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La cantaleta de la soberanía

El Tío Sam jamás ha soltado su gran garrote, aunque a veces lo oculte tras la espalda.

. Catón
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De política y cosas peores

“El ave canta aunque la rama cruja, como que está más sorda que una tapia”. Esta inane parodia de los verso del leonino y tempestuoso Díaz Mirón me sirve para decir que la presidenta Sheinbaum sigue cantando su decantada cantaleta de la soberanía y dignidad de México, aderezada de vez en cuando con variaciones como ésa última de que nuestro País no se doblega ni se arrodilla. Mientras ella repite su estribillo, Trump continúa exigiéndole, en términos parecidos a los que usa el patrón para dirigirse a su empleado, que redoble sus esfuerzos en el combate a los funcionarios ligados con el narcotráfico. La mandataria parece no escuchar esa demanda, cada día más perentoria y acuciante, y esgrime sin cesar su consigna soberanista, que se desmoronará como un polvorón cuando el primer marine americano ponga pie en el territorio nacional, si esa tragedia, que no se puede descartar, llega a consumarse. “Obras son razones, no besos ni apachurrones”, dice un viejo proverbio popular. Mientras probados delincuentes sigan libres y sin temor a ser extraditados, por la amistad y protección que el Jefe Máximo les brinda; mientras vastas zonas de la República sigan bajo el dominio de los cárteles; mientras la Presidenta siga confundiendo soberanía con impunidad, la amenaza del simiesco ocupante de la Casa Blanca seguirá pendiendo sobre México. El Tío Sam jamás ha soltado su gran garrote, aunque a veces lo oculte tras la espalda. Con el vesánico, errático y maniático Trump el golpe se puede consumar el día más inesperado. Éste no es augurio catastrófico: Es evaluación de los indicios que la realidad presenta. Hagamos caso del sonoroso dístico escrito por un liróforo municipal: “Nuestro Señor nació en un pesebre. / Donde menos se piensa salta la liebre”. Doña Catreta hizo poner en su recámara una serie de señales en forma de flecha que conducían hacia la ventana de la habitación, y un letrero que decía: “Salida de emergencia”. Les explicó a sus amigas: “Es que a veces mi marido llega repentinamente”. La señora le dijo a su mucama: “Anoche vi cómo tu novio te besó en lo oscurito”. “¡Oh no, señora! -se azaró la fámula-. ¡Me besó nada más en los labios!”. El coche de Afrodisio tenía barra de velocidades. La linda chica que acompañaba al lúbrico sujeto le preguntó, ingenua: “¿Te estorban mis rodillas para manejar?”. “Un poco -respondió Afrodisio-. ¿Por qué no las pones en tus orejitas?”. La esposa de Bragueto le reprochó: “Te casaste conmigo porque tenía dinero”. “Todo lo contrario -replicó el sujeto-, Me casé contigo porque yo no lo tenía”. “Está próximo el cumpleaños de mi novio -le comentó Rosibel a Susiflor-. Y no tengo qué preocuparme por qué le regalaré. Siempre me pide lo mismo”. Himenia y Solicia, célibes de inconfesados 40 años, miraban con atención reconcentrada en el museo de arte la marmórea estatua de un atlético Apolo desnudo, con la parte viril cubierta por la consabida hoja de parra. Un visitante, evidentemente achispado por algunas libaciones, les preguntó, avieso: “¿Qué? ¿Están esperando la caída de las hojas en otoño?”. (No desesperen, señoritas. El otoño ya está cerca; llega el día 21). Don Cucurulo arribó a su octogésimo aniversario. Esa mañana le habló a su entrepierna. Le dijo: “Estos ojos están cumpliendo 80 años. Este corazón está cumpliendo 80 años. Estas piernas están cumpliendo 80 años. Y tú también estarías cumpliendo 80 años si no te hubieras muerto hace 60”. El bebé nació con el pelito rizado. La enfermera le preguntó a la madre: “¿Así lo tiene el papá?”. “Quién sabe -respondió ella-. Nunca se quitó la gorra”. FIN.

Catón