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Guantes para cazar inmigrantes

Sus calles estaban llenas de vida y de orgullo … hasta que llegó la migra.

Jorge  Ramos

Manejo por las calles de Miami con una falsa sensación de seguridad. Tengo bien guardado en mi casa un pasaporte azul, y en mi celular una foto del documento que dice que, además de mexicano, también soy ciudadano de Estados Unidos. Y quiero creer que si me paran los agentes de ICE (el Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos), me van a creer y no me van a arrestar. Pero nadie está seguro. Ya ven lo que le pasó en Minneapolis a dos ciudadanos estadounidenses, Renee Good y Alex Pretti; los paró la migra y acabaron muertos.

No son los únicos. Sin el pasaporte azul, estás aún más desprotegido. En México, el gobierno de Claudia Sheinbam ha presentado una protesta por la muerte de 17 mexicanos que, desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, han perecido en custodia o en operativos de la policía migratoria.

“Entre ellos el último que fue prácticamente ultimado”, dijo la presidenta, en referencia al inmigrante mexicano Lorenzo Salgado Araujo. Él murió en una calle de Houston, yendo al trabajo, luego de recibir un disparo de un agente de ICE. (Que levante la mano el que crea que en este - y en los otros 16 casos - va a haber justicia.)

Sigo en el coche. Durante años manejé a la zona de El Doral, a un lado del aeropuerto internacional de Miami, para ir a trabajar. Todavía recuerdo cuando había terrenos con vacas que, poco a poco, fueron cediendo para construir zonas residenciales, edificios multifamiliares, centros comerciales y restaurantes. Ahí se afincó una parte del exilio venezolano, y por eso le pusieron el sobrenombre de “Doralzuela”.

Sus calles estaban llenas de vida y de orgullo … hasta que llegó la migra.

Los venezolanos han perdido su Estatus de Protección Temporal (o TPS por su sigla en inglés). Es decir, Trump convirtió a cientos de miles en indocumentados - y hay reportes y anécdotas de que en las últimas semanas los agentes de ICE patrullan Doralzuela como si se tratara de una zona de criminales. Hay tiendas y restaurantes vacíos, y hasta el tráfico que alguna vez llegó a ser insoportable se ha convertido en una fiesta de luces verdes. El miedo se huele a solo unas cuadras de donde Donald Trump tiene un club de golf.

Esta inhumana cacería de inmigrantes caracteriza al Gobierno de Trump, quien en campaña prometió ir en contra de los más malos de los malos, y ahora su policía enmascarada detiene estudiantes y trabajadores, y separa a los niños de sus papás.

En el pasado mes de agosto, el Departamento de Seguridad Interna, a cargo del servicio de inmigración, arrestó a 50 mil 925 extranjeros, según un comunicado oficial. Esto es un récord. Pero tenemos que hacer un esfuerzo para ponerle cara y nombre a cada uno de los arrestados, y no olvidar el trauma familiar que arrastran todos los casos.

Las cosas, desafortunadamente, se van a poner peor.

En la mayor muestra de crueldad hasta el momento, ICE ha anunciado un contrato por más de 16 millones de dólares para comprar 6000 pares de guantes que envían un choque eléctrico al tocar la piel humana. La agencia Associated Press sacó un video de un carcelero en Kentucky que explica cómo funcionan esos guantes. Tras ponérselos, aprieta un botón en la parte superior, y el exterior de los guantes emite una descarga eléctrica al tocar a otra persona. Eso podría tirar o desbalancear a cualquiera, o mucho peor. ¿Qué pasa si alguien tiene alguna enfermedad del corazón y le dan una descarga con esos guantes?

A menos que tenga éxito la propyesta de ley de la congresista Delia Ramírez para prohibir el uso de esos guantes, pronto veremos a agentes de ICE enmascarados, armados y con unos guantes negros que dan descargas eléctricas a los arrestados. No hay en el congreso suficientes votos para evitar este tipo de tortura.

Lo más chocante de todo es que estamos en una época tan antiinmigrante y cruel que el tema de la tortura con los guantes eléctricos ni siquiera se ha convertido en un debate a nivel nacional. Darle choques eléctricos a una persona es una violación a los derechos humanos. Pero el asunto, lejos de escandalizar al gobierno, lo ha asumido como otra manera de atacar y subyugar a los migrantes.

Los que apoyan este tipo de tácticas dicen que Estados Unidos sufrió de una inusual migración masiva -una “invasión”, le llaman- durante la presidencia de Joe Biden, y que Trump está tratando de revertirla. Los datos dicen otra cosa. Actualmente solo 14 de cada 100 habitantes de Estados Unidos son inmigrantes, de acuerdo con el American Inmigratio Council. Esta es una cifra muy parecida a la de 1910, cuando 15 de cada 100 habitantes del país eran extranjeros.

Un reciente reportaje de The New York Times concluye que Estados Unidos ha absorbido a más de 100 millones de inmigrantes en sus 250 años de historia. Y lo seguirá haciendo con Trump o sin él. Pero estos son momentos de resistencia.

Y mientras manejo por las calles aterradas de Miami pienso que algún día recordaremos este como el momento en que Estados Unidos perdió su rumbo.

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