HUMOR DOMINICAL
Inepcio se esforzaba con todas sus capacidades -no eran muchas- en cumplir lo mejor posible el débito conyugal prescrito tanto por el Código Civil como por la ley canónica.

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES
“Mi esposa me abandonó. Perdí el trabajo. Mi madre murió anoche. Estoy enfermo del corazón, de los pulmones, del hígado, del píloro y el duodeno. Mi hijo es drogadicto. Por falta de pago de la hipoteca el banco me quitó la casa. Mis amigos me han vuelto la espalda”. Todo eso decía el cliente del restaurante hablando solo en tono gemebundo. El mesero acudió, solícito. “Señor: ¿Puedo ayudarlo?”. Replicó el cliente: “El bistec está muy duro. Le estoy contando eso a ver si se ablanda”. En “La cueva de los deseos”, antro de moda, el faceto galán se acercó a una linda chica que estaba en la barra. “¿Puedo acompañarte?”. “No”. “¿Fumas?”. “No”. “¿Me aceptas una copa?”. “No. “¿Bailamos?”. “No”. “Mira -dijo el galán-. Mejor me voy. Contigo no se puede estar. Hablas demasiado”... Noche de bodas. Inepcio se esforzaba con todas sus capacidades -no eran muchas- en cumplir lo mejor posible el débito conyugal prescrito tanto por el Código Civil como por la ley canónica. En medio del acto le preguntó ansiosamente a su flamante desposada: “¿Qué te está pareciendo, Pirulina?”. Respondió la sabidora damisela: “Para serte franca, si esto fuera un programa de televisión yo ya habría cambiado de canal”. (Eso que llaman “moral” tiene sus asegunes, si me es permitido el uso de esa expresión coloquial. En otro tiempo -otrora- las madres de las doncellas cuidaban celosamente la virginidad de sus hijas, pues la doncellez las hacía aptas para participar en el mercado matrimonial. A tal efecto las inscribían en colegios de monjas, porque ahí las educandas oían hablar de la pureza a todas horas, lo cual traía por efecto que luego consideraran impuro el acto conyugal. Esa pudicia causaba desabrimientos de alcoba que los maridos aliviaban con ayuda de mujeres bastante menos puras que las suyas. Contrariamente, las madres de las virginales doncellas querían para sus hijas pretendientes que ya estuvieran “corriditos”, como se decía. Juzgaban que esa experiencia prematrimonial ayudaría al hombre a solventar con eficacia sus tareas maritales, y además lo apartaría de tentaciones en las cuales había caído ya. Celebro el cambio de los tiempos. Ahora la moral no sólo es menos opresiva: Es también menos hipócrita). En este punto advierto con alarma que me he apartado de la florida senda del humor. Regreso a ella. El joven Penino Pitorrango pasó las vacaciones de verano en una playa nudista. De regreso en la ciudad comentó: “Los tres primeros días fueron los más duros”. Uglicia era mujer poco agraciada. La madre naturaleza no la tuvo presente en el momento de repartir sus atractivos entre el sexo llamado tontamente débil, cuando en verdad es el más fuerte de los dos. O de los tres, o cuatro, o cinco, o seis, o siete en nuestra época. Así, la pobre Uglicia quedó sin esas gracias femeninas que al varón atraen con fuerza irresistible. (Dígase lo que se diga, el amor entra por los ojos. “¿Te enamoraste de Tetilia a primera vista?”. “A segunda: También le vi las pompas”). Una amiga interrogó a Uglicia: “La primera vez que estuviste con un hombre ¿lo hiciste por amor o por dinero?”. “Por dinero -respondió ella-. Le pagué”. El novio de Glafira, la hija de don Poseidón, fue a hablar con el rudo señor. Le dijo: “Vengo a pedirle la mano de su hija”. “¿La mano? -replicó, hosco, el vejancón-. ¿Por qué no llama a las cosas por su nombre?”. La recién casada trabajaba en una guardería para bebés. A su joven marido le extrañaba que al terminar el acto del amor ella le daba siempre palmaditas en la espalda. Una noche le preguntó: “¿Por qué haces eso?”. Explicó la muchacha: “Para que repitas”. FIN.
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