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Frida perdida

Porque esto no ocurrió inevitablemente; se permitió que ocurriera. La Secretaría de Cultura y el Inbal administraron el asunto con medias verdades, silencios y eufemismos.

Denise Dresser

IDEAS Y PALABRAS

Ya se fueron las Fridas. Se fueron los Riveras, los Orozcos, los Siqueiros, las Gracielas Iturbides. Cerró la Colección Gelman en el Museo de Arte Moderno y las paredes que nos permitieron mirarnos en ellas quedaron vacías. Las obras van rumbo a España, a pesar de los amparos, las protestas, los reportajes críticos publicados dentro y fuera de México, y la preocupación expresada por el Comité Internacional para Museos y Colecciones de Arte Moderno. Se fueron y no sabemos cuándo volverán. Se fueron y no sabemos dónde estarán cuando vuelvan. Se fueron dejando una sensación difícil de sacudir: Tristeza, impotencia y engaño.

Porque esto no ocurrió inevitablemente; se permitió que ocurriera. La Secretaría de Cultura y el Inbal administraron el asunto con medias verdades, silencios y eufemismos. Claudia Sheinbaum hizo lo mismo: Presentó la salida como un fait accompli, prometiendo vagamente que las obras “regresarán”, sin garantizar cuándo, bajo qué condiciones ni a qué recinto. Pateó la lata hacia adelante para que cuando llegue el momento, nadie recuerde quién dio el puntapié. Pero hay algo que sí sabemos: El convenio con Banco Santander permite que 30 obras -incluyendo 10 óleos de Frida- salgan durante cinco años, con posibilidades de prórroga que han generado el temor de una ausencia indefinida.

En medio de esta historia está Santander. Un banco español que ha convertido una parte fundamental del patrimonio artístico mexicano en activo financiero, instrumento de negociación y escaparate corporativo. La colección que Jacques y Natasha Gelman quisieron mantener unida, con su nombre y accesible al público en México, acabó vinculada a una operación financiera y rebautizada “Gelman-Santander”. Santander ha respondido a las preguntas con opacidad, evasivas y relaciones públicas. Ejecutivos como Ana Botín y Héctor Grisi podrán hablar de mecenazgo y difusión cultural, pero la pregunta incómoda permanece: ¿Por qué un banco debe convertirse en custodio de largo plazo de obras declaradas monumentos artísticos de la Nación? ¿Por qué el Gobierno lo permite? Y ahora conocemos algo todavía más perturbador. Como documentó Proceso, detrás de esta supuesta celebración cultural hay una operación financiera: La familia Zambrano ha utilizado las obras para respaldar obligaciones con Santander. Es decir, Frida como garantía. Frida como colateral. Frida convertida en ficha dentro de una relación entre una familia multimillonaria y un banco multinacional. México podría perder a Frida por la falta de pago de un individuo: Marcelo Zambrano.

Algunos, como Darío Celis, Ismael Reyes Retana y quienes han defendido posiciones similares, argumentan que el arte debe viajar, que la colección será vista por públicos internacionales, que encerrarla en México sería una visión provinciana. Ese argumento es engañoso, porque nadie sensato propone encarcelar a Frida. Que viaje. Que la vean en Madrid, París, Londres, Tokio. Que México preste su patrimonio y lo comparta con el mundo. Pero que vuelva. Con reglas claras. Con plazos incontrovertibles. Con garantías públicas. Con un lugar permanente donde los mexicanos puedan verla. El colectivo al que pertenezco -”Defendamos la colección Gelman”- ha planteado alternativas: Una política de adquisiciones públicas y un proyecto museístico que permita exhibirla regularmente en México. Podría crearse un espacio especial en el Museo de Arte Moderno o en otro recinto público. Lo que falta no es imaginación. Falta voluntad política. Porque Frida Kahlo no es sólo una mercancía propiedad de alguien. Es nuestra, y México posee apenas siete de sus menos de 150 obras. Precisamente por su escasez, perder el acceso a 10 piezas de la Colección Gelman importa tanto.

Durante años la 4T nos ha hablado de soberanía. De recuperar lo nuestro. De no arrodillarse ante intereses extranjeros. Y cuando llegó el momento de defender una parte insustituible de nuestra memoria cultural, el Gobierno abrió la puerta. Frida se fue. La disfrutarán en España mientras aquí contemplamos el hueco que dejó. Rehenes de un banco español, de una familia multimillonaria y de autoridades que decidieron mirar hacia otro lado. Un saqueo del siglo XXI: Sin galeones, sin conquistadores, sin necesidad de arrancar cuadros de las paredes. Bastaron convenios, silencios y complicidades. México dice defender su soberanía. Pero entregó a Frida.

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