Quería dejar de sufrir pero tenía que cambiar de vida
¿Hasta dónde se puede luchar para no ser quien uno es?

Historias demasiado humanas
“¿Cómo le digo a mi familia que a los cincuenta años me volví gay?”.
“Le puedo asegurar que nadie se vuelve homosexual de repente. En todo caso, son temas que estuvieron tapados durante décadas. Que no tuvieron lugar para expresarse y que en determinado momento no se pueden seguir reprimiendo”.
Las palabras del terapeuta lo golpean. ¿Cómo no reconocer su verdad? Lleva más de 40 años lidiando con este tema: Ya en el jardín de infantes le gustaba vestirse de mujer, aunque los conflictos se hicieron evidentes en la pubertad.
En aquella época, ni sus padres, ni el colegio ni el club le habrían perdonado una sexualidad diferente. Además, nunca fue del todo abierta ni contundente, y quizá por eso pudo arrastrarla durante tantos años.
Como la mayoría, caminó entre la neblina sin tener claro quién era. Pero el proceso que vive desde hace dos años lo está comiendo vivo. Ya no puede seguir tapándolo.
Todo comenzó con la necesidad de dejar de ser tan correcto y estar con alguien diferente.
Después de tantos años de fidelidad, empezó a engañar a su mujer con prostitutas, creyendo que así podría oxigenarse sin enamorarse de otra persona. Pero aquello desató una pulsión contenida que ya no tuvo marcha atrás. Pronto comprendió que detrás de esa búsqueda había algo mucho más profundo y que eso no le alcanzaba.
Se acuerda perfectamente del jueves que vio a Nicky por primera vez en el bar. Su belleza era imponente, hasta que se dio cuenta de que tenía nuez. Fue un golpe tomar consciencia de que se había sentido tan atraído por otro hombre, aunque estuviese vestido de mujer. Algo se movió en su interior, a tal punto que días después volvió a cruzar sus propios límites y fue a buscar una joven trans a los bosques de Palermo. Después de tener sexo sintió una mezcla de alivio y desasosiego.
No era exactamente lo que buscaba, pero era por ahí. No era la estación definitiva, pero sí la ruta. Algo en su interior lo empujaba con una fuerza imparable en esa dirección. ¿Cómo podía estar pasándole algo así? ¿A él, que siempre había pensado que las cosas eran claras y ordenadas, blancas o negras?
Está por entrar nuevamente al consultorio del terapeuta y tiene sentimientos encontrados. Quiere que lo ayude y también siente pánico de las consecuencias que intuye.
“Ayúdame, no quiero que me ayudes”, diría Alejandra Pizarnik.
Se sorprende al escucharse contándole que está movilizado por una travesti. ¿Qué dirían los clientes de su estudio si se enterasen? Su reputación y el trabajo de toda la vida se derrumbarían. Piensa en la reacción de su esposa al contarle y siente que colapsa. Y directamente ni se anima a imaginar cómo sería hablarlo con sus hijos. Simplemente no puede, le resulta imposible de tolerar.
“¿Se da cuenta de que esto no puede traer ningún tipo de bienestar a mi vida?”, le dice al terapeuta.
“Es que no acordamos buscar su bienestar, sino su verdad”.
La respuesta fue como un cross de derecha. El bienestar sin verdad es sólo anestesia, evasión. ¿Pero existe algo más aterrador que aceptarse a uno mismo?
Vivimos escapando de ciertas situaciones para no pagar costos altísimos, sin darnos cuenta de que, al hacerlo, el costo termina siendo aún mayor.
¿Será capaz de soportar el precio de esa verdad? En el fondo, no sabe si quiere cambiar de vida; sólo quiere dejar de sufrir. ¿Pero es posible una cosa sin la otra?
Los días pasan y el dolor crece.
¿Hasta dónde se puede luchar para no ser quien uno es? Preferiría tener cáncer antes que enfrentar esta encrucijada. ¿De verdad va a hacer tanto despelote sólo para poder tener sexo con quien quiere y sentirse coherente? ¿No sería mejor soportar las contradicciones para no hacerles daño a las personas que más ama ni a sí mismo?
De nuevo está acostado en el diván. Le explica al sicólogo que seguir adelante: Sería suicidarse, destruir su vida. Cruzar el Rubicón es una historia conmovedora, pero él no es Julio César. A él la realidad lo va a despedazar. Entonces escucha palabras que no puede creer que salgan de su boca:
“¿Usted no puede… ayudarme a volver a ser heterosexual?”.
Ya está, lo dijo, pero algo le corroe el alma, como cuando Meryl Streep deja ir a Clint Eastwood en “Los puentes de Madison”. Escucha la respuesta demoledora:
“Yo no puedo ayudarlo a ser quien no es. Si quiere, puedo ayudarlo a trabajar para que viva dignamente con lo que es”.
Se larga a llorar como un niño. No hay mayor sufrimiento que no poder ser uno mismo. Después de un largo rato, empieza a sentir la paz que genera la verdad. La paz de sentir que no tiene que tapar ni sostener más nada.
La de saber que finalmente va a poder ser quien es.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
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