La impunidad en el Gobierno de la 4T
Ningún castigo sufren los delincuentes que forman parte de esa pandilla, banda o camarilla conocida con el risible nombre de la 4T.

De política y cosas peores
Una súbita ráfaga de viento abrió la ventana de la alcoba donde dormía la hermosa doncella. Volando entró un vampiro que se convirtió en Drácula. Vio el conde transilvano los ebúrneos encantos pectorales de la atractiva joven y dijo para sí: “A ésta de pend… me le voy al cuello”. Don Tatariolo, señor cargado de años, estaba muy malito. Su esposa le pidió al médico que lo revisara. El facultativo le pidió al nonagenario: “Abra la boca y diga A”. La abrió el paciente y dijo: “Equis. Y griega. Zeta”. El galeno se volvió hacia la esposa: “Me temo que el señor está en las últimas”. Quien haya pasado por una escuela secundaria conservará de seguro este recuerdo. Uno de dos castigos, o los dos, sufría el compañero que había incurrido en una acción reprobada por el grupo. Quizá denunció ante el profesor a alguno; quizá le robó la pluma Esterbrook a otro; quizás era el alumno empollón o machetero -ñoño se dice ahora-, y tapó con la mano la respuesta al problema de aritmética en el examen, impidiendo así que pudiera copiarla el camarada de al lado. Aun ahora no sé cuál de aquellos dos castigos sería peor. Uno era corporal; espiritual el otro. El primero era la pamba. Todos a una, como en Fuenteovejuna, le daban al castigado palmadas más o menos fuertes en la cabeza, hasta que el infeliz pedía perdón por su delito o la indignada turba desahogaba al fin su indignación. La otra pena consistía en aplicarle al reo la llamada “ley del hielo”. Todos dejaban de hablarle; todos rompían su amistad con él; todos lo rehuían cuando se acercaba, como si fuera un leproso o apestado. Concluyo que esta pena era más grave. La pamba, aunque dolorosa y humillante, era castigo pasajero, momentánea horca caudina. La ley del hielo, en cambio, podía durar semanas, hasta que se olvidaba la mala acción del condenado y todo volvía a la normalidad. Pues bien: Ningún castigo sufren los delincuentes que forman parte de esa pandilla, banda o camarilla conocida con el risible nombre de la 4T. Los delitos de algunos de sus integrantes están más claros que la luz del sol, y sin embargo un manto de impunidad cubre a los malfechores. El caso de Rocha Moya es evidencia de la inmoralidad del régimen, de su absoluta falta de legalidad. Sufre ahora la ley del hielo, pero hasta ahí llega el castigo. Se le echará tierra al asunto -los morenistas son buenos sepultureros-, y el paso del tiempo hará que las turbias acciones del nefasto personaje caigan en olvido. Aquí no ha pasado nada. La Presidenta está pintada, pues Rocha es contlapache del señor de “La Ching…”. Y más no digo. Mi Esterbrook está encrespada, emberrenchinada y encolerizada. Mejor cambio de tema. “Compadre: ¿Sabe usted a dónde va su esposa por las noches?”. Esa inquietante pregunta le hizo don Cotillo a su compadre Astalio. “Sí lo sé -respondió éste-.Va a cuidar a una amiga suya de la infancia, que está enferma y postrada en el lecho del dolor. Cumple así una de las obras de misericordia que enumeró el P. Ripalda -la P es de Padre- en su olvidado catecismo: Visitar a los enfermos”. “Perdóneme, compadre -acotó el otro-, pero está usted fatalmente equivocado. A donde va su señora es a un table dance. Ahí trabaja de stripteaser, o sea de encueratriz”. “No doy crédito” -se consternó el compadre. “Ni yo lo estoy pidiendo -replicó el amigo-. Vayamos ahí esta noche y lo comprobará”. Fueron en efecto. A los acordes de música sensual apareció en el escenario una mujer con el rostro cubierto por un antifaz. “No reconozco a mi esposa” -declaró el marido. Dijo el compadre: “Espere a que se quite la ropa, y los dos la reconoceremos”. FIN.
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