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El genocidio anunciado

El régimen de Netanyahu, apoyado por Trump, se ha enfrascado en una ofensiva cruel y desigual contra los moradores de la Franja de Gaza

Ernesto  Camou

Batarete

El pasado miércoles 18 de agosto el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, declaró simple y llanamente “que cada noche se debería eliminar a 30 ó 40 palestinos”. Ben-Gvir subrayó que no se refería únicamente a los militantes que representaban un peligro inmediato. Según él, en la Franja de Gaza hay personas que no merecen vivir. “Ni siquiera son personas”, dijo.

Las reacciones a tal arrebato inhumano, un anuncio de asesinatos masivos por parte de un alto funcionario del Estado de Israel, han sido de condena inmediata, sobre todo en Alemania, Europa y también en los Estados Unidos. Se trata de un llamado descarado para exterminar a un pueblo árabe con el que Israel tiene una añeja disputa. Conviene recordar la historia antiquísima del pueblo hebreo, y la ocupación de ese territorio que “Dios les otorgó”, dicen.

En el libro del Éxodo se narra el inicio del viaje del pueblo judío hacia una tierra prometida, desde su salida de Egipto donde estaban esclavizados, el recorrido por el Sinaí y luego, en libros posteriores se describe la peregrinación por el desierto hasta llegar a la tierra que Dios les prometió, y entregó, para que se estableciera y prosperaran, le adorasen y fueran fieles a la alianza que la divinidad estableció con el pueblo judío. Ahí vivieron por muchos siglos, levantaron un templo para esa única deidad, y se supieron aliados y protegidos por Él.

Durante siglos vivieron en esa franja mediterránea, defendiendo su territorio de extraños que ambicionaban esa bonanza que habían creado en el desierto. Pero un día arribaron enemigos poderosos: Las legiones romanas que aspiraban a controlar todo ese mundo mediterráneo, y sometieron al pueblo judío a su poderío. Pero eran una nación levantisca y Roma se hartó y decidió darles un escarmiento: Demolieron el Templo, el centro de su identidad como pueblo, y procedieron a dispersar a los judíos, por todo el mundo conocido, con la prohibición de volver a ese su terruño ancestral.

Poco a poco los pobladores de regiones vecinas, árabes en su mayoría, fueron ocupando tierras, villas y poblados, para vivir y trabajar en esa heredad desatendida. Con el paso de los siglos esos habitantes inicialmente nuevos, pasaron a ser etnias asentadas en una región conocida como Palestina, y ellos, palestinos.

Después de muchos siglos otra potencia los sojuzgó: El Imperio Otomano que había conquistado Constantinopla y se había apoderado de aquellas antiguas colonias romanas, incluyendo a los palestinos. El imperio Otomano cayó a principios del siglo XX y la región fue ocupada por la Gran Bretaña. Al término de la Segunda Guerra Mundial las naciones victoriosas, preocupadas por el maltrato criminal de los nazis contra los judíos europeos, decidieron darles un territorio propio, en la que había sido, milenios atrás, la tierra prometida por Dios, que tenía un problema: Estaba ocupada por los palestinos que la vivieron y trabajaron después de la diáspora judía provocada por los romanos. Ahí renació el conflicto: Los recién llegados contra los pobladores ancestrales de la tierra.

Y ahora, el Gobierno de Netanyahu no se deslindó con fuerza del dicho de su ministro. Su silencio parece aprobación, y también voluntad de limpieza étnica para aprovechar sin rivales, la heredad tantas veces prometida, y ahora recuperada, pero con dueños ancestrales y patrimonio comprometido. Eso ha provocado, por más de medio siglo ya, desencuentros y hostilidades, entre el Estado judío y los palestinos que no se han avenido a ser controlados y subordinados, ahora por un Gobierno para ellos forastero.

El régimen de Netanyahu, apoyado por Trump, se ha enfrascado en una ofensiva cruel y desigual contra los moradores de la Franja de Gaza, un bastión de los palestinos. Y ahora un ministro del mismo Gobierno anuncia su deseo de asesinar cada día “unos 40 palestinos” al fin y al cabo “no son personas”.

¡Qué vergüenza! Anhela una solución nazi.

Ernesto Camou Healy