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Es la impunidad

No sólo se quebranta la norma, se va más allá: Se cambia el significado de las palabras evitando así reconocer el uso selectivo de la norma, ofreciendo indulgencias a partidarios y aplicando justicia selectiva a opositores.

Óscar Serrato

CASCABEL

Hace 25 siglos, Tucídides, en la Historia de la guerra del Peloponeso, nos dejó una enseñanza que seguimos sin aprender y, dando tumbos, volvemos a descubrir: El incumplimiento de la ley no es, por sí mismo, la causa de la descomposición; la impunidad frente a su incumplimiento sí lo es.

Durante la guerra civil de Corcira, Tucídides narra que cuando la lucha por el poder se convirtió en el criterio de todas las cosas, las palabras dejaron de significar lo que significaban. La virtud se tomó por cobardía y el vicio por valentía; la prudencia por debilidad y la temeridad por audacia. En III.82.4 encontramos:

“También modificaron para justificarse la habitual valoración terminológica de los hechos. Así, la audacia irreflexiva fue considerada entrega valerosa al partido, y, en cambio, la calma prudente, cobardía especiosa; la sensatez, fachada del cobarde, y parar mientes en todo, irresolución para todo”.

Tucídides va más allá, describe la inversión del juicio moral:

“La precipitación desconcertante fue tenida por cualidad viril, y el maquinar en pro de la seguridad por engalanado pretexto para desertar. El disconforme con todo pasaba siempre por leal, mientras el que le replicaba, por sospechoso. Si alguien conspiraba con éxito era tenido por inteligente, pero quien lo barruntaba, más listo aún. Quien hacía propuestas para no tener que recurrir a nada de ello era tachado de saboteador del partido y acobardado ante los enemigos”.

No sólo se quebranta la norma, se va más allá: Se cambia el significado de las palabras evitando así reconocer el uso selectivo de la norma, ofreciendo indulgencias a partidarios y aplicando justicia selectiva a opositores.

Por lo menos cuatro gobernadores emanados de Morena están señalados por presuntos vínculos con crimen organizado, corrupción, financiamiento ilícito de campañas y uso ilegal de partidas de comunicación social, sin que ninguno de ellos enfrente averiguación previa, prisión preventiva o proceso penal.

En contraste, dos ex gobernadores de oposición se encuentran hoy encarcelados.

No tengo los elementos para emitir juicio sobre inocencia o culpabilidad de unos o de otros. Lo que sí es evidente -como hace 25 siglos en Corcira- es que la norma se aplica según la facción, no según el hecho: Justicia selectiva, donde la impunidad de los de casa se privilegia.

Esta semana, en conferencia de prensa, el gobernador Durazo nos regaló, en respuesta a una pregunta sobre la difusión de una “supuesta” lista de pagos a comunicadores, un pasaje revelador sobre cómo enmarca el debate sobre derechos de las audiencias, cómo entiende el gobernar y, en última instancia, la naturaleza del poder.

Descalificó de inicio “la vieja lógica del poder… la lógica prianista del poder”, incurriendo en una doble falacia: De origen y personal. No responde a la preocupación; la atribuye a una cultura política anterior -muy vigente por ciertoconvirtiendo una discusión institucional en una disputa moral entre “ellos” y “nosotros”.

La respuesta, que merece escucharse, es reveladora: “Tengo más poder que cualquiera de los gobernadores anteriores porque el respaldo popular que recibió mi triunfo es incomparable con el de otros gobiernos”. Y añade el sustento de esa lógica: “Nosotros nunca hemos buscado manipular un resultado electoral. Y desde ahí parte el sustento de una lógica distinta en el ejercicio del poder”. Los números cuentan una historia distinta, efectivamente obtuvo el mayor número de votos, pero no el mayor porcentaje de quienes votaron y mucho menos sobre la lista nominal. Durazo es, de los gobernadores de Sonora, quien ha recibido el menor porcentaje de votos sobre la lista nominal, apenas superando el 22%.

Nuestro régimen de Gobierno es de naturaleza constitucional y no plebiscitaria como pretende hacer valer con tan temeraria afirmación.

El acceso al poder emana de una mayoría de votos el día de la elección. Su ejercicio se gana con el cumplimiento puntual de las obligaciones constitucionales, honrando las promesas y, sobre todo, ofreciendo resultados.

A cinco años de gestión de Alfonso Durazo, la evaluación debe hacerse sobre resultados. Si se juzga el ejercicio del poder con base en ellos, la evidencia no parece sostener la afirmación de que se tiene “más poder que cualquiera de los gobernadores anteriores”. La evidencia exhibe otra cosa: No pudo.

No debemos aceptar como válida esa confusión: Una cosa es tener votos, otra es tener poder y otra, muy distinta, tener un Gobierno eficaz.

El debate no es si quienes gobernaron antes ejercieron el poder de determinada manera, o si el actual Gobierno pretende restringir la libertad de expresión; es si un Gobierno puede y debe hacerlo.

El poder que necesita recordarse a sí mismo que es poder, ya lo perdió. Confunden la fuerza que emana del cargo con el poder mismo, y se engañan: La fuerza puede imponerse; el poder legítimo se gana o pierde todos los días.

Hace 25 siglos, en el diálogo de Melos, Tucídides describe la más despiadada lógica del poder:

“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.

Y en Corcira había encontrado la causa de la causa de esa lógica:

«La causa de todos estos males fue el deseo de poder, nacido de la codicia y la ambición…».

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