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Hoy, hablamos menos

¿Habrá alguien que se haya puesto a contar las palabras que la gente decía antes y comparar la suma con las que decimos ahora? Claro que sí.

Jesús Canale

Hablar poco es la mejor manera de no decir “pen…jadas”, decía mi papá; irrebatible verdad. Pues sí, en las últimas décadas la gente habla menos.

¿Habrá alguien que se haya puesto a contar las palabras que la gente decía antes y comparar la suma con las que decimos ahora? Claro que sí: Una estudiosa estudiante universitaria, mientras estaba estudiando las diferencias de género en el habla, encontró -de pasada- que las personas hablamos en promedio unas 300 palabras menos al día por cada año que pasa, de manera que en el periodo de catorce años transcurridos de 2005 a 2019 el número de palabras se ha reducido casi en un 30%, habiendo sido más notable en individuos menores de 25 años.

La revisión que esa estudiosa profesora auxiliar -la sicóloga Valeria Pfeifer- encabezó, incluyó 2,000 personas de universidades de varios países.

La primera explicación que se ocurre a cualquiera al conocer este dato es que está relacionado con la aparición de los teléfonos celulares inteligentes pues facilitan enormemente la comunicación no verbal a través de mensajes de texto, conversaciones o “chats” que además de contener un mensaje quedan grabados y se pueden consultar una o más veces en cualquier momento. También, por supuesto, la comunicación mediante computadoras a través de blogs, correos electrónicos, imágenes, etcétera, que ha contribuido enormemente a la comunicación no presencial tanto entre individuos como entre corporaciones y colectivos.

Sumemos a esto el impulso que para el cumplimiento de muchas tareas la pandemia forzó a reducir el número de palabras que cada persona pronuncia cada día, pues aunque diversas actividades habladas persistieron a través de plataformas a distancia, muchas de las palabras que decimos las pronunciamos en saludos y encuentros imprevistos, inesperados o asuntos casuales.

Además, no es menor que el trato comercial, actividad relacional de tradición milenaria que fue siempre física y presencialmente interpersonal, se viene sustituyendo por una débil relación electrónica e impersonal en tiendas de trato, pedido y pago totalmente digitales sin mencionarse ni escucharse una sola palabra.

Todo esto explica a satisfacción la cada vez menor necesidad de hablar. ¿Y es acaso malo no hablar? Obvio que, en quien no vino a la vida con esta habilidad o la ha perdido por enfermedad, no entra en esta discusión pero, aún así, habrá que mencionar que, cuando no se está impedido para hablar y por ello no se activan determinadas funciones y acciones cerebrales, ciertamente hay otras habilidades mentales que salen al rescate y que bien pueden mantener en actividad y ejercicio varias ejecuciones cerebrales que ni siquiera conocemos hoy a cabalidad.

Pero en condiciones normales el habla es algo más que hacer vibrar las cuerdas vocales, ejercitar la respiración, accionar los músculos de la cara y de la lengua, ya que todo esto tiene que suceder en completa armonía y sincronización con el pensamiento, la atención y la memoria, de manera que podamos conversar con otra persona, penetrar en su ideario, tomar acuerdos, en fin, manifestarnos y expresarnos, pero si toda esta complejidad de funciones simultáneas se van sustituyendo por pulsar teclas y tocar pantallas está claro que algo, allá arriba dentro del cráneo, se irá atrofiando poco a poco en el cerebro humano pues la evolución no perdona, y además lo que se aprende se puede desaprender y lo que no se necesita se desconecta.

Bueno, calma, quizás no sea para tanto, pero si platicar o conversar lo dejamos de lado, habremos reducido una de las funciones personales y sociales exclusiva del ser humano. No dejaré pendientes las primeras palabras de esta columna: Gracias a Dios mi mamá fue siempre muy platicadora así que a mi papá no le quedó otra que hablar más de lo que él hubiera querido y muy probablemente dijo una que otra “pen…jada” de más, pero si fue por seguirle la plática a su esposa, yo creo que bien valió mucho la pena.

Jesús Canale

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.