella le dice en tono corrosivo “¿Qué no te he dicho ya lo de dejar platos sucios en el fregadero? Que sigas haciéndolo me hace pensar que no me respetas como pareja ni das a mis prioridades el mismo valor que a las tuyas”.

Él se disculpó y se sentó tranquilo. Ella se irritó aún más y le dijo “serás muy inteligente pero está claro que no tienes nada de inteligencia emocional”. Él le dijo que su reacción era exagerada; ella le alzó la voz y le contestó “¿Qué? ¿La culpa es de mi hipersensibilidad y no de tu falta de consideración hacia mis sentimientos?”, y le dio a entender que él la manipulaba sicológicamente y que quería hacerle creer que ella estaba comportándose fuera de la realidad. Ella terminó alejándose y le dijo que dormiría sola.

El primer escenario muestra un extremo, un padre que no le da importancia ni aprovecha la inquietud de su hijo por el tema. El segundo escenario se le planteó al autor de “Therapy Nation”, el sicoterapeuta Jonathan Alpert, quien dio a entender que la interpretación tan “sicologizada” y exaltada de un asunto menor como ese hace muy complicada la convivencia. La sentencia de aplanamiento emocional al esposo fue una especie de diagnóstico sicológico. “Cuestiones triviales -dice el experto- cobran una importancia desmesurada”… “Las relaciones personales y profesionales que funcionaban perfectamente sucumben ante esta necesidad obsesiva de analizar minuciosamente todo lo que ocurre; las parejas y los padres pasan a ser ‘tóxicos’. Uno se pregunta cómo puede sobrevivir una relación a un escrutinio tan microscópico”.

Un dato: Hoy, el 62% de los estadounidenses afirma haber acudido a un terapeuta, esto es un gran aumento frente al 43% registrado apenas en 2023.

Obviamente algo serio ocurre: O se sufre hoy realmente una epidemia de disfunción sicológica o se eleva cualquier imperfección emocional a nivel de diagnóstico merecedor de intervención profesional. O ambas.

Jesús Canale

jesus.canale@gmail.com

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.