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Cambié de vida pero el problema vino conmigo

Al principio intentó resistirse. ¿Cómo iba a engañar al hombre con el que pensaba casarse? ¿Cómo podía hacerle eso a la mujer de su profesor? Pero la pasión terminó imponiéndose sobre todas sus certezas.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Estaba harta del amor. Había llegado a pensar que tenía que haber mejores formas de vivir que esa sucesión de enamoramientos, peleas, contradicciones, negociaciones, pérdidas y miedo a quedar expuesta.

Durante un tiempo creyó que el problema era el amor. Tardaría muchos años en descubrir que, en realidad, estaba tratando de escapar de algo mucho más cercano.

Tenía poco más de 20 años y venía de un noviazgo hermoso. Llevaba tres años con un hombre al que amaba, estaba comprometida y ya habían fijado fecha de casamiento. Le faltaba apenas un año para recibirse cuando se enamoró perdidamente de uno de sus profesores, 20 años mayor, casado y padre de tres hijos.

Al principio intentó resistirse. ¿Cómo iba a engañar al hombre con el que pensaba casarse? ¿Cómo podía hacerle eso a la mujer de su profesor? Pero la pasión terminó imponiéndose sobre todas sus certezas.

Durante dos años vivió un amor intenso, clandestino y contradictorio, mientras sostenía una vida oficial que cada vez se parecía menos a la que quería.

Hasta que decidió terminar con todo. Dejó a su novio y dejó a su profesor. Había que empezar de nuevo, pensó. Hacer las cosas bien, encontrar una relación sana, tranquila, sin secretos ni culpa.

Todavía no sabía que estaba inaugurando una forma de vivir que la acompañaría durante mucho tiempo: Cuando la realidad se volvía difícil, en lugar de atravesarla buscaba una salida hacia adelante.

Conoció a otro hombre, bueno, amoroso, trabajador. No estaba locamente enamorada, pero estaban bien. Hasta que a él le ofrecieron un trabajo a 500 kilómetros.

Decidieron intentar una relación a distancia. Él viajaba dos fines de semana al mes y ella los otros dos. Durante un tiempo funcionó, pero después empezaron a pesar los viajes, las despedidas, la imposibilidad de compartir la vida cotidiana y esas llamadas telefónicas que pretendían acercarlos y terminaron convirtiéndose en una obligación.

Ella empezó a sentirse sola. Él parecía cada vez más distante. Ninguno se animaba a decir lo que estaba pasando hasta que, un fin de semana, antes de que ella volviera a su casa, algo se quebró. Comenzó a llorar y ya no pudo detenerse.

No era una despedida más. Era la despedida.

Cuando terminó aquella relación apareció una pregunta que parecía contener todas las anteriores: ¿Cómo encontrar un amor que no la engañara, no se fuera y no la hiciera sufrir?

Quería una vida en la que pudiera sentirse a salvo. Entonces recordó a Victoria, una amiga de la infancia que había renunciado a todo para ser monja de clausura. Cuando la visitaba envidiaba su serenidad, su alegría, la veía protegida de los sobresaltos del mundo.

Seis meses después estaba en un convento. Allí encontró reglas, certezas, una comunidad y una misión. Creyó haber encontrado, finalmente, un lugar donde el amor no pudiera lastimarla. Con el tiempo llegó a convertirse en la directora más joven del convento.

Pero cuanto más ascendía dentro de aquella estructura, más podía ver sus zonas oscuras: Las manipulaciones, las necesidades afectivas, los vínculos rígidos, las contradicciones de sus compañeras y también las propias. Había buscado una vida perfecta y había encontrado, como en cualquier otro lugar, seres humanos tratando de sobrevivir a sus propias heridas.

Le llevó 15 años animarse a salir y un par más sintiendo que la elección por la vida monástica había sido un error. Sin embargo, cuando finalmente pudo mirar su historia con cierta distancia, entendió que aquellos 30 años no habían sido un error. Habían sido parte de una búsqueda. Cuando decidió hacerse monja no estaba buscando únicamente a Dios. También estaba buscando una manera de no sufrir, de no quedar expuesta a esos amores humanos capaces de decepcionar, abandonar y hacerla vulnerable. Había querido escapar de sí misma.

Y la vida le regaló una nueva oportunidad. Se enamoró de un hombre divorciado, de 62 años, con su propia historia y sus propias heridas. No era el amor perfecto que alguna vez había imaginado. Era algo bastante más difícil y, por eso mismo, más valioso: Un amor real.

Hay un cuento de “Las mil y una noches” en el que un hombre recorre el mundo buscando un tesoro y, después de un largo viaje, descubre que estaba enterrado en el jardín de su propia casa.

Quizás algo de eso nos sucede cuando confundimos búsqueda con fuga. Cambiamos de pareja, de trabajo, de ciudad, de religión, de vida, convencidos de que el próximo lugar finalmente nos dará aquello que el anterior no pudo darnos. Y a veces no estamos buscando algo nuevo: Estamos intentando escapar de algo que todavía no nos animamos a mirar.

Ella tuvo que recorrer un camino larguísimo para descubrir que aquello de lo que intentaba protegerse no estaba afuera. Estaba dentro de ella.

Y que ningún lugar puede ofrecernos la paz que esperamos encontrar mientras sigamos huyendo de nosotros mismos.

El viaje siempre es hacia adentro. ¿A dónde más queremos ir?

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