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El hombre junto a Messi

Jugó los 90 minutos, después de esperar pacientemente una interrupción por tormenta eléctrica.

León Krauze
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El miércoles pasado fui a ver jugar a Lionel Messi. El Inter Miami enfrentaba al San Luis en la Leagues Cup, en el nuevo estadio del equipo, construido al calor del éxito deportivo y de mercadotecnia desatado por la llegada de la estrella argentina.

Messi ofreció una exhibición. El San Luis se fue al frente con un buen gol tempranero. A partir de ahí, el partido fue completamente del equipo local. El Inter Miami, como todo el culto alrededor del club, gira en torno al talento de su mejor jugador. Y, como desde el principio de sus años en Miami, Messi asumió el partido con absoluta seriedad.

Jugó los 90 minutos, después de esperar pacientemente una interrupción por tormenta eléctrica. En la cancha, dio cátedra: Dos goles sublimes en su contundencia y una asistencia desde el tiro de esquina, en la que puso el balón en la cabeza de un compañero como si hubiera medido el pase con un teodolito.

Que todo esto lo haga a los 39 años, una edad en la que la inmensa mayoría de los futbolistas ya están retirados o lejos de su plenitud, es extraordinario. Que lo haya hecho en los días finales de la enfermedad de su padre es algo completamente distinto. La muerte de Jorge Messi, ya gravemente enfermo desde hacía meses, cierra el capítulo central en la formación de Lionel como uno de los mayores jugadores de la historia. Y ofrece, para quien quiera mirarlo, un ejemplo del carácter y del sacrificio necesarios para aspirar a la gloria, deportiva o de cualquier otro tipo.

Mucho antes del éxito deportivo, del brillo en Barcelona, de la Copa del Mundo de 2022 y de estos años de éxito en el escenario menor de la MLS, está la historia de la abnegación de la familia Messi. La historia es parte del folclor futbolístico de Barcelona y del mundo. Lionel Messi fue siempre un superdotado. Hay videos de su infancia que lo muestran escabulléndose entre piernas rivales con la misma habilidad serpentina de ahora. Pero era muy pequeño. Demasiado pequeño. Y la familia Messi, encabezada por Jorge, tenía pocos recursos en Rosario. Aun así, milagrosamente, los Messi consiguieron llevar a su hijo menor a probarse al Barcelona, en el año 2000. Messi tenía 13 años. Era callado y tímido en todos lados, menos en la cancha. Después de idas y vueltas, el Barcelona decidió apostar por aquel niño y ayudarlo con el tratamiento de crecimiento hormonal que necesitaba.

El resto es historia.

Pero en esa historia hay otra historia, menos conocida y quizá más importante que la apuesta del Barcelona. Después de un tiempo en Cataluña, los hermanos de Messi y su madre, Celia, decidieron volver a Rosario. En Barcelona quedaron Lionel y su padre, a la espera de que se abriera el horizonte de una carrera en el futbol profesional. La espera duraría años. En esos años, Messi y su padre se tuvieron el uno al otro, y poco más. Rosario, la madre, la abuela y los hermanos eran un recuerdo lejano y doloroso. Pero ni Jorge ni su hijo dieron un paso atrás. Messi debutó con el primer equipo del Barcelona poco más de tres años después de llegar a Cataluña, en un amistoso ante el Porto. Su debut oficial en la Liga llegó casi cuatro años después de su llegada, contra el Espanyol. Y ahí sí, el resto fue historia. En entrevistas de hace años, cuando tenía menos entrenamiento en el manejo de medios, Messi se emocionaba al hablar de su padre. Una y otra vez subrayaba una misma cosa: Su padre trabajaba de sol a sol y volvía a casa para estar con los suyos. En Argentina, Jorge trabajó en la industria metalúrgica. Los fines de semana acompañaba a su hijo a jugar contra niños mucho mayores. Y después lo dejó todo para sentarse al lado de un rectángulo de césped -o de pasto artificial, como tantas veces ocurre en las inferiores- y alentar a su hijo, sin importar el sacrificio, la distancia ni la separación del resto de la familia. Habrá quien diga que la decisión no debe haber sido tan compleja: Después de todo, no todos los padres son padres de Messi. Puede ser cierto. Pero también vale decir que, en el futbol como en el resto de la vida, no hay Messi sin un padre como Jorge.

En la Copa del Mundo, Lionel Messi jugó como si el tiempo se le acabara. Lo mismo hizo el miércoles en Miami, cuando el tiempo lo alcanzó. Aun así, durante 90 minutos, volvió a hacer lo que ha hecho toda su vida: Honrar con futbol todo lo que su padre ayudó a construir.

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