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Pago cualquier precio con tal de no atravesar ciertos dolores

Toda armadura señala el lugar donde imaginamos que podemos ser heridos. Y cuanto más dependemos de ella, más costoso resulta sostenerla.

Juan Tonelli
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Historias demasiado humanas

Frente a la pantalla del aeropuerto que anunciaba con frialdad la cancelación del vuelo, el tumulto de pasajeros se convirtió en un nudo de protestas, gritos e impotencia. Eran las tres de la mañana.

Para ella no era un viaje más: Eran las únicas dos semanas de vacaciones del año, planificadas peso a peso durante doce meses agotadores. Sin embargo, paralizada ante el horror de sumergirse en esa marea de desesperación colectiva, hizo lo impensado.

Caminó hasta un mostrador privado y, en un impulso de pura autopreservación, pagó con su tarjeta de crédito el último pasaje disponible en otra aerolínea a un precio escandaloso.

Minutos después, cuando llamó a su novio desde la calma silenciosa del salón VIP para avisarle que llegaría a tiempo, la voz de él la atravesó:

“¿Pero, qué hiciste? ¿Con qué piensas pagar ahora el hotel y la comida si acabas de gastar todo el presupuesto del viaje en tres minutos?”.

Recién entonces apareció el verdadero costo de la decisión. Había preferido hipotecar el resto de sus vacaciones antes que permanecer dos horas haciendo fila en la intemperie del dolor ajeno.

Desde afuera parece un episodio impulsivo: Un segundo de cortocircuito mental donde la billetera actúa antes de que la razón alcance a comprender el desastre. Sin embargo, la escena revela algo mucho más profundo.

El dinero rara vez se desea solamente por lo que permite comprar; también se desea por aquello que promete mantener lejos. Compra distancia respecto de la frustración, amortigua la incomodidad y alimenta la ilusión de que ciertas experiencias siempre les ocurren a otros. En un mundo que convirtió el malestar en un fracaso personal, pagar termina siendo una forma de evitar sentir.

La misma lógica aparece cuando perseguimos el estatus. Solemos interpretar esa búsqueda como vanidad. Tal vez sea, en realidad, otra forma de miedo. El prestigio funciona como una credencial que promete protegernos del rechazo, de la invisibilidad o de la sensación de no valer lo suficiente. Igual que aquel salón VIP, ofrece una tranquilidad inmediata, pero profundamente provisoria.

Allí aparece la paradoja. Toda armadura señala el lugar donde imaginamos que podemos ser heridos. Y cuanto más dependemos de ella, más costoso resulta sostenerla. El dinero, el prestigio o cualquier otra protección dejan entonces de ampliar nuestra libertad y comienzan a exigir un esfuerzo permanente para conservar una seguridad que nunca termina de consolidarse.

No se trata de demonizar el dinero ni de romantizar la escasez. Es natural buscar comodidad, estabilidad y refugio frente a las tormentas de la vida. El problema comienza cuando olvidamos que ninguna cuenta bancaria, ningún reconocimiento ni ningún privilegio pueden eliminar la condición más elemental de la existencia humana: La vulnerabilidad.

La paz no aparece cuando conseguimos cubrir cada grieta con nuevas capas de dinero o de prestigio. Aparece cuando aceptamos que la intemperie, la frustración y el cansancio también forman parte de la vida, y descubrimos que podemos atravesarlos sin necesidad de incendiar nuestra propia casa para no sentir frío.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

www.youtube.com/juantonelli

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