El Imparcial / Columnas /

25 años después de los atentados: Lecciones aprendidas

La opción militar no es suficiente para detener individuos que están dispuestos a morir por su ideología o visión del mundo.

Ana María Salazar

Ana María Salazar

Todavía hoy día, 25 años después, en el mundo de las conspiraciones, sigue existiendo la teoría que los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001 se llevaron a cabo por el “Deep State”-individuos u organizaciones vinculados con el mismo Gobierno de los Estados Unidos. Ciertamente en su momento fue difícil reconocer que un manojo de individuos, que habrían entrado legalmente a los Estados Unidos, llevaron a cabo el atentado terrorista más catastrófico que ha vivido el país vecino y que ciertamente cambió el rumbo y la prioridad de la historia. Porque una de las lecciones más importantes que debería haber aprendido el Gobierno estadounidense es la importancia de articular el trabajo de los organismos de inteligencia para prevenir atentados terroristas al considerar los límites del poder militar. Aunque inicialmente la guerra en Afganistán -la más larga en la historia de Estados Unidos- tenía el apoyo popular, demostró que el poder militar convencional no es suficiente para “ganar” contra insurgencias, construir naciones o erradicar el extremismo ideológico. El regreso de los talibanes al poder en 2021 evidenció los límites de dos décadas de intervención. Iniciar una guerra es fácil, lo difícil es terminar.

Y una lección fundamental de lo que deberían aprender todos los países con democracias liberales es que la opción militar no es suficiente para detener individuos que están dispuestos a morir por su ideología o visión del mundo. Otra lección aprendida son los peligros de vincular objetivos políticos con objetivos militares y de seguridad nacional con el combate frontal para detener y prevenir actos terroristas. La decisión de Estados Unidos de entrar a una guerra que duró más de una década en Iraq, usó como excusa inteligencia e información falsa y que no está directamente relacionado con los atentados. El presidente George W Bush y su vicepresidente Dick Cheney decidieron que además de invadir a Afganistán, también Iraq sería invadido literalmente por razones políticas.

Sigue sorprendiendo que en los últimos 25 años no volvió a suceder un atentado terrorista tan catastrófico, en los Estados Unidos, como el que sucedió ese 11 de septiembre. Pero en el caso de Europa, en los últimos 15 años, ha sido escenario de varios atentados terroristas perpetrados por grupos fundamentalistas islamistas. En enero de 2015, hermanos vinculados a Al Qaeda atacaron las oficinas de Charlie Hebdo en París, matando a 12 personas en represalia por caricaturas de Mahoma. Ese mismo año, en noviembre, una serie de ataques coordinados del Estado Islámico -incluyendo el tiroteo en la sala Bataclan- dejó 130 muertos en París, el atentado más letal en la historia moderna de Francia. En marzo de 2016, células del ISIS detonaron bombas en el aeropuerto y el metro de Bruselas, matando a 32 personas. En mayo de 2017, un atacante suicida con vínculos al Estado Islámico hizo explotar una bomba en el Manchester Arena tras un concierto, causando 22 muertes, muchas de ellas de jóvenes. Finalmente, en noviembre de 2020, un atacante radicalizado abrió fuego en el centro de Viena cerca de una sinagoga, matando a 4 personas antes de ser abatido por la Policía. Estos casos reflejan la evolución del terrorismo yihadista en Europa, desde células organizadas hasta atacantes solitarios radicalizados en línea.

Para enfrentar este tipo de amenazas, la herramienta fundamental como comenté antes, no es la respuesta militar. Se necesita inteligencia y la capacidad de cooperar entra naciones para identificar, detener y mitigar posibles atentados. Especialmente importante esta cooperación ante la cambiante amenaza que representa estos grupos fundamentalista. El terrorismo evolucionó de organizaciones jerárquicas como Al Qaeda hacia redes descentralizadas, “lobos solitarios” radicalizados en línea, y actualmente hacia el extremismo doméstico, que en países como Estados Unidos se ha convertido en una amenaza tan significativa como el terrorismo internacional.

Y esta lección es probablemente la más difícil: Reconocer que el enemigo está en casa.

Cuando escribo sobre el aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, siempre es importante hacer la siguiente pregunta: ¿Estados Unidos es más o menos seguro? ¿Incrementó la posibilidad de un atentado catastrófico? La estrategia de seguridad de Donald Trump de debilitar la relación con sus aliados naturales en Europa, el incendiar el Medio Oriente -incluyendo la guerra en contra de Irán- el debilitar las instituciones que tienen la responsabilidad de proteger a los Estados Unidos, además de pelearse con los vecinos del norte Canadá y sur, que sería México, incrementó desafortunadamente para todos el riesgo para su país.